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Así era un día en la capital hace más de 100 años

Mochilazo en el tiempo

Hoy recordamos cómo era la vida cotidiana de la capital a inicios del siglo XX, cuando aún transitaban los tranvías, se escuchaba el ferrocarril de Buenavista, los alimentos llegaban en trajineras desde el oriente y los ambulantes tendían sus mercancías en el Zócalo

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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

La pandemia que atravesamos nos ha llevado a tomar nuevas medidas de comportamiento, tanto entre los ciudadanos como en nuestra dinámica de habitar la Ciudad de México. Si bien es cierto que aún no todas las actividades están operando, ninguna de las que sí han reabierto está funcionando como se hacía antes de la Covid-19.

La nostalgia nos llevó a rescatar una publicación de 1906 del semanario El Mundo Ilustrado, donde destaca la crónica de un día en la vida de un capitalino, en una ciudad muy distante a la que hoy conocemos, donde aún transitaban los tranvías, se escuchaba la llegada del ferrocarril en Buenavista y los citadinos acaudalados hacían recorridos en los denominados “paseos” a bordo de sus transportes particulares.

En ese entonces se decía que la ciudad tenía más de “100 máscaras” para conocerla, la crónica nos regala detalladas narraciones de quienes practicaban los oficios de primera necesidad y su relación con sus clientes:

“Esas máscaras, las horas del día y de la noche, en las cuales se condensan los varios episodios de su vida arrancados a la zona de vuestras costumbres y de vuestras ocupaciones habituales y, manejando un automóvil que por rápido pueda burlar el tiempo y la distancia, cruzar calles y avenidas, jardines y plazuelas y así tendréis en un gigante cinematógrafo a la ciudad toda; sentir el latido de su vitalidad intensa y veréis en la cara de las horas de su vida un rastro móvil y fugitivo, pero intenso y lleno de expresión”.

El autor, cuyo nombre no aparece en la crónica, escribió que desde antes de que amaneciera, ya había personas en las calles que empezaban a darle vitalidad a la “gran y moderna ciudad”, se encontraban con aquellos que salían de un espectáculo o sitio de entretenimiento.

La gente transitaba teniendo como fondo sonido de las campanas de las iglesias, el periodista decía que cada hora del día estaba marcada por el estrato social de quienes andaban por la calle.

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Varios comerciantes en el Zócalo a inicios del siglo pasado. En el fondo se encuentra el Ayuntamiento, que posteriormente fue ampliado y modificado; a la derecha, cruzando la calle de Monterilla, hoy llamada 5 de Febrero, está el edificio que ahora ocupa la tienda El Nuevo Mundo. Imagen: Colección Manning Texas and Mexico, Southern Methodist University.
  
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Foto: Facebook de la Autoridad del Centro Histórico.

Madrugar en los mercados

Los mercados estaban entre los establecimientos que abrían sus puertas muy temprano, en palabras del autor gozaban de una “energía robusta y colectiva” imposible de encontrar en otros sitios; ahí los gendarmes apagaban sus linternas para después perderse entre olores de la comida y los animales que solían estar al interior. 

Los insumos llegaban desde las milpas al oriente y sur de la capital, a través de los canales; los trenes traían mariscos de las costas e iban dejando a su paso el aroma característico de los productos del mar. Todos estos colores, texturas y olores se combinaban con del de los puestos de flores.

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La energía aquí descrita sigue siendo una característica de los más de 300 mercados capitalinos, que si bien no todos abren por la madrugada, en la gran mayoría hay un ambiente de camaradería.

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El tráfico de carruajes y tranvías de mulitas

El cronista anónimo explica cómo era el encuentro entre peatones, carruajes, tranvías y trenes: los primeros chocaban entre ellos por la necesidad de llegar temprano para abordar sus medios de transporte.

Narra que en las cercanías de Buenavista se podía observar no sólo la llegada de trenes de diferentes aspectos y destinos, que se hacían presentes con el sonido de los pitazos, también se veían románticas escenas de seres queridos despidiéndose, ya fuera para un viaje corto o una aventura hacia el norte: “un tren ha partido entre miradas que obstinadamente lo siguen hasta que la curva en la que desaparece, silencio pesaroso y mudo regreso de los que se han quedado” y a lo lejos, el dejo del humo emitido por las locomotoras al arrancar.

Compara el antes y después deslizando la barra central (clic aquí para ver más grande)

La antigua estación del ferrocarril de Buenavista en una fotografía de 1910. A la izquierda se ve el monumento a Cristóbal Colón, creado por Manuel Vilar e inaugurado en 1892; la estación fue demolida en los años 50, y hoy en su lugar se encuentran la Delegación Cuauhtémoc y otros edificios. Colección Villasana - Torres. Foto actual: Cristopher Rogel Blanquet. Diseño web: Griselda Carrera.
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La zona de Buenavista en la actualidad es un entronque entre peatones, el Tren Suburbano, el Metro, las líneas de Metrobús, algunas rutas de transporte concesionado y automóviles personales. Archivo EL UNIVERSAL.

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La central termoeléctrica de Nonoalco en una postal de los años 20. Este complejo fue construido a finales del siglo XIX, y el edificio principal aún existe frente a la calle de Aldama, en la colonia Buenavista; con el proyecto de la Biblioteca Vasconcelos fue adaptado como invernadero. Colección Villasana-Torres.

Los paseos

Al momento de hablar de parques, el autor se refería a los grandes “paseos” haciendo hincapié especial en Chapultepec, con sus frondosos ahuehuetes, donde se practicaban deportes como tenis, baseball o polo.

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Mientras tanto, en la Alameda se podían distinguir parejas, padres y madres que llevaban a sus hijos a la escuela; hombres y mujeres en su camino hacia talleres, oficinas y escuelas; por las mañanas era silenciosa pero por las tardes se llenaba de vida a la salida escolar al término de la jornada laboral.

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El Kiosco Morisco alrededor de 1900, cuando se encontraba en la Alameda Central, donde ahora está el Hemiciclo a Juárez. Esta estructura fue creada por José Ramón Ibarrola para una Exposición Universal de Nueva Orléans. En la actualidad en este sitio se encuentra el Hemiciclo a Juárez. Foto: INAH.

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Según el escritor, para el entretenimiento del citadino estaba el Teatro Arbeu y para contemplar la belleza total de la capital mexicana recomendaba caminar por la avenida Juárez o el Palacio Nacional con destino al Alcázar de Chapultepec, "el bosque secular y legendario que en un principio fue sitio de recreo de los emperadores aztecas, luego de los cacomixtles, y por fin, de toda la gente de buen gusto, es el único lugar hermoso de México".

En tanto, el actual Paseo de la Reforma era la avenida de la modernidad capitalina, con hoteles y residencias menos "depresivas que las coloniales", llena de carruajes que tenían como punto final un hermoso lago debajo del Castillo, donde se podía disfrutar de un paseo en lancha mientras se escuchaba música o una buena conversación.

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En nuestra visita por la Alameda Central, se pudo constatar que el disfrute del parque sigue siendo del gusto de los capitalinos; sin embargo, no todos los que se encontraban ahí practicaron el uso del cubrebocas.

Peinadoras, boleros y choferes, los oficios destacados

Entre los oficios que destacaban en esa época, según la misma crónica, estaban las peinadoras, los boleros, los choferes, obreros, soldados o "papeleros" (hoy en día los conocemos como voceadores), observados desde las oficinas de El Imparcial, donde recogían el periódico para vender.  

Una vez con los diarios en sus manos, los papeleros se dispersaban por las calles y así empezaba el pregón de las noticias.

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Trabajadores de limpia de inicios del siglo XX y XXI. Para protegerse por la pandemia, el trabajador actual debe de portar cubrebocas y careta. Foto: EL UNIVERSAL.

En El Mundo Ilustrado se observa a una vendedora de jaletinas, palabra que se sigue utilizando, especialmente por adultos mayores, para referirse a quienes venden gelatinas; para el autor, la presencia del "jaletinero" y del vendedor de hojas de naranjo, marcaban el inicio de un nuevo día.

Según el escritor, el primero guardaba en su pequeña vitrina “la panacea para los estómagos virtualizados por el alcohol", mientras que la mesa del segundo se convertía en el punto de encuentro de todos los veladores que habían terminado su turno a las cinco de la mañana.

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En la crónica de El Mundo Ilustrado se hizo una mención sobre los puestos ambulantes que complementaban la comida del trabajador o persona que estuviera en las calles; los puestos ambulantes de comida siguen siendo parte del día a día de la Ciudad de México.

“La ciudad se aletarga en esta división soporosa de la mañana y de la tarde. Las calles son de los desorbitados, de los retardados que en el ‘bar’ han olvidado que hay que comer, de los papeleros errantes, del cartero afanoso, del gendarme inmóvil”.  

A cierta hora se mezclaban todas las etapas de la capital: entre las 11 y las 12 de la mañana las iglesias tocaban sus campanas para llamar a la misa en iglesias con un aspecto interior un tanto teatralizado, ya que había muy poca iluminación, además del aroma envolvente del incienso y de la cera de los cirios. Afuera, en las calles todo se movía a la velocidad del moderno automóvil.

La ciudad hoy y la “nueva normalidad”

En un recorrido por algunas calles del Centro Histórico preguntamos a los transeúntes qué es lo que más extrañan de las calles de la ciudad, antes de que comenzara la pandemia de la Covid-19. Algunos mencionaron que ya están haciendo sus actividades normales y procuran tener todos los cuidados necesarios para evitar contagiarse; sin embargo, el miedo persiste.

Un joven que iba saliendo del Museo Nacional de Arte dijo que para él visitar este recinto fue otra experiencia, pues todo es sumamente cuidadoso y ya no se notan las aglomeraciones al interior de las salas: “me atrevería a decir que hasta me gustó más de esta forma, con espacio para ver las cosas a detalle, aunque claro que me gustaría que no existiera el virus”.
 
Una mujer de nombre Laura Ruiz comentó que extraña salir “sin miedo” a “hacer algo”, por ejemplo, comer a un restaurante, dar la vuelta en un parque o comprar algo en el centro comercial: “hasta ir al súper, ¿sabes? Los primeros meses me las tuve que ingeniar y solicitar apoyo para que alguien me echara la mano cuidando de mi hija para ir rápido al súper que me queda a dos cuadras de mi casa, porque nunca me han dejado pasar con ella”.

“Las compras espontáneas se tuvieron que ir de mi lista. Ahorita las cosas están muy limitadas y pues hay nuevas dinámicas que tenemos que cumplir y que mucha gente parece no querer adoptar… Creo que más que nada, se extraña la libertad de elegir en qué momento quieres salir y no tenerlo todo planificado”, detalló.

Un grupo de amigos dijo que extrañan salir de fiesta e incluso ir a la oficina, porque en sus tiempos de comida aprovechaban para salir a caminar o comer.

Aún con ello, en la Alameda se siguen viendo a las parejas platicando o bailando, grupos de familias disfrutando de las fuentes mientras comen alguna botana o nieve de los carritos que hay sobre los pasillos del parque más antiguo de América.

Así lucían las calles de la ciudad durante los primeros meses del confinamiento, en las que “las miles de personas y automóviles que estábamos acostumbrados a ver han "desaparecido"”. Archivo EL UNIVERSAL.
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Imágenes cotidianas de la “Nueva Normalidad” de la Ciudad de México en semáforo epidemiológico naranja. Archivo EL UNIVERSAL.

La fotografía principal muestra una escena de la vida cotidiana en el Zócalo alrededor de 1897. A la derecha destaca la terminal del tranvía, con un par de unidades de tracción animal; el servicio eléctrico llegaría hasta 1900. La plaza aún lucía arbolada, en el fondo se observa la Catedral. Colección Southern Methodist University.

Fuente:

  • Semanario El Mundo Ilustrado, 1906.
  • Transeúntes capitalinos.

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