Texto: Raúl J. Fontecilla
Un fin de semana en la lujosa Nueva York o la elegante París para arrancar la semana y cerrar bajo el sol de Marbella suena a un estilo de vida de película, pero es la realidad de una acaudalada minoría que hace décadas se conocía como la jet set.
Muchos jóvenes de hoy siguen en redes al menos a unos cuantos influencers que comparten sus viajes por todo el mundo, comidas con estrellas Michelin, ropa de diseñador y eventos de gala, pero no es una tendencia que naciera en la era digital.

Este Mochilazo en el Tiempo comparte un vistazo a la época en que la prensa de todo el mundo seguía de cerca a estas personas, el origen de su distintivo nombre y algunos de sus momentos que hicieron historia.
A mediados del siglo XX, caminar al puesto de periódicos y toparse con una revista o un diario con las fotos de los ídolos de la cultura popular era una oportunidad que no tenía precio, pues la TV era un lujo y el internet no existía.
La prensa sabía que muchos lectores querían darle un vistazo a la vida con lujos con viajes al extranjero, comida y eventos exclusivos. Una constelación de artistas, familias pudientes, celebridades y socialités protagonizaban aquellas páginas con sus andanzas.
En la década de 1950, el diario New York American-Journal tenía un columnista de especial influencia y fama: Igor Cassini, hermano del modista y diseñador de vestuario Oleg. Mientras Oleg Cassini creó la imagen de Jackie Kennedy, primera dama de la Casa Blanca, Igor era el tipo de periodista que podía levantar o destruir carreras con unas líneas.
Lee también La avenida donde Kennedy fue aclamado por los mexicanos
Fue en la columna de Cassini que nació el término “jet set” para referirse al puñado de privilegiados que iban de lujo en lujo.
Ya fuera en la política, las finanzas o el entretenimiento, pertenecían a una élite que hoy festejaba en un país y mañana en otro: de París iban a Nueva York, de ahí a Marbella, a Roma, y con el tiempo, incluso a Acapulco.
También llamados jet society (sociedad jet), el mote era una referencia a los viajes en aviones a reacción, más conocidos como jets, porque este medio de transporte permitió a las élites presentarse de un evento a otro, sin importar la distancia.
Este estilo de vida engalanaba las publicaciones desde los años 30, gracias a la edad dorada del fotoperiodismo, con revistas como la estadounidense Life, la francesa Paris Match o nuestra mexicana EL UNIVERSAL Ilustrado.
La antigua café society (sociedad de los cafés) viajaba en los más modernos trenes y ya gozaba de lujos décadas atrás, pero el punto y aparte lo marcó la Costa del Sol española a finales de los años 50.
Alfonso de Hohenlohe-Langeburg fue un empresario español y príncipe de la antigua aristocracia alemana, famoso por crear un refugio en la soleada Marbella, España, para la también llamada “gente bonita”.
Su hotel, el Club Marbella, era bastante rústico pero gracias a las conexiones familiares, algunos huéspedes distintivos eran la familia de banqueros, los Rothschild y estrellas de Hollywood como Audrey Hepburn y Elizabeth Taylor.
Marbella se volvió un destino recurrente, popular, incluso icónico, pero no para todos: sólo iban aquellos que jamás se preocuparían por ahorrar o hacer tiempo antes de cruzar el océano y asolearse en el Mediterráneo.
Para 1952, los aviones a reacción -más conocidos como jets- iniciaron sus vuelos comerciales. De nuevo, no era para todos, sino para quienes podían pagar uno de los 36 asientos en naves como el Havilland Comet 1 que despegaba de Londres.
Con los vuelos también el lujo aceleró, de tal modo que en un par de años la prensa ya no reportaba los eventos sociales por igual, sino que destacaba las vacaciones, los restaurantes y los guardarropas de los que se ganaban el estatus de jet set.
La primera generación de la jet set eran europeos y estadounidenses; México tardaría un tiempo en unírseles. En las páginas de este diario, abril de 1959 muestra por primera vez una nota (publicada en inglés) dedicada a “la sociedad jet”.
La nota hablaba del baile anual “Abril en París”, que se realizaba en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York, y tan sólo hablar del lugar ya era hablar de lujo sin igual.
El Waldorf era sede de las cenas de la Met Gala en los 40 y de las ceremonias del Salón de la Fama del Rock and Roll en los 80, además de servir como escenario para el compromiso del príncipe Rainiero III de Montecarlo con Grace Kelly.
Lee también MET Gala 2024: este cuento distópico inspiró los vestidos florales
Por 150 dólares de la época, mil asistentes disfrutaron una cena gourmet de siete tiempos con 10 vinos raros, bailes con dos orquestas, un show de moda francesa y una experiencia de temática cirquera con la mítica actriz Marlene Dietrich como maestra de ceremonias.
El dinero recaudado, que solía rondar el millón de billetes verdes, se destinaba a caridades o beneficencias -pero eso no significa que cualquier donador fuera bienvenido.
“Más de 200 personas que estaban dispuestas a pagar los 100 dólares de admisión fueron rechazados el año pasado, así que la cuota subió a 150 por invitado para este año -De este modo tendremos un público más selecto-”, dijo Claude C. Philippe, anfitrión del hotel.
Junto con Philippe, la organización corrió a cargo de la Duquesa de Windsor Wallis Simpson (esposa del exrey británico), el Duque de Brissac Pierre de Cossé (de la aristocracia francesa) y la entonces celebridad y socialité en ascenso, C.Z. Guest.
A partir de aquella noticia, más y más eventos de la jet set quedaron registrados en EL UNIVERSAL, como la vez que Lynda Bird Johnson, hija del presidente Johnson de Estados Unidos, pasó un fin de semana en Acapulco con el actor George Hamilton.
La familia en turno de la Casa Blanca ha sido un referente de la jet set desde los años 60, cuando la revista de moda Vogue comenzó a seguir de cerca el estilo de vida de los Kennedy, pero optando por llamarlos “gente bonita” (beautiful people).
También fue un tema para el ganador del Pullitzer, Fred Sparks, en su artículo sobre el matrimonio de Jacqueline Kennedy, viuda del presidente John Fitzgerald, y el magnate griego Aristóteles Onassis.
Las fuentes de Sparks decían que ella tenía “la conciencia social de Luis XIV [el rey de Francia]”, a diferencia de John F. Kennedy, quien vivía entregado a su pueblo.
“Ari”, como llamaban al dueño de la mayor naviera privada de la época, parecía sentirse a gusto dedicando sus días a Jackie. Esa dinámica era un gran ejemplo de la vida de la jet set, pues Onassis invitaba artistas de talla mundial a cenar sólo para la diversión de su esposa.
México también fue parte de aquel sueño que voló en alas de metal. Prueba de ello fue el taller o atelier del modista mexicano Tao Izzo, que en 1955 era comparado con la alta costura de Nueva York.
El número 23 de la calle Niza, en la colonia Juárez, atrajo clientas desde ciudades como Dallas y Los Ángeles. Salir de Estados Unidos y cruzar medio México para comprar un vestido es otra escena típica de la “dulce vida” del jet set.
Un caso que resalta más por su impacto en el país, a pesar de conocerse poco, fue el de la firma automotriz Volkswagen que llegó a México en 1953 con los esfuerzos del príncipe Alfonso de Hohenlohe.
El mismo hotelero de Marbella tenía raíces mexicanas, pues su madre María de la Piedad era hija de uno de los embajadores prominentes del porfiriato, Manuel de Yturbe.
Los primeros carros “VW” que se vendieron en México se habían importado desde la matriz de la firma en Wolfsburg, Alemania. Este diario reportó que la exhibición inaugural fue un éxito “tanto en lo comercial como en la parte social”.
Es probable que Igor Cassini haya estado de acuerdo, ya que en las mismas fechas incluyó a Hohenlohe en su lista de “solteros de oro”, según información de EL MUNDO.
El papel de la prensa en este mundo seguía punteando. Otro ejemplo de cómo evolucionó esta élite en México fue la sección Nuestro Mundo de EL UNIVERSAL, donde Enrique Castillo-Pesado, ya a finales de los años 70, prefirió el término “superset”.
No tuvo el mismo efecto a largo plazo que el “jet set” de Cassini o el “gente bonita” de Vogue, pero en su momento sirvió como una suerte de herramienta para distinguir a la “crema y nata de la crema y nata”.
En la portada de su sección un día de 1978, Castillo-Pesado publicó una breve lista de personalidades de la jet set que estaban escalando al “superset mexicano” y otra lista, más extensa, con los integrantes del “superset”
A la luz de los años, resulta curioso ver que estrellas como Silvia Pinal y Sasha Montenegro tenían un estatus aún “en ascenso”. Otros nombres, sin embargo, no son sorpresa.
El “superset” de Castillo-Pesado incluía gente como Lola Beltrán, Luis Spota, Kitzia Poniatowska, Luis Buñuel, Dolores del Río, Emilio Azcárraga Milmo, Leonora Carrington, Jacobo Zabludovsky, Octavio Paz y Miguel Alemán Valdés.
Sin embargo, la lista la encabezaban tres influyentes pesos pesados: la fama, el glamour y la riqueza. Quizá la que menos recuerda el público actual es Gloria Guinness, una socialité que según la revista Mujer Hoy llegó a ostentar el estatus de ser la mujer más elegante del mundo.
El porte de esta mexicana no era su única virtud, pues fue una modelo predilecta de marcas como Balenciaga, Schiaparelli, Givenchy y Saint-Laurent, además de colaboradora de la revista Harper’s Bazaar.
Junto con ella, los reyes de la high society mexicana a finales de los 70 eran dos actores más que conocidos y aclamados: María Félix y Mario Moreno.
En este punto, conviene recordar que la jet set no era cuestión de simple fama y dinero, sino un estatus que tomaba a un puñado de personas y las convertía en modelos a seguir: miles querían vestir como ellos, divertirse como ellos, comer como ellos.
Conforme la aviación comercial hizo más accesible viajar sin tener una fortuna, el término jet set perdió su vigencia hasta cierto punto -los aviones ya no eran la insignia que los separaba del resto-.
A pesar de ello, el estilo de vida sigue presente con los influencers, que en contados casos, ahora sin la prensa de por medio, también dedican sus redes sociales a compartir vacaciones interminables en Asia o Europa, comidas Michelin o outfits de diseñador.