Hace más de setenta años, un niño de doce años llamado Paul Claussen le escribió a Felix Frankfurter, entonces ministro de la Suprema Corte de Estados Unidos. Tenía una pregunta poco común para alguien de su edad: quería ser abogado y quería saber qué podía hacer desde ese momento para prepararse.
Frankfurter pudo haberle recomendado comenzar a estudiar leyes o familiarizarse con los tribunales, mas su respuesta fue muy distinta. Le dijo que leyera, que aprendiera a utilizar bien el lenguaje y desarrollara hábitos de pensamiento claro, que leyera poesía, contemplara grandes pinturas y escuchara buena música. Su consejo partía de una idea sencilla: antes de convertirse en un buen abogado había que convertirse en una persona cultivada.
Pensé en esa carta ahora que comienza un nuevo ciclo escolar y miles de jóvenes entrarán por primera vez a un salón de clases para estudiar Derecho. La profesión que encontrarán será radicalmente distinta a la que conoció Frankfurter pero quizá algunas de las cosas que necesitarán para ejercerla bien no hayan cambiado tanto.
A quienes comienzan Derecho les diría, primero, que no se conformen con aprender qué dice una ley, pregúntense por qué dice lo que dice. Más importante que memorizar el contenido de un artículo es comprender qué problema intentaba resolver, qué realidad social llevó a su creación, qué razones tuvo el legislador para elegir una solución y no otra y qué consecuencias produce cuando se aplica. El Derecho no surge en el vacío, detrás de cada norma hay un momento histórico, intereses en tensión, problemas sociales y decisiones que vale la pena comprender.
Aprendan también a pensar con rigor y a expresar con claridad lo que piensan. A escuchar antes de responder y a preguntar antes de asumir. Acostúmbrense a mirar un mismo problema desde distintos ángulos y a cambiar de opinión cuando encuentren mejores razones. Un buen abogado o abogada no es necesariamente quien puede recitar de memoria más artículos, sino quien, frente a una norma que nunca había leído, tiene las herramientas para comprenderla, interpretarla y preguntarse por las consecuencias de aplicarla de una u otra manera.
Lean también fuera del Derecho. Lean literatura, historia, economía, filosofía y ciencia. Una novela puede enseñar sobre la condición humana algo que difícilmente encontrarán en un código. La historia ayuda a entender por qué existen las instituciones que después estudiamos como si siempre hubieran estado ahí. La economía permite advertir que las normas generan incentivos, costos y distribuyen excedentes entre las partes involucradas. Conocer otras disciplinas no los hará menos abogados, probablemente los hará mejores.
Escuchen a sus maestros. Durante la universidad es fácil pensar que un profesor está ahí únicamente para explicar el contenido de una materia. Con los años uno descubre que los mejores maestros enseñaron mucho más. Algunos nos enseñaron una manera de formular preguntas. Otros, el rigor con el que debe revisarse un argumento antes de defenderlo. Algunos recomendaron un libro, una conferencia o un caso que seguimos recordando años después. Aprovechen el privilegio de estar en un salón de clase y pregunten. Quédense unos minutos después de clase. Busquen a los profesores que los obliguen a pensar, no solamente a quienes les permitan obtener una buena calificación. Y cuando encuentren a una maestra o un maestro a quien admiren, fíjense no sólo en cuánto sabe, sino en cómo piensa, cómo pregunta y cómo reconoce aquello que no sabe.
No menosprecien tampoco aquello que solemos llamar soft skills, como si fueran habilidades accesorias. Saber escuchar, trabajar con otras personas, comunicar una idea, negociar, manejar un desacuerdo, hacer una buena pregunta o explicar algo complicado de manera sencilla no ocupa necesariamente muchas páginas en los programas de estudio, pero puede terminar definiendo buena parte de su vida profesional. Un cliente quizá nunca sepa cuántas tesis de jurisprudencia conocen pero sí sabrá y recordará si fueron capaces de escucharlo y explicarle qué estaba ocurriendo cuando tenía un problema que no sabía cómo resolver.
También equivóquense, la universidad ofrece algo que después será cada vez más difícil encontrar: un espacio para defender una idea, descubrir que era incorrecta y volver a empezar. Levanten la mano aunque no estén completamente seguros, defiendan sus argumentos, pero no se enamoren de ellos. Tener criterio no significa tener siempre la razón; también significa saber reconocer cuando alguien tiene mejores razones que nosotros.
Todo esto será especialmente importante para la generación que comienza a estudiar Derecho en tiempos de inteligencia artificial. Hoy encontrar una ley, una sentencia o un precedente puede tomar segundos. Por eso, el valor de una y un abogado estará cada vez menos en saber dónde está una respuesta y cada vez más en saber qué hacer con ella, distinguir lo relevante de lo accesorio, detectar un argumento débil, identificar aquello que falta, formular la pregunta que nadie había hecho y comprender las consecuencias humanas de una decisión jurídicamente posible.
Las leyes que memoricen hoy cambiarán, algunas serán reformadas antes de que terminen la carrera. La tecnología que utilizarán dentro de veinte años probablemente hoy ni siquiera existe pero la capacidad de pensar con rigor, escribir con claridad, escuchar con atención, hacer buenas preguntas y comprender a los demás difícilmente perderá valor.
Frankfurter aconsejó a aquel niño de doce años ampliar su mente y profundizar su sensibilidad a través de las experiencias que tuviera a su alcance. Más de setenta años después, sigue siendo un buen consejo. Estudien las leyes, por supuesto, lean sentencias, aprendan técnica jurídica y dominen las nuevas herramientas. Pero también lean novelas, escuchen música, conozcan personas distintas a ustedes, aprendan de sus maestros, hagan muchas preguntas y conserven la curiosidad.
No estudien Derecho para saber todas las respuestas, estúdienlo para aprender a hacer las preguntas correctas.

