Mochilazo en el tiempo

El Monumento a la Madre desde una mirada actual

Lo que en su momento se percibía como homenajes públicos al sacrificio materno hoy se critica como tácticas del gobierno para controlar la sociedad. Texto: Carlos Villasana

Una postal de los años cincuenta en la que se aprecia el Monumento a la Madre, ubicado en el Jardín a la Madre en Tepic, Nayarit. De acuerdo a la información obtenida, tanto el Jardín como la escultura fueron modificados y retirados décadas después y ahora son totalmente distintos. Col. Villasana.
10/05/2026 |03:44
Carlos Villasana
Periodista de la sección OpiniónVer perfil

El Monumento a la Madre fue resultado de un certamen convocado por el diario Excélsior en los años 40. Obra del escultor Luis Ortiz Monasterio y el arquitecto José Villagrán García, se erigió en los límites de las colonias Cuauhtémoc y San Rafael. En el alzado principal se fijó una placa de bronce que indicaba “A la que nos amó antes de conocernos”.





Al paso de los años, se ha cuestionado su vigencia y significado, que surgió en un contexto histórico totalmente distinto al del momento de su creación. Para saber más del tema, entrevistamos a la investigadora Violeta Horcasitas.

Cómo adoptó México el Día de las Madres

El lugar en que se construyó el Monumento a la Madre borró del mapa uno de los espacios icónicos del pasado ferroviario de la capital. Violeta Horcasitas recuerda que ahí estuvo la Estación Colonia, una de las más importantes del ferrocarril de la Ciudad de México y que en su momento fue clave para la modernización del país.

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La esquina del Paseo de la Reforma y la Calzada de la Teja, hoy llamada Manuel Villalongín, alrededor de 1920. Al fondo destaca la Estación Colonia; en su lugar hoy está el Monumento a la Madre. Colección Villasana.

Señala que cuando la estación quedó en desuso la demolieron y, después, ahí se erigió el Monumento a la Madre, la explanada y al poco tiempo, el Jardín del Arte de Sullivan.

“Es interesante ver cómo los espacios van cambiando la carga simbólica; un lugar que durante años fue significante de infraestructura y progreso urbano después se convirtió en espacio fundamental para la cohesión social, a través de la figura materna como emblema nacional”, señaló Horcasitas.

La entrevistada, quién además vivió muy cerca de este sitio, en la colonia San Rafael, nos cuenta que el Día de la Madre se institucionalizó en Estados Unidos en 1914 y llegó a México en 1922, impulsado por Rafael Alducín (director del periódico Excélsior) y por José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública.

Aunque el pasado de la celebración a las madres se suele presentar como un homenaje, Horcasitas nos explica que funciona más como una respuesta del Estado ante los movimientos feministas que había en el sureste del país.

Una postal del Monumento a la Madre ubicado en Chetumal, Quintana Roo, a finales de los años cuarenta. La estatua fue emplazada en años posteriores en otro punto más atractivo. Col. Villasana.

En Yucatán, mujeres como Elvia Carrillo Puerto o Consuelo Zavala luchaban por la educación sexual, la planificación familiar y la maternidad voluntaria.

Todavía después de que el Día de la Madre se volviera oficial, dice, el periódico Excélsior seguía reforzando la figura de la madre abnegada con campañas, concursos y premios.

Esa imagen también se propagó en el cine mexicano: la madre sufrida, de moral intocable, la "madrecita" o la "cabecita blanca", como una figura sagrada dentro del imaginario nacional.

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“Para 1944 el mismo Excélsior impulsó la convocatoria para construir el monumento. El proyecto lo ganó el arquitecto José Villagrán García junto con el escultor Luis Ortiz Monasterio, y se inauguró en 1949. Lo que durante décadas circuló en la prensa y en el cine, desde el Estado y la Iglesia, terminó literalmente en piedra en el espacio público”, señaló Horcasitas.

El Monumento a la Madre y su plaza a finales de los años setenta. Este espacio se ubica en los límites de la colonia Cuauhtémoc, entre las avenidas Sullivan y Villalongín; fue diseñado por José Villagrán y Luis Ortiz Monasterio en 1949, y restaurado tras el sismo del 2017. Colección Villasana.

La estrategia del gobierno tras los monumentos

La investigadora nos explica que ningún monumento es inocente ni neutral: todos instalan una narrativa. Aquellos dedicados a las madres en México no fueron la excepción, sino que se trató de una herramienta política y pedagógica que ayudó a conformar la narrativa del país, que venía de la Revolución.

Nuestra entrevistada considera que, con cada uno de los distintos monumentos a la madre que existen en el país, se logró posicionar la idea de maternidad como símbolo nacional.

Eso lo hicieron cruzando deliberadamente conceptos como la patria, Tlalli, la Virgen María, la tierra, y el conjunto se volvió algo casi incuestionable dentro del imaginario colectivo.

La misma escala del monumento es una comunicación de poder, una forma de fijar qué lugar ocupan las mujeres dentro del relato nacional.

Una postal de los años sesenta en la que se aprecia el Monumento a la Madre en Chilapa de Álvarez en Guerrero. Colección Villasana.

De vuelta al contexto histórico, surge la pregunta sobre si en aquellos días era necesario honrar la figura de la madre, a lo que ella responde que depende desde dónde se mire.

“Para el Estado sí fue necesario, porque la figura materna funcionó como una herramienta de orden y control en ese momento histórico: fortalecer el concepto de mujeres dedicadas al cuidado, la maternidad y la construcción de la familia y buenos ciudadanos”.

Aclara que, más que honrar a las madres, lo que se hizo fue utilizar su imagen para reforzar ideales sobre sacrificio, deber femenino y guía moral, desactivando el poder y emancipación que buscaban algunos grupos feministas en la época.

“Y por supuesto que reconocer a las madres importa, pero teóricas como Adrienne Rich o Marcela Lagarde han cuestionado ampliamente la acepción de maternidad como destino natural y de sacrificio elevado. En realidad, se vuelve una carga opresiva para las mujeres porque esas madres se cansan, se frustran, se enojan, tienen deseos propios y muchas veces viven bajo estándares imposibles de alcanzar”, comparte Horcasitas.

Una postal de los años sesenta en la que se aprecia el Monumento a la Madre en el Santuario de Guadalupe en Chihuahua. Col. Villasana.

Nuestra entrevistada agrega que, por lo general, en México y Latinoamérica las madres toman solas ese trabajo y que “idealizarlas no siempre las dignifica, a veces más bien las deshumaniza”.

Pienso que más que ponerlas en un pedestal o un monumento, habría que respetarlas, acompañarlas y reconocerlas como personas complejas, no como símbolos imposibles desde diferentes mecanismos, ya sean sociales o gubernamentales”, comentó.

Qué piensan las mujeres de la maternidad

Acerca de la importancia actual de los monumentos a las madres, Horcasitas señala que no está segura acerca de su relevancia en el presente, pero sí en la aproximación que buscaban al instalar el monumento, que hoy se lee desde otro ángulo.

Indica que tal vez los aspectos históricos, arquitectónicos, escultóricos sean los más presentes. Además, le parece importante también visibilizar cómo se ha articulado la ciudad y lo que significa hoy un espacio público.

El Monumento a la Madre, ubicado en el Parque Morelos, también llamado Parque de la Madre, en una postal de los años treinta. Considerado el primer monumento dedicado a la Madre en el país. Colección Villasana.

“En este caso, perdió casi todo el sentido. Es casi una explanada en espera para ser rentada por parte del gobierno a empresas privadas. A diferencia de cuando se inauguró y había una idea de colectividad y cohesión social, hoy los ciudadanos somos tomados más como clientes, que como estudiantes”.

Poco queda de esa intención de simbolismo o del glitcheo que activistas como Esperanza Brito de Martí hicieron al colocar una segunda placa que continuaba la frase original del monumento “A la que nos amó antes de conocernos” contestando “Porque su maternidad fue voluntaria”. Tras varias pérdidas de esa placa feminista y su posterior reposición, hoy de nuevo queda sólo el texto original”, señaló Violeta Horcasitas.

Detalle de la escultura principal de la Madre remarcando la maternidad y la crianza. Años sesenta. Col. Villasana.

Añadió que, por fortuna, hoy ya se habla del trabajo de cuidados, no desde lo romántico, sino desde las condiciones reales de la maternidad: ¿quién cuida?, ¿quién sostiene?, ¿quién se agota? y en qué condiciones materiales, económicas y emocionales ocurre todo eso.

“También es importante recordar que este monumento fue impulsado, diseñado y construido por hombres, no por mujeres, lo que genera una idea lejana de la maternidad, que hoy se sigue cuestionando a partir del empuje de muchas luchas feministas.

“Más que un monumento irrelevante, es un monumento que ha perdido interlocutoras. Y eso quizá es también una oportunidad: los espacios que no usamos corren el riesgo de perderse, y valdría la pena pensar como ciudadanas, vecinas, mujeres, qué podría ocurrir ahí que sí visibilice inquietudes actuales”.

¿Tenemos derecho a opinar o intervenir monumentos?

La investigadora hace hincapié en que todos los ciudadanos tenemos derecho a opinar sobre los monumentos y a intervenir y modificar el espacio público. Menciona que los anti-monumentos son un ejemplo claro. No buscan cerrar una narrativa, sino abrirla. Son intervenciones ciudadanas que funcionan como preguntas permanentes, reclamos y recordatorios de episodios dolorosos de la vida nacional, con la intención de mantener visibles tensiones no resueltas sobre memoria, poder y justicia.

Tarjeta postal del Monumento a la Madre y su plaza, un sitio muy concurrido para realizar diversas actividades al aire libre. En la imagen se ven unos niños jugando. Colección Villasana.

“Otro caso muy emblemático es el de la Glorieta de Las Mujeres que Luchan: una apropiación colectiva del espacio público frente a la no consulta y la imposición de un monumento “para las mujeres”, pero no “con las mujeres”.

Más allá del debate estético que pueda generar, dice la investigadora, lo importante está en el gesto mismo, que no fue pensado como un monumento a la belleza, sino como una acción de resistencia, reapropiación y voz propia.

“Creo que vienen tiempos muy activos para el espacio público. La turistificación, la gentrificación y los desplazamientos forzados están reconfigurando la ciudad, y lo que nos queda es la calle como espacio de negociación. Tenemos el derecho, y también la responsabilidad, de empujar narrativas que hablen desde la ciudadanía y de generar ejercicios de memoria pública”, expresó Horcasitas.

La antimonumenta de Paseo de la Reforma, en la Glorieta de las Mujeres que Luchan, contempla desde la figura de una mujer con el puño en alto hasta las vallas, donde se leen los nombres de activistas y madres buscadoras asesinadas. ESPECIAL.

A decir de nuestra entrevistada, los caminos son muchos y no todo tiene que pasar por grandes decisiones institucionales. Es posible organizar recorridos barriales, mediaciones, archivos abiertos, intervenciones temporales, incluso desde redes sociales.

Nos recuerda que muchas veces lo que se decide desde lo institucional no coincide con cómo se vive el espacio en la práctica:

“Ha pasado recientemente en casos como el de , donde se tomaron decisiones sobre el uso del espacio sin integrar realmente a quienes lo habitan, y eso terminó generando conflicto. La clave está en eso: quién participa, desde dónde y con qué peso. Ahí es donde se juega si una decisión es realmente colectiva o solo representativa”.

Al final, opina, el punto no es sólo qué monumentos tenemos, sino qué tan vivos dejamos que continúen sus significados.

  • Fuentes:
  • Entrevista con Violeta Horcasitas, curadora e investigadora independiente. Su trabajo se centra en prácticas curatoriales experimentales, intervenciones institucionales y proyectos de investigación que cuestionan los sistemas culturales contemporáneos, con énfasis en el espacio público como campo de disputa.