El New York Times tiene una sección nacional y otra internacional acerca de noticias relacionadas con el Covid-19. El anuncio de que Washington suspenderá su fondeo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) aparecía en ambas secciones. Ese solo hecho es revelador pues en efecto, esa decisión tiene una dimensión global, y otra dimensión interna. Es decir, una parte de la crisis sistémica que estamos viviendo tiene que ver con los choques entre distintos actores internacionales, pero otra se relaciona con cómo esta situación está produciendo tensiones internas en distintos países, y cómo los gobernantes y sus rivales políticos están respondiendo ante esas tensiones internas o las están usando para sacar provecho en estos momentos que son cruciales para su aprobación o desaprobación. Solo piense en la abultada victoria electoral que consigue el partido del presidente Moon en Corea del Sur por la percepción positiva de cómo se ha manejado la crisis, y en cambio, los conflictos que están ocurriendo entre los partidos políticos en España por temas como el manejo de la información. Ambos aspectos, lo internacional y lo interno, importan y requieren ser analizados.

En cuanto a la dimensión internacional, es esencial comprender que no ahora, sino desde hace tiempo el planeta experimenta una serie de problemas que, por su naturaleza, son sistémicos, y que, por tanto, deberían ser afrontados de manera multilateral, colaborativa y coordinada entre las distintas partes que componen a ese sistema. Temas como el crimen organizado transnacional, las crisis de refugiados o el terrorismo, no son asuntos exclusivamente locales y no pueden ser resueltos por las políticas de un solo gobierno sin su coordinación con otros. Aunque quizás la situación global provocada por el coronavirus—no solo en la salud, sino en los ámbitos financiero, económico, social, político o geopolítico, por mencionar algunos—es el más vivo ejemplo de ello, no es la primera vez que sucede una crisis del sistema. Justamente una larga historia de crisis colectivas ha contribuido a la conciencia de que se requiere una red de arreglos, normas, leyes e instituciones internacionales para regular en la medida de lo posible la conducta de los estados, y el establecimiento de mecanismos de concertación para diseñar estrategias coordinadas internacionalmente a fin de resolver o mitigar problemas que nos afectan a todos. El sistema de Naciones Unidas (del que la OMS forma parte) está muy lejos de ser perfecto, pero sus grandes fallas no son el resultado de la acción de actores externos a dicho sistema, sino el resultado de los actos de comisión o de omisión de los propios actores que lo conformamos.

Considere usted cuántos de nuestros países han participado activamente en los últimos años para vulnerar las normas internacionales, para despedazar los acuerdos multilaterales y para atacar a las instituciones internacionales, o cuántos de nuestros países han sido pasivos o han dejado de hacer lo suficiente para fortalecer esas normas, rescatar los acuerdos y robustecer o acaso recomponer a esas instituciones a las que hoy pedimos cuentas. Podemos poner ejemplos de lo anterior en las esferas del comercio internacional, de la regulación de armamento o de la crisis climática global, aunque hay muchas más.

Y sí, efectivamente la OMS tras los primeros informes sobre el coronavirus, decidió no categorizar a esta como una “pandemia”, lo que generó cuestionamientos y críticas. Efectivamente, la OMS aplaudió a China por su transparencia y manejo de la crisis sobre todo cuando este manejo era contrastado con el tratamiento del SARS en 2002 y 2003, siendo que posteriormente agencias como la CIA han acusado a Beijing de ocluir sus cifras reales de personas que han contraído o muerto por Covid-19 (por cierto, en enero, y con la información con la que entonces se contaba, Trump también aplaudía a Xi Jinping). También es verdad que, como lo afirma Kristine Lee en Político, China ha estado buscando aumentar su influencia en diversos organismos internacionales y así llenar el vacío que EEUU ha generado desde hace un tiempo.

Sin embargo, lo que no se puede, al menos en teoría, es ir por la vida golpeando a ese sistema de acuerdos, normas e instituciones internacionales, promover el aislacionismo, sostener que lo primero (y único) que cuenta es la agenda propia, actuar exclusivamente conforme a ésta, y luego sorprenderse de que el vacío generado está siendo llenado por rivales o de que la organización intergubernamental en turno carece de liderazgo y eficacia. Pero las tensiones internacionales no son un asunto exclusivo de EEUU. Los chinos critican a Occidente por su débil e ineficiente respuesta y publican un artículo al respecto; Macron revienta y llama a cuentas al embajador chino. Trump culpa a Europa de haber contagiado a EEUU, Europa critica a Trump por sus acciones descoordinadas. Europa del Sur en conflicto con Europa del Norte y así sucesivamente. Es decir, justo cuando tendríamos que actuar multilateral, solidaria y colaborativamente para resolver de manera sistémica un problema que es sistémico, pareciera que somos incapaces de ponernos de acuerdo, y nuestras mejores ideas son culpar a otros, responder de maneras aisladas, o detener fondos al organismo internacional cuya tarea es coordinar estos esfuerzos.

Pero acá es donde entra el otro factor. Trump, difícilmente toma decisiones sin considerar las implicaciones internas que éstas tienen. Ese presidente está continuamente enviando mensajes a su audiencia, mucho más en vísperas de elecciones. En ese sentido, la decisión de suspender el fondeo de la OMS no es sino una medida adicional que tiene coherencia con otras implementadas desde el inicio de su gestión, pero ahora, bajo un entorno diferente. En su lógica discursiva, Estados Unidos gasta demasiado dinero en atender asuntos de “otros”, en defender los intereses de “ajenos”, o en financiar a “burócratas” de organizaciones internacionales, sin obtener “nada” a cambio. Así, desde hace años Trump ha prometido a su base que, poniendo a sus ciudadanos en primer lugar y no a los de otros países, vigilaría cada dólar gastado en el exterior y solo ejercería los gastos que generan réditos claros a la superpotencia. Por tanto, Trump cualquier día de la semana puede lo mismo anunciar retiros de tropas para abandonar conflictos prolongados, “ajenos y lejanos”, amenazar a sus propios aliados con suspenderles la ayuda, cancelar “costosos” ejercicios militares conjuntos con socios estratégicos, o, por supuesto, retener el presupuesto que la superpotencia otorga a una institución internacional por “ineficaz” o por actuar en contra de su agenda.

Pero además, Trump está teniendo que enfrentar un momento muy complicado en el cual se ve obligado a responder económica y políticamente ante una crisis de pocos precedentes históricos, en el seno de fuertes críticas por su lentitud en reconocer la dimensión de la amenaza y actuar en consecuencia, y un entorno en el cual, sus rivales demócratas están tomando pasos para, ahora sí, presentar un frente unificado en su contra.

Es así como en medio del torbellino, Trump aprovecha a su chivo expiatorio del momento, la OMS, desvía la atención de los torpedos internos que está recibiendo a diario, y nos hace hablar—una vez más—de exactamente lo que quiere que hablemos (que si la OMS apoya demasiado a China, que si China tiene demasiada influencia en los organismos internacionales, que si estos organismos son o no son los culpables de la pandemia). Y todo esto lo consigue a la vez conectando de nuevo, directo y sin escalas, con un amplio sector en EEUU que aplaude este tipo de medidas, que concuerda con él en que el dinero de los pagadores de impuestos estadounidenses debe ser empleado únicamente en aquello que rinde frutos claros y tangibles a la ciudadanía, y no en monstruos internacionales que trabajan “al servicio de rivales” como China.

En efecto, además de la pandemia—una crisis de salud ya de suyo enormemente compleja—hay tensiones internacionales e internas, y hay procesos electorales. Todo cuenta.

Analista internacional.
@maurimm

Google News

TEMAS RELACIONADOS