El Monumento a la Madre fue resultado de un certamen convocado por el diario Excélsior en los años 40. Obra del escultor Luis Ortiz Monasterio y el arquitecto José Villagrán García, se erigió en los límites de las colonias Cuauhtémoc y San Rafael. En el alzado principal se fijó una placa de bronce que indicaba “A la que nos amó antes de conocernos”.
Al paso de los años, se ha cuestionado su vigencia y significado, que surgió en un contexto histórico totalmente distinto al del momento de su creación. Para saber más del tema, entrevistamos a la investigadora Violeta Horcasitas.
El lugar en que se construyó el Monumento a la Madre borró del mapa uno de los espacios icónicos del pasado ferroviario de la capital. Violeta Horcasitas recuerda que ahí estuvo la Estación Colonia, una de las más importantes del ferrocarril de la Ciudad de México y que en su momento fue clave para la modernización del país.

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Señala que cuando la estación quedó en desuso la demolieron y, después, ahí se erigió el Monumento a la Madre, la explanada y al poco tiempo, el Jardín del Arte de Sullivan.
“Es interesante ver cómo los espacios van cambiando la carga simbólica; un lugar que durante años fue significante de infraestructura y progreso urbano después se convirtió en espacio fundamental para la cohesión social, a través de la figura materna como emblema nacional”, señaló Horcasitas.
La entrevistada, quién además vivió muy cerca de este sitio, en la colonia San Rafael, nos cuenta que el Día de la Madre se institucionalizó en Estados Unidos en 1914 y llegó a México en 1922, impulsado por Rafael Alducín (director del periódico Excélsior) y por José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública.
Aunque el pasado de la celebración a las madres se suele presentar como un homenaje, Horcasitas nos explica que funciona más como una respuesta del Estado ante los movimientos feministas que había en el sureste del país.
En Yucatán, mujeres como Elvia Carrillo Puerto o Consuelo Zavala luchaban por la educación sexual, la planificación familiar y la maternidad voluntaria.
Todavía después de que el Día de la Madre se volviera oficial, dice, el periódico Excélsior seguía reforzando la figura de la madre abnegada con campañas, concursos y premios.
Esa imagen también se propagó en el cine mexicano: la madre sufrida, de moral intocable, la "madrecita" o la "cabecita blanca", como una figura sagrada dentro del imaginario nacional.
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“Para 1944 el mismo Excélsior impulsó la convocatoria para construir el monumento. El proyecto lo ganó el arquitecto José Villagrán García junto con el escultor Luis Ortiz Monasterio, y se inauguró en 1949. Lo que durante décadas circuló en la prensa y en el cine, desde el Estado y la Iglesia, terminó literalmente en piedra en el espacio público”, señaló Horcasitas.
La investigadora nos explica que ningún monumento es inocente ni neutral: todos instalan una narrativa. Aquellos dedicados a las madres en México no fueron la excepción, sino que se trató de una herramienta política y pedagógica que ayudó a conformar la narrativa del país, que venía de la Revolución.
Nuestra entrevistada considera que, con cada uno de los distintos monumentos a la madre que existen en el país, se logró posicionar la idea de maternidad como símbolo nacional.
Eso lo hicieron cruzando deliberadamente conceptos como la patria, Tlalli, la Virgen María, la tierra, y el conjunto se volvió algo casi incuestionable dentro del imaginario colectivo.
La misma escala del monumento es una comunicación de poder, una forma de fijar qué lugar ocupan las mujeres dentro del relato nacional.
De vuelta al contexto histórico, surge la pregunta sobre si en aquellos días era necesario honrar la figura de la madre, a lo que ella responde que depende desde dónde se mire.
“Para el Estado sí fue necesario, porque la figura materna funcionó como una herramienta de orden y control en ese momento histórico: fortalecer el concepto de mujeres dedicadas al cuidado, la maternidad y la construcción de la familia y buenos ciudadanos”.
Aclara que, más que honrar a las madres, lo que se hizo fue utilizar su imagen para reforzar ideales sobre sacrificio, deber femenino y guía moral, desactivando el poder y emancipación que buscaban algunos grupos feministas en la época.
“Y por supuesto que reconocer a las madres importa, pero teóricas como Adrienne Rich o Marcela Lagarde han cuestionado ampliamente la acepción de maternidad como destino natural y de sacrificio elevado. En realidad, se vuelve una carga opresiva para las mujeres porque esas madres se cansan, se frustran, se enojan, tienen deseos propios y muchas veces viven bajo estándares imposibles de alcanzar”, comparte Horcasitas.
Nuestra entrevistada agrega que, por lo general, en México y Latinoamérica las madres toman solas ese trabajo y que “idealizarlas no siempre las dignifica, a veces más bien las deshumaniza”.
Pienso que más que ponerlas en un pedestal o un monumento, habría que respetarlas, acompañarlas y reconocerlas como personas complejas, no como símbolos imposibles desde diferentes mecanismos, ya sean sociales o gubernamentales”, comentó.
Acerca de la importancia actual de los monumentos a las madres, Horcasitas señala que no está segura acerca de su relevancia en el presente, pero sí en la aproximación que buscaban al instalar el monumento, que hoy se lee desde otro ángulo.
Indica que tal vez los aspectos históricos, arquitectónicos, escultóricos sean los más presentes. Además, le parece importante también visibilizar cómo se ha articulado la ciudad y lo que significa hoy un espacio público.
“En este caso, perdió casi todo el sentido. Es casi una explanada en espera para ser rentada por parte del gobierno a empresas privadas. A diferencia de cuando se inauguró y había una idea de colectividad y cohesión social, hoy los ciudadanos somos tomados más como clientes, que como estudiantes”.
Poco queda de esa intención de simbolismo o del glitcheo que activistas como Esperanza Brito de Martí hicieron al colocar una segunda placa que continuaba la frase original del monumento “A la que nos amó antes de conocernos” contestando “Porque su maternidad fue voluntaria”. Tras varias pérdidas de esa placa feminista y su posterior reposición, hoy de nuevo queda sólo el texto original”, señaló Violeta Horcasitas.
Añadió que, por fortuna, hoy ya se habla del trabajo de cuidados, no desde lo romántico, sino desde las condiciones reales de la maternidad: ¿quién cuida?, ¿quién sostiene?, ¿quién se agota? y en qué condiciones materiales, económicas y emocionales ocurre todo eso.
“También es importante recordar que este monumento fue impulsado, diseñado y construido por hombres, no por mujeres, lo que genera una idea lejana de la maternidad, que hoy se sigue cuestionando a partir del empuje de muchas luchas feministas.
“Más que un monumento irrelevante, es un monumento que ha perdido interlocutoras. Y eso quizá es también una oportunidad: los espacios que no usamos corren el riesgo de perderse, y valdría la pena pensar como ciudadanas, vecinas, mujeres, qué podría ocurrir ahí que sí visibilice inquietudes actuales”.
La investigadora hace hincapié en que todos los ciudadanos tenemos derecho a opinar sobre los monumentos y a intervenir y modificar el espacio público. Menciona que los anti-monumentos son un ejemplo claro. No buscan cerrar una narrativa, sino abrirla. Son intervenciones ciudadanas que funcionan como preguntas permanentes, reclamos y recordatorios de episodios dolorosos de la vida nacional, con la intención de mantener visibles tensiones no resueltas sobre memoria, poder y justicia.
“Otro caso muy emblemático es el de la Glorieta de Las Mujeres que Luchan: una apropiación colectiva del espacio público frente a la no consulta y la imposición de un monumento “para las mujeres”, pero no “con las mujeres”.
Más allá del debate estético que pueda generar, dice la investigadora, lo importante está en el gesto mismo, que no fue pensado como un monumento a la belleza, sino como una acción de resistencia, reapropiación y voz propia.
“Creo que vienen tiempos muy activos para el espacio público. La turistificación, la gentrificación y los desplazamientos forzados están reconfigurando la ciudad, y lo que nos queda es la calle como espacio de negociación. Tenemos el derecho, y también la responsabilidad, de empujar narrativas que hablen desde la ciudadanía y de generar ejercicios de memoria pública”, expresó Horcasitas.
A decir de nuestra entrevistada, los caminos son muchos y no todo tiene que pasar por grandes decisiones institucionales. Es posible organizar recorridos barriales, mediaciones, archivos abiertos, intervenciones temporales, incluso desde redes sociales.
Nos recuerda que muchas veces lo que se decide desde lo institucional no coincide con cómo se vive el espacio en la práctica:
“Ha pasado recientemente en casos como el de Parque Lira, donde se tomaron decisiones sobre el uso del espacio sin integrar realmente a quienes lo habitan, y eso terminó generando conflicto. La clave está en eso: quién participa, desde dónde y con qué peso. Ahí es donde se juega si una decisión es realmente colectiva o solo representativa”.
Al final, opina, el punto no es sólo qué monumentos tenemos, sino qué tan vivos dejamos que continúen sus significados.