El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se vanagloria de haber “acabado con 8 guerras” y enfureció por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz. Mientras ese recuento de guerras “acabadas” está en duda, lo que sí son hechos son sus siete acciones militares, en poco más de un año, contra seis países.
Este sábado, por segunda vez, Trump atacó Irán. Aunque en junio de 2025 lanzó una operación militar que, dijo, “obliteró” el programa nuclear iraní, hoy afirma que Estados Unidos no puede permitir que Teherán se haga de armas nucleares.
Sin embargo, la operación va mucho más allá, como Trump reconoció en su mensaje en el que anunció la operación “Furia Épica”. Busca un cambio de régimen. Los primeros ataques de una ofensiva que, según medios estadounidenses, se extenderá por días, se han concentrado en los puntos donde se cree estaba el liderazgo iraní. Y el mandatario estadounidense llamó a los ciudadanos iraníes a “aprovechar” el momento y “tomar el poder”.
Pocos defenderían un régimen como el iraní, que ha reprimido a sus ciudadanos, aplastado y asesinado a cualquier voz disidente, perseguido minorías, empobrecido al pueblo, mientras el liderazgo se enriquece, y sembrado el terror mientras amenaza al mundo con su programa nuclear.
Pero Trump, como ha sucedido en sus demás operaciones, no busca el bienestar del pueblo iraní. Incluso si lo hiciera, actuó en esta operación como lo ha hecho en todas las demás: solo. Como si su país no fuera una democracia. Ha ignorado al Congreso, al que simplemente “informó” -y eso, parece, no a todos sus miembros-.
A pesar del rechazo de la ciudadanía estadounidense a la intervención de Estados Unidos en otros países, Trump tampoco se tomó la molestia de explicar al pueblo al que le debe estar en la Casa Blanca las razones y el alcance de la ofensiva. Tampoco ha hablado del día después. De lo que sigue tras el ataque a la República Islámica.
A pesar de que la crisis iraní, como la guerra entre Rusia y Ucrania, o la crisis venezolana, no se resuelven por decisión y dedazo de un presidente solo, Trump insiste en actuar así, en soledad, sin apoyarse en aliados.
Una operación así puede ser impactante, sí. Puede dar golpes certeros, sí, pero no garantiza el éxito a futuro.
De entrada, si en junio Estados Unidos “obliteró” el programa nuclear iraní, y menos de un año después tiene que atacar de nuevo Irán para frenar sus ambiciones nucleares, algo no está bien. E implica que, de tanto en tanto, las fuerzas estadounidenses tengan que estar atacando, con los consecuentes riesgos.
La historia, además, ha dejado muy claro los resultados de operaciones estadounidenses de cambio de régimen sin estrategia ni planeación a futuro. Lo vimos en Irak, en Afganistán.
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En Irán no hay, por la misma represión y violencia del régimen, una oposición fuerte que pueda asumir a la caída del ayatola Ali Khamenei. Su líder más fuerte está en el exilio.
Aunque regrese, reconstruir el país desde las cenizas, controlar los remanentes militares que mantenían al ayatola en el poder ya los grupos extremistas es una tarea que requiere del apoyo no sólo de Estados Unidos, sino de una alianza que Trump no está impulsando.
En la operación con la que el gobierno de Trump entró a Caracas para sacar al presidente Nicolás Maduro y llevarlo a Estados Unidos a ser procesado por la justicia, que el mandatario estadounidense haya dejado en el poder al mismo chavismo que antes decía no reconocer como liderazgo genuino deja muy claro que, de nueva cuenta, el futuro de los pueblos en cuyo favor dice actuar le importa muy poco.
Con cada intervención, Trump no sólo golpea la estabilidad mundial. También la democracia estadounidense, al actuar como autócrata, a las instituciones multilaterales a las que ignora una y otra vez, y la confianza en las alianzas de países democráticos, a los que tampoco considera.
No hay cosa más peligrosa que un presidente que afirma que lo único que lo detiene es su propia moral, como reconoció Trump, y que no oye otra cosa que no sea su deseo de mostrar que él, y sólo él, manda.
mcc

