La diversidad cultural de la población mexicana es un rasgo indudable, aunque también es cierto que la idea del mestizaje les quita visibilidad a algunas minorías. El pueblo de Yanga, en Veracruz, destaca en la historia afroamericana del país por su resistencia.
El nombre de este municipio, entre Orizaba y Boca del Río, es un homenaje a Gaspar Yanga, célebre por escapar de su vida como esclavo de la Nueva España para más tarde liderar una comunidad de exesclavos que negoció su libertad con el virreinato.
Esta entrega de Mochilazo en el Tiempo comparte las hazañas de los “yanguicos” y el peso de su legado entre los veracruzanos que recuerdan con orgullo a sus antepasados rebeldes.

Yanga, un héroe entre el orgullo y el olvido
En la ruta que conduce a las Altas Montañas de Veracruz, Yanga aparece como una parada cargada de historia. En una zona de transición entre llanura y montaña, de la costa hacia el Pico de Orizaba, su presencia rememora las rutas de escape y el refugio que los negros cimarrones encontraron en las faldas de los cerros.
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Municipios y comunidades vecinas como Cuitláhuac, Mata Clara o Mata Naranjo comparten con Yanga raíces afromestizas. El término “mata” formaba parte de una clasificación colonial que solía diferenciar haciendas y rancherías de caseríos habitados por población libre afrodescendiente.
El Monumento a Gaspar Yanga se levanta bajo el sol de Veracruz, en la plaza cívica a la entrada del pueblo. Y ahí ha estado desde 1976, cuando pasó a formar parte de la vida diaria del municipio. Para muchos habitantes, más que una figura histórica, Gaspar es el patrono del pueblo.

Parado con la cabeza en alto, armado con un machete y con cadenas rotas todavía en sus muñecas, la estatua encapsula el mito del que habría sido un rey en sus tierras africanas, ahora convertido en el símbolo de una rebelión en otro continente.
“Mucha gente de fuera viene a ver a ese negro. Le cantan y se toman fotos con él. Gente de lejos, de Africa y de Cuba” comenta don Genaro, originario de Tierra Blanca, que con apenas dos años viviendo en el municipio de Yanga, conoce bien el cariño que mucha gente guarda por el famoso líder cimarrón.
En esa misma plaza, un mural con escenas de esclavitud, rebelión y libertad cuenta la travesía de los negros que lucharon por una vida sin cadenas, y cuya influencia eventualmente enriquecería muchas de las tradiciones más representativas del estado.
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En las calles de la ciudad vemos murales coloridos de orgullo por la negritud y carteles que conmemoran 416 años de la resistencia de Yanga contra las tropas virreinales de Luis Velasco de Castilla.

A una cuadra del Parque Central de Yanga nos encontramos a doña Juana Monje García, sentada en su mecedora, afuera de la que ha sido su casa toda la vida. Tiene 79 años y se reconoce como una orgullosa mujer afrodescendiente.
“Yanga era un hombre que le gustaba la libertad. Lo trajeron y no sabían ni a quién se trajeron” cuenta ella, y describe a los negros fundadores del pueblo como personas felices pese al contexto duro en el que vivían.
“Les debemos a ellos el espíritu. Les daba la luna llena bailando, eran personas muy felices y hasta la fecha los nativos de aquí somos muy felices, porque no nos queremos ir de Yanga” afirmó.

Doña Juana tiene presente el mito de Yanga como héroe del pueblo desde pequeña, como parte de una historia transmitida entre generaciones que la ha acompañado toda su vida. Su bisabuela era una mujer negra llamada Juana Segura, de quien heredó el nombre y la alegría.
“A mí no me da vergüenza decir que vengo de ahí. Me hace sentir orgullosa” comenta y además menciona, que, pese a que no hay distinciones entre el color de piel de la gente en el municipio, todavía hace falta que muchas personas despierten y reconozcan la importancia de sus raíces afromexicanas.
Pero la conciencia de doña Juana sobre su herencia negra no es la norma en el municipio. Para muchos, la historia de los orígenes de Yanga es algo que no saben y rechazan hablar sobre el tema, con el argumento de que es algo que pasó hace muchos años y que ellos no tienen ascendencia negra.
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“Hay gente que hace comentarios de que Yanga no tiene nada. Así lo ven ellos, pero no, Yanga es una cuna de muchas cosas e historias muy bonitas” comentó sobre la indiferencia de algunos habitantes hacia la historia del pueblo.

La visibilidad afromexicana, aún en pañales
Para Juana Monje el tema de la afrodescendencia es algo que en los últimos años ha comenzado a retomarse en el municipio, pero que todavía parece relegado y es poco difundido.
Señaló que “algunos libros últimamente hablan sobre Yanga, pero como que lo conocen más afuera [del pueblo]”. En ese sentido mencionó que incluso han recibido visitas de representantes africanos interesados en la historia del lugar, pero que “aquí no se le da difusión, los presidentes [municipales] lo que hacen es pasear con el que viene”.
Festividades como el Carnaval Afro de Yanga buscan mantener vivas las raíces africanas en la ciudad para las nuevas generaciones. Sobre esto, Juana señala que “ahora en los desfiles, en las escuelas, e inclusive en la iglesia, ya se les da una partecita a los afros”.

Y esa partecita en los desfiles es muchas veces representada por batucadas, cuyos ritmos traen de regreso el sonido africano de los tambores, un instrumento que en su momento resistió incluso la prohibición de las autoridades coloniales y la iglesia católica.
Una de las costumbres afromestizas aún latentes en la región es la danza de los judas y los diablos en el municipio de Cuitláhuac, durante las procesiones de la Semana Santa. Un ejemplo del sincretismo entre tradiciones africanas y europeas.
Entre lemas como "primer pueblo libre de la esclavitud" o "lugar en donde nació la libertad", los habitantes de Yanga llevan una vida normal, van al trabajo, al parque y a la escuela, aunque muchos de ellos ignoran la importancia de las palabras que decoran sus calles.

Por eso, en un esfuerzo por dignificar a las poblaciones con raíces africanas, el gobierno de México reconoció a nivel constitucional, en el año 2019, a los pueblos afromexicanos como parte de la composición pluricultural de la nación.
Este reconocimiento no sólo llegó para garantizar derechos y dignificar la historia de estas comunidades, sino que también vino a respaldar a estos pueblos en la divulgación y preservación de sus historias.
Como un ejemplo de esto, el Museo Regional de Palmillas (INAH) en el municipio de Yanga, inauguró a inicios de este año 2026 una sala dedicada a la historia de la población afrodescendiente en Veracruz.

Lamentablemente el recinto se encontraba cerrado al visitarlo el pasado 28 de abril y no hubo respuesta por parte de sus teléfonos oficiales. La secretaría de Turismo local comentó que, al ser una institución federal, su apertura está fuera de las manos del municipio y depende del director a cargo, el arqueólogo Fernando Miranda.

Antes de despedirnos de doña Juanita, ella nos compartió una canción que aprendió de sus abuelos, y ellos, de los suyos. Entre versos que traen a la memoria el duro pasado esclavista también aparecen señales de esperanza.
“África, África linda, África dueña de mi alma, en Yanga tienes la calma, no le temas al traidor. El negro ya está en la gloria y sus esclavos son santos, Dios bendiga su memoria y Yanga escuche mi canto” entonó con alegría.
Así el llamado “Primer Pueblo Libre de América”, se resiste a olvidar su origen. Persiste en los versos de algún negro que no era esclavo, sino poeta, y que todavía se pueden escuchar en las calles, en la voz de la nieta de un negro, sentada en la banqueta.

El esclavo que dijo “no temas, español; no morirás”
Con más de 400 años, la de Yanga es una historia que se celebra dentro y fuera del municipio que, hasta 1932, se conocía como San Lorenzo de los Negros. Para los locales es ícono de su identidad y para extranjeros un símbolo de liberación.
Los detalles de su rebelión son breves, pero se sabe que alrededor de 1578 el esclavo identificado como “Ñyanga” escapó de su amo y en su fuga sumó seguidores, también de origen africano, luego llamados “yanguicos”.
Por décadas, Yanga y sus leales fueron infames por asaltar las mulas de carga que viajaban entre el Puerto de Veracruz y la Ciudad de México. A pesar de eso, habitaban un pueblo donde tenían muchos cultivos, casas y una pequeña iglesia.
Al parecer, desde la época de su escape Yanga gobernaba esta comunidad de fugitivos (exesclavos con sus mujeres, “indias y mulatas” e hijos).

La sociedad virreinal los llamaba “cimarrones”. Esta palabra viene de “cima” y los distinguía de la misma forma en que decir “gato montés” refiere a un felino salvaje.
Para 1609, el virrey Luis Velasco de Castilla le encomendó al capitán Pedro González de Herrera una campaña contra los cimarrones, contra esos negros “salvajes” que no aceptaban tener amos.
Decidieron atacar con cien soldados españoles, ciento cincuenta arqueros indígenas y “como otros doscientos hombres entre españoles, mulatos y mestizos”.
A la fuerza bruta le sumaron astucia, según relató el misionero y testigo, Juan Laurencio. El día que las tropas partieron de Puebla, se prohibió que cualquier negro saliera de la ciudad, de manera que la gente de Yanga cayera por sorpresa.

La primera hazaña fue de los negros que vieron el inicio de la campaña, porque en Puebla hicieron destrozos, capturaron dos españoles y dieron aviso a Gaspar Yanga.
Luego ejecutaron a uno de los presos y al otro lo perdonó Yanga en persona, con las palabras “No temas, español. No morirás, pues has visto mi semblante”.
El ya anciano Yanga envió al sobreviviente con una carta, para informarle al capitán González que los fugitivos “se habían retirado a aquel lugar por libertarse de la crueldad y de la perfidia de los españoles que, sin algún derecho, pretendían ser dueños de su libertad”.
Su mensaje era digno de un orador, pues dijo que Dios estaba de lado de los negros, porque si habían detenido a todo español que había intentado capturarlos era por favor divino.

Asaltar españoles, explicó, sólo compensaba por la fuerza las carencias de todo lo que les negaban de manera injusta. Ante todo, estaban decididos a luchar.
Por último, aclaró que el español al que dejaron vivo tenía la misión de guiar a las tropas hasta la comunidad de los cimarrones, para evitar que los enviados del virrey renunciaran a enfrentarlos por desconocer el terreno.
De la guerra con salvajes a la paz con iguales
Los negros de Yanga se defendieron a punta de pedradas, flechazos y troncazos. Sufrieron pérdidas, pero lograron herir de gravedad a numerosos españoles y el capitán Pedro González se libró por poco.

La campaña se alargó: los antes esclavos no tenían descanso, pero tampoco dejaron en paz a los españoles. Aunque los atacantes le prendieron fuego al pueblo yanguico, nunca capturaron a un cimarrón con vida -ellos morían luchando o escapaban para luchar de nuevo.
González de Herrera prefirió ofrecerles un indulto y las negociaciones comenzaron con Gaspar Yanga poniendo las condiciones.
Aún en su época, se decía que Gaspar Yanga había nacido entre la realeza de su tierra. Los cimarrones le tenían respeto como tal, al grado de que una condición de Nueva España para hacer las paces fue ceder ese estatus y proclamarse “cristiano y vasallo del rey”.

El virrey aceptó dejar el gobierno local en manos de Yanga y sus descendientes, además de liberar de su condición de esclavos a los yanguicos. A cambio, se esperaba que ya no acogieran nuevos fugitivos (aunque se cree que eso último no siempre se cumplió).
El pueblo no se fundó de manera oficial hasta noviembre de 1630, pero se mantuvo en paz desde 1609, cuando un virrey y su ejército de arcabuceros, arqueros y macheteros reconocieron la libertad de los negros.

Después de 1609, no hay certeza histórica sobre cómo llegó a su fin la vida de Gaspar Yanga. Así como las dudas de su origen preciso, su final se desvanece en la historia. Su legado es palpable, pero vida se acerca de forma fascinante a lo legendario.
La historiadora Natalia Silva Prada, del Colegio de México, señaló en 2014 que la historia de Yanga no resalta por atacar españoles, sino porque logró que los esclavos negociaran como iguales con el virreinato.
Silva Prada dice que el “cimarronismo” era un problema tan grande que incluso les concedieron una porción de tierra, una misión de franciscanos y un juez local español, todo con tal de quitarles oportunidades de fuga a futuros esclavos renegados.
El actual municipio de Yanga fue el primero de varias comunidades afrodescendientes que lograron su libertad, como San Miguel Soyaltepaque, Mandinga y Nuestra Señora de los Morenos de Amapa. No son pocos, pero la visibilidad de su historia sí escasea.
- Fuentes consultadas:
- Hemeroteca EL UNIVERSAL.
- Entrevista con Juana Monje García.
- Javier Alegre, Francisco. Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España. Tomo II, Libro Quinto. Biblioteca Miguel de Cervantes.
- Olvera López, David. Yanga, una victoria temprana contra la esclavitud y el racismo. Secretaría de Cultura, 28 de mayo 2021.
- Pérez Vejo, Tomás. “El encuentro de dos mundos: el mito del mestizaje y sus implicaciones político-ideológicas”, en Confabulario. 7 de agosto 2025.
- Silva Prada, Natalia. “Un rey de la gente africana en la Nueva España”, en Hypotheses: Los Reinos de las Indias. 23 de abril 2014.

