He usado este título en algún texto anterior. Quizás porque las primeras veces pueden ser un listado enorme en la experiencia de cada uno. Yo lo uso como disparador en mis talleres y les recomiendo hacer esa reflexión por escrito: algunas de sus primeras veces de algo.

La primera vez que colaboré en este periódico, Paco Ignacio Taibo I dirigía la sección cultural. Lo hizo durante muchos años y nunca faltó aquella viñeta de El gato culto, además de su texto y de su generosidad. Yo estaba recién casada con Emilio Perujo, entonces guitarrista de Pilar Rioja. Al finalizar un espectáculo en el teatro helénico, nos encontramos con Paco, que era amigo y admirador de la extraordinaria bailarina. Emilio me presentó como escritora y dijo que me gustaría colaborar, mientras yo disimulaba mi timidez. Paco dijo cuando quieras y lo cumplió. Desde que entregué el primer artículo a Andrés Ruiz, después mi gentil amigo, las puertas se abrieron anchas. A veces publicaba en Cronista de guardia, sección juguetona que había inventado nuestro Gato culto, hasta que poco a poco fui teniendo una columna. Esa primera vez escribí sobre Celia en la revolución, el libro póstumo de Elena Fortún, referido a la guerra civil española, la escritora española se había exiliado en Argentina y sus libros habían sido parte de mis lecturas de infancia. Conocí el placer de compartir opiniones por escrito.

La primera vez que vi a un escritor en vivo fue cuando nos visitó en la prepa Juan José Arreola. Habíamos leído algunos cuentos suyos como “La migala”, “El guardagujas”, “Baby HP.” Ahí estaba un señor con capa y pelo alborotado, platicándonos con gran elocuencia algo que ya no recuerdo. Entonces pensé que para ser escritor había que ser un poco excéntrico, o haberse muerto porque había leído muchos escritores de otra época. Luego comprendí que ni lo uno ni lo otro era necesario.

Hace poco fui invitada a varias secundarias públicas de la ciudad de Oaxaca donde habían leído algunos de mis libros para jóvenes del programa Planetalector, gracias al entusiasmo de Tania Melchor y la reciprocidad de maestros y directores. Para algunos era la primera vez que veían en vivo a alguien que habían leído. Una oportunidad de preguntas, de inquietudes, de conversación. Para mí, la valiosísima oportunidad de tener a mis lectores a la mano, compartiendo esa sinceridad fresca de la relación con lo leído. Lo que les gustaba y lo que no, lo que entendían y lo que les parecía extraño. ¿Por qué había situado yo los hechos de La línea de la carretera en el 68, cuando una joven mexicana se va a un pueblo de Oregon y se entera de la matanza de los estudiantes desde lejos? Porque así fue, contesté, porque a mí me tocó eso. Vivirlo de lejos, enterarme a la distancia. Para ellos el 68 es algo lejano igual que las relaciones por cartas. No sé qué dirán en el futuro de una experiencia que para mi es memorable: el esmero para recibirme en cada plantel, el acompañamiento de la lectura, el compromiso de los maestros y directivos y la atención para con mi persona en todos sentidos. Tal vez recuerden que la primera vez que vieron a un escritor era una mujer con el pelo gris a quien le gustaba hablar de sus libros, que no llevaba capa ni nada estrafalario y que decía que ella había sido La más faulera.

En la secundaria, Rodolfo Morales supe por primera vez que había un programa de becas de la NASA para que aquellos muchachos sobresalientes en ciencias pudieran ir a la universidad en México o donde quisieran. Así me lo hizo saber el director, con enorme orgullo, cuando una de las alumnas me hizo una pregunta. “Ella es una de las becarias”. Entonces pensé en la promesa de futuro. Y me alegré.

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