Texto: Liza Luna
Un nuevo brote epidémico azota a México, pero no se trata de un virus nuevo o desconocido, sino del sarampión, un patógeno que ya habíamos domado hace 30 años gracias a las vacunas.
Nuestro país vio su última gran epidemia sarampionosa entre 1989 y 1990, cuando 89 mil bebés, niños y jóvenes contrajeron este virus; 5 mil 899 murieron. Según indicó la especialista en infectología Celia Mercedes Alpuche, en conferencia para el Colegio Nacional, “esta enfermedad es altamente contagiosa […], lo que requiere que la población esté vacunada en más del 95% con dos dosis, para evitar que se disemine”.
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La epidemia de sarampión de los años 90 dio un duro golpe a la infancia mexicana. Los menores de un año acumularon 16% del total de casos, mientras que los de cinco a 14 años tenían el 50%, pues la gran mayoría no tenía vacuna.
El brote atípico inició en 1988 y aumentó en 1989
Durante gran parte del siglo XX, México consideró al sarampión como una enfermedad típica y casi obligatoria entre las infancias, con más de 100 contagiados por cada 100 mil habitantes en los años 70, lo que se traduce a 50 mil casos por año.
Pero el sarampión no debía ser cotidiano o inevitable, siendo una de las enfermedades más mortíferas para infantes según la ONU, causando millones de fallecimientos en todo el mundo. Su prevención era prioritaria y en 1963 se inventó una vacuna de virus atenuado, introducida en México poco tiempo después y aplicada de forma masiva con el Programa Nacional de Inmunizaciones a partir de 1973.
Los casos disminuyeron de manera considerable tras la inoculación, pero no cesaron. Cada dos años, nuestro país padecía de repuntes de contagio en recién nacidos y niños en etapa preescolar, pero fue en 1988 que la cantidad de enfermos aumentó de forma insólita, dando paso a la última epidemia de sarampión en México.
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De acuerdo con el texto Measles in Mexico, 1941-2001, ese atípico brote pudo deberse a dos factores: la falta de atención gubernamental en poblaciones rurales y barrios marginados donde gran parte de la población padecía desnutrición y carecía de vacunas, y la creciente migración poblacional hacia las ciudades, trasladando el virus.
Según datos de EL UNIVERSAL, el cambio de 1988 al 89 trajo 189 focos de sarampión distribuidos en todo el país, con Veracruz, Oaxaca, Sinaloa y Jalisco como las entidades más afectadas. Un 75% de los enfermos estaba en zonas empobrecidas.
Para dimensionar el impacto, esta casa editorial informó el 12 de junio de 1989 sobre la comunidad rural de Cuacuila, Puebla, con menos de 3 mil habitantes y donde 50 menores fallecieron por esta enfermedad en un lapso de 20 días. Según este diario, la situación era tan alarmante que “fallecen más niños que los que nacen”.
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Para finales de septiembre de 1989, México registró 10 mil enfermos de sarampión; la mayoría eran niños menores de cinco años, aunque también había un preocupante aumento de contagios en adolescentes. Las entidades en alerta ya incluían a Tamaulipas, Sonora, Sinaloa, Puebla, Tlaxcala y el Distrito Federal.
De acuerdo con el texto Situación Actual del Sarampión en México y el Mundo, nuestro país cerró 1989 con 20 mil 381 casos, con 24 contagios por cada 100 mil habitantes.
Para el 15 de enero de 1990, las autoridades sanitarias aseguraron que los contagios disminuirían con la llegada de la década noventera, gracias a la inoculación de niños.
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En su edición del 25 de enero de 1990, EL UNIVERSAL recuperó las declaraciones del entonces director de Epidemiología de la Secretaría de Salud, Jaime Sepúlveda Amor, quien aseguró que el sarampión “jamás será erradicado de los países avanzados y mucho menos de México”, pero el panorama debía ser mejor que 1989, con “una reducción del 50% de casos para 1990”. En su lugar, el índice aumentó tres veces más.
Para 1990 los contagios llegaron a 68 mil
En EL UNIVERSAL del 15 de febrero de 1990 se publicó un simplificado informe sobre la epidemia de sarampión. Según datos de la Secretaría de Salud, el número de contagios visto en 1989 era similar a los brotes de 1981 y 1985, todavía controlable.
La dependencia sanitaria confirmó la aplicación de más de 4 millones de vacunas en 1989 a niños de uno a cinco años, dando prioridad a población vulnerable en entidades con alto índice de contagio, así como un refuerzo para etapa preescolar y escolar.
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En nuestra edición del 10 de enero de 1990 se publicó la particular situación de Campeche, que recién comenzado el año ya tenía 5 muertes y 115 casos activos. Ahí, el sector poblacional más afectado fueron los mayores de cinco años, sobre todo jóvenes de 15 a 20 años, con más de la mitad de los casos.
Para la primera semana de febrero, el entonces presidente municipal de Campeche, Rubén España Solís, denunció que su localidad y otros sitios del estado padecían la injerencia de “sectas religiosas” al momento de tratar el sarampión.
Según comentó el político campechano, al menos cuatro infantes padecieron esta enfermedad y fallecieron porque sus familias se negaron a vacunarlos, influenciados por “el grupo religioso Testigos de Jehová, quienes impidieron se les brindara la indispensable atención médica”.
España Solís sostuvo que las “sectas religiosas” como “Testigos de Jehová, mormones o adventistas” usan a los pobladores como “campo de experimentación para sus propósitos de enajenación, manipulan a la gente para que no confíen en la medicina”.
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Las autoridades emprendieron más jornadas de sensibilización y revacunación, pero también fracasaron. Para finales de febrero de 1990, los puestos de inmunización que dispuso el estado “estuvieron desiertos” y el objetivo de vacunar a 62 mil infantes contra el sarampión no se cumplió.
Para abril de ese año, Campeche albergó 450 casos y 20 fallecidos; 15% de los contagiados estaba en “condición grave”, con bronquitis y bronconeumonías. Algo parecido ocurrió en Quintana Roo e Hidalgo, donde se acusó a “sectas religiosas” de ser las culpables de un gran número de muertes por sarampión, por no permitir que sus seguidores recibieran el biológico.
Para el 30 de abril de 1990, el entonces secretario de Salud, Jesús Kurate indicó que la “apatía” en padres de familia impedía la erradicación del sarampión en México, pues hasta “3% de la población no se protege con la vacuna y es una situación que se agrava si se considera que todo ser humano es susceptible de contraer la enfermedad”.
No se vio la reducción de casos que la Secretaría de Salud esperaba, con más niños enfermando en paupérrimas condiciones. La psicóloga y fundadora del Centro Mexicano para los Derechos de la Infancia, Andrea Bárcena, recurrió a las páginas de EL UNIVERSAL para expresar su punto de vista sobre la creciente epidemia de 1990.
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En su artículo Sarampión: Con los Niños no se Juega, del 18 de febrero de 1990, la también periodista sostuvo que unos 4 millones de niños menores de cinco años no tenían ni una sola vacuna contra el sarampión. Y la situación era mucho más complicada cuando gran parte de los infantes en zona rural padecía de desnutrición.

Según su artículo, México tenía “una infancia con características de posguerra, con 12 millones de menores de 18 años en pobreza extrema”. “Si un niño bien nutrido puede desnutrirse a causa del sarampión, imagine lo que ocurre con el niño que ya estaba muy desnutrido. Obviamente se muere”, apuntó Bárcena.
La fundadora del Centro Mexicano para los Derechos de la Infancia subrayó que había una sobreaplicación de vacunas, teniendo a niños con tres o más dosis de un mismo biológico e infantes en zonas remotas que debían enfrentarse a enfermedades contagiosas sin inmunización.
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El virus contagió a más de 68 mil mexicanos en 1990, acumulando 89 mil contagiados de sarampión entre los dos años de la epidemia. La tasa de contagios aumentó a 82 por cada 100 mil habitantes; la inmunización era urgente.
Se crearon efectivos programas de vacunación
El 29 y 30 de septiembre de 1990, presidentes y dirigentes de todo el mundo se reunieron en la Cumbre Mundial a Favor de las Infancias, encabezada por la ONU. En nombre de México asistió el entonces presidente, Carlos Salinas de Gortari.
En este encuentro multinacional se establecieron dos metas relacionadas con el sarampión: para 1995, garantizar la reducción del 95% de defunciones infantiles y disminuir en un 90% los contagios.
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De acuerdo con el texto Measles in Mexico, 1941-2001 y tras observar el avance del brote entre 1988 a 1990, las autoridades sanitarias de todo el mundo determinaron que una sola vacuna no era suficiente para inmunizar a las infancias. El cuadro de protección sólo estaría completo con dos dosis, aplicando una antes de cumplir el primer año de vida y otra al comienzo de la etapa escolar.
En la edición del 18 de febrero de 1991, EL UNIVERSAL informó sobre el establecimiento del Consejo Nacional de Vacunación. Salinas de Gortari aseguró que el objetivo era “impedir que algún niño padezca una enfermedad prevenible” para después de octubre de 1992, inmunizando a todos los menores de cinco años contra seis enfermedades infecciosas, entre ellas el sarampión.
Para el 23 de febrero de ese año, se formalizó el Programa Universal de Vacunación, bajo el lema “Todos los niños, todas las vacunas”. La prioridad en ese esquema de inmunización era erradicar la poliomielitis, además de aminorar el impacto del sarampión en menores de cinco años.
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Se dividió en tres fases, en febrero, abril y octubre del 1991, con una importante disminución de pacientes. Para finales del año siguiente, México protegió a más de 12 millones de infantes contra esta enfermedad infecciosa.
Los resultados se vieron a corto plazo, teniendo sólo 12 casos de sarampión en 1995 y sin una sola muerte. Para 1996, nuestro país recibió el certificado de erradicación de este patógeno de parte de la Organización Panamericana de Salud.
A pocos meses de cumplir 30 años como nación libre de sarampión, México alberga más de 10 mil personas contagiadas, corriendo el riesgo de perder la acreditación sanitaria y ver más fallecimientos por culpa de este virus.
La reciente cadena de contagios de sarampión es claro indicio de que se aflojaron las tácticas de vacunación y que una enfermedad infecciosa siempre encontrará una ventana para aprovechar nuestra negligencia.
- Fuentes:
- Hemeroteca EL UNIVERSAL
- Carballo, M. & García, M. & Galindo, M. (1998). El sarampión: una realidad y un desafío. En Revista Cubana de Higiene y Epidemiología.
- Ferreira-Guerrero, E. & Montesano, R. & Ruiz-Matus, C. (1996). Panorama epidemiológico del sarampión en México. En Gaceta Médica de México.
- Miranda-Nogales, M. (s.f.). Resurgimiento del sarampión. En UNAM PUIREE.
- s.a. (24 junio 2025). El sarampión es un ejemplo del impacto de la disminución de una cobertura de vacunas: Celia Mercedes Alpuche. En El Colegio Nacional.
- Santos, J. & Nakamura, M. & Veras, M. & Kuri, P. & Lucas, C. & Tapia-Conyer, R. (2004). Measles in Mexico, 1941–2001: Interruption of Endemic Transmission and Lessons Learned.
- Vargas-Almanza, I. & Aragón-Nogales, R. & Miranda-Novales, M. (2019). Situación actual del sarampión en México y en el mundo. En Revista mexicana de pediatría.


