Lava y literatura

Mónica Lavín

Es difícil que la solidaridad corra como la lava y llegue a abrazar a los amigos palmeros para decirles que lamentamos sus pérdidas

Con la isla de La Palma en Canarias compartimos ahora una fecha: el 19 de septiembre. Mientras en la Ciudad de México atendíamos el simulacro y recordábamos los sismos de 1985 y de 2017, guardando silencio por sus víctimas, el volcán en Cumbre Vieja hizo erupción. Los vulcanólogos ya lo habían visto venir y casi anticiparon el lugar exacto por donde reventaría la tierra. Me cuenta mi amigo Manuel Concepción que los pequeños temblores y el runrun de la lava ya acompañaban sus días. Es cierto que las Islas Canarias son de origen volcánico y que cada tanto un nuevo volcán aparece: es su génesis y sustrato, sin embargo nunca se está preparado para el rumbo incierto que la lava tomará ni la velocidad y magnitud de las lenguas hirvientes que desembocarán en el mar con una explosión. 

La pequeña isla de La Palma, llamada la Isla bonita, con su colonial Santa Cruz, su imponente observatorio astrofísico en el Roque de los Muchachos y la gentileza de Los Llanos de Aridane, sede del Festival Hispanoamericano de Escritores, en esta cuarta emisión tenía como invitado a México. Ya se había cancelado la invitación a nuestro país el año pasado por la pandemia pero el festival se pudo llevar a cabo con la generosidad y calidez de los organizadores. Ahora, Los Llanos de Aridane resulta un nombre familiar porque es precisamente en ese municipio que la lava arrasa la vegetación, casas rurales, plantaciones de plátano como las que me ha tocado ver frente a mi ventana en el maravilloso hotel donde me hospedaron hace tres años y que alguna vez fue una hacienda azucarera. Hoy alberga una bellísima colección de pintura. El Festival, como es lógico, ha quedado aplazado. Nos lo ha comunicado con pesar Nicolás Mellini, quien se ha afanado en dos ocasiones por construir la presencia de México en la isla. Ver las imágenes que algunos retratan por su majestuosidad, que incluso han convocado una afluencia de turistas, me produce azoro y dolor. No que la naturaleza no sea un espectáculo y que sea poco frecuente poder mirar el nacimiento de un volcán que aún no tiene nombre, pero ¿y los que están sufriendo las pérdidas? Cuando nació el Paricutín, el deseo de Dr. Atl de atestiguar la erupción reciente lo acercó tanto a la lava que sus pulmones sufrieron años después las consecuencias de lo que respiró. Su obsesión vulcanológica está en la fuerza de sus pinturas y en sus muchos dibujos hechos desde una cabaña cercana. En La Palma, el Teneguía hizo erupción 50 años atrás. Forma parte de la experiencia de quienes viven en la isla. Es una novedad para los más jóvenes y los niños. 

Es difícil que la solidaridad corra como la lava y llegue a abrazar a los amigos palmeros para decirles que lamentamos sus pérdidas, el esfuerzo postergado por recibirnos, que las palabras pueden esperar para llenar de nuevo La Plaza de España, bajo la sombra de los laureles con intercambios de alegría, estilos y haceres literarios en un idioma común que en la isla, la más cercana al continente americano, se nutren y celebran el español desde el primer encuentro que J.J. Armas Marcelo, escritor y amigo canario, echó a andar. La pandemia nos ha vuelto pacientes, pero no deja de sorprender que cuando estábamos por celebrar la fiesta de las letras el magma de la tierra nos coloca en nuestra dimensión, pequeños alfileres sobre la corteza terrestre. Perdemos arrogancia, nos volvemos a asombrar por la entraña líquida del planeta y como nunca anhelamos el cobijo de la amistad y el arropo del arte. 

 

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