Todo lo de cristal es la nueva novela de Rafael Pérez Gay, quien ya nos había compartido el trabajo con la memoria personal en sus anteriores y entrañables libros: Adiós a los padres y El cerebro de mi hermano. Esta nueva novela breve me produce el asombro de la lectura y la relectura, del subrayado, del descubrimiento, como si deshojara una alcachofa cuyo corazón es una revelación que invita a seguir deshojando. Podría decir que es una novela de fantasmas porque como el propio protagonista comparte: no hay encuentro con el pasado sin un toque de magia, sin aires fantasmales. La pluma de Perez Gay visita  los pasillos de la memoria  y roza los rastros, la estela de lo que fuimos en un teatro que sólo la escritura puede asentar y dar cuerpo y voz.

El protagonista visita desde sus más de 60 años los espacios de su infancia, las 22 mudanzas a lo largo de 10 años en una familia nómada —un tanto gitana,  como el propio narrador asienta— y también porque cuando no se podía pagar la renta había que huir o arreglárselas cuando la luz llegaba a faltar o el gas para cocinar y encender el boiler, o sufrir la humillación del desalojo.

El narrador escribe este informe nocturno, como él lo llama, apoyado en la verdad documentada de los diarios que consulta en la hemeroteca, una de sus pasiones. Pero es a la verdad fantasmal a la que le quiere devolver vida y sentido cuando recorre algunos de los momentos de 1963 a 1973 en distintos domicilios de la Ciudad de México: la Anáhuac, la Roma, la Condesa, en este último, el autor ha fundado un apego difícil de trastocar. El fantasma de la infancia y el fantasma de la ciudad de entonces viven en esta arqueología del recuerdo en donde todo paseo de la memoria es también un careo con la invención.

La infancia se narra a través de momentos significativos en 10 domicilios donde se retrata la vida de una familia con un padre que siempre tiene sueños más grandes de lo que puede alcanzar, y que acaba por construir una familia paralela cuyo secreto debe guardar el hijo. El adulto que lo voltea a mirar reconoce el dolor de crecer cuando la lealtad que pide  el padre lleva el precio de la culpa  y la mentira.  La madre siempre se las arregla para resolver los disfraces y materiales escolares, la comida, de alguna manera la alegría de una familia que siempre está a la deriva porque navega de casa en casa, porque pierde muebles pero no deja nunca su televisor Admiral de bulbos en blanco y negro. Es la historia de tres hermanas que cuidan, a la par que  la madre, al pequeño y de un hermano mayor que busca la manera de salvarse y conseguir una beca en Alemania para marcar esa distancia con el padre. Es una novela de crecimiento, cómo registramos del mundo desde la infancia que nos rodea, sus detalles y marcas emocionales. A veces en las sombras crece la alegría, dice el protagonista.

El lenguaje es otro de los fantasmas de los que da cuenta este informe, donde el escritor recorre la memoria y su museo íntimo a través de las palabras y los objetos que ya se fueron. Es una novela de las cosas idas, de las ausencias que la escritura ancla al presente para nombrar la procedencia. Como en lo que escribe Perez Gay,  el humor nos convoca como cómplices lectores. Todo lo de cristal alude a la transparencia y la fragilidad de la vida y nuestras formas de sobrevivir, si el niño empacaba en cada mudanza la cristalería y la vajilla con papel periódico donde nace su gusto por las hemerotecas, el adulto escribe y comparte su verdad. Nosotros lectores nos preparamos para recorrer nuestra propia infancia y ciudad, con sus despojos y sus arropos, para nombrar lo que se ha ido y su huella. Una novela que no pueden dejar de leer; ocupa ya un lugar destacado en la memoria de mis lecturas.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Google News

TEMAS RELACIONADOS