JD Vance, vicepresidente de EU, lo puso de una forma bastante clara: Trump es el único aliado fuerte que le queda a Israel en este momento. Al mismo tiempo, recordó a ese país que dos terceras partes de los misiles utilizados por Israel en esta guerra fueron provistos por Washington. Era una forma de responder a los miembros del gabinete de Netanyahu que están criticando duramente a Trump en estos días por lo que consideran un pésimo acuerdo con Irán. Pero la verdad es que la brecha entre Israel y Estados Unidos se viene ensanchando desde hace tiempo. Los acontecimientos de los últimos tres años, y ahora la guerra con Irán, han contribuido a acelerar ese proceso, pero el tema rebasa a las personas que hoy están a cargo de las decisiones en Washington o en Jerusalem. Se trata de una cuestión mucho más estructural. Aun así, lo que han hecho Irán y sus aliados con bastante eficacia en las últimas semanas es explotar esa brecha a su favor, comprendiendo muy bien las personalidades de Netanyahu y de Trump. Sin embargo, un análisis de fondo necesita hacer ambas cosas: revisar lo estructural y lo coyuntural. Las siguientes líneas buscan contribuir a esa discusión.
Lo estructural
1. Al margen de los acontecimientos de las últimas semanas, Estados Unidos, como superpotencia, lleva más de una década buscando replegarse de Medio Oriente. El hecho de que no haya conseguido hacerlo plenamente, y de que cada tanto la región vuelva a atraer magnéticamente al ejército o a la fuerza naval estadounidenses, no cambia lo que existe en el fondo.
2. Como muestra está la llamada Doctrina Obama, que buscaba disminuir la presencia directa de Washington en zonas como Medio Oriente y procurar sus intereses mediante el fortalecimiento de aliados locales, respaldados con armamento, entrenamiento y financiamiento de EU. Un ejemplo de esta doctrina fue la respuesta de Washington ante ISIS en Siria, en momentos en que Obama buscaba reducir la presencia estadounidense en Irak. A diferencia de este último caso, en Siria, Estados Unidos no desplegó más de unos dos mil efectivos que tenían a su cargo la dirección y el respaldo de las fuerzas kurdas, el verdadero pilar del combate contra ISIS.
3. Posteriormente llegó Trump declarando que EU “no era el policía de Medio Oriente”, prometiendo los mayores repliegues estadounidenses de la zona, aunque no siempre consiguió materializarlos. Para Trump, durante esa primera gestión, las tropas de Washington en Siria—por pocas que fueran—debían ser retiradas de la región y, literalmente, trasladadas a la frontera con México, donde realmente “estaban los problemas” que enfrentaba EU. Después de años de vaivenes, fue Trump quien inició los repliegues estadounidenses tanto de Afganistán, en Asia Central, como de Irak y Siria, en Medio Oriente. Posteriormente, Biden simplemente continuó esas políticas y aceleró varios de esos repliegues.
4. Se ha escrito mucho acerca de las razones detrás de este tipo de decisiones. En el fondo, lo que hay es una superpotencia que, lejos de encontrarse en una fase de expansión, se encuentra en una fase de repliegue, más allá de lo que pueda aparentar el ruido actual. Esto tiene que ver con causas históricas que terminan por ocurrirle a todos los grandes poderes. Estados Unidos ya no puede estar en todas partes del mundo al mismo tiempo. Se trata de una superpotencia altamente endeudada (en términos absolutos, EU tiene la mayor deuda de toda la historia y paga la mayor cantidad de intereses que cualquier país haya pagado jamás) que, además, opera con un déficit monumental. Elevar el presupuesto militar, como lo hizo Trump en su gestión previa o como lo hace ahora mismo, siempre es posible, pero conlleva costos que alguien tiene que terminar asumiendo cuando esa superpotencia funciona como una máquina generadora de deuda.
Pero además de ello, existen otros factores. Uno es el de las marcadas tendencias en la opinión pública estadounidense que se oponen a lo que consideran intervenciones lejanas y costosas. Otro tiene que ver con las carreras armamentistas y las guerras tecnológicas de la actualidad, en las que otros polos de poder han conseguido reducir la brecha con EU y, por tanto, obligan a Washington a ejercer una inversión mucho mayor en esos rubros para no perder la vanguardia tecnológica, restringiendo así su capacidad para ejercer recursos en rubros no prioritarios. Hay muchos otros elementos. Señalo solo uno más: China ha percibido los vacíos que EU va dejando justamente por estar disperso en múltiples regiones al mismo tiempo, y ha sabido sacar ventaja de ellos en su propia zona del mundo.
5. El resultado de todo ello es que Washington ha tenido que priorizar dónde opera y cómo opera. Y desde Obama en adelante, la decisión ha sido que Medio Oriente no es una región prioritaria, como sí lo es el Indo-Pacífico. Justamente, parte de las razones detrás del acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015 se encontraban ahí: un rediseño estratégico que permitiera a EU reducir su presencia en esa zona.
Muchos años después, incluso en medio de la guerra en Ucrania, la actual administración Trump se inaugura con un discurso de Hegseth, secretario de defensa, ante la OTAN en 2025, declarando a los aliados europeos que ellos tendrían que hacerse cargo de Ucrania, pues EU tiene dos prioridades mayores: su propia seguridad fronteriza y la región del Indo-Pacífico.
6. Pero la realidad es que, una y otra vez, Medio Oriente termina jalando a Washington y obligándolo a destinar recursos financieros y humanos a esa región. Ocurrió con Obama durante las guerras en Siria, Libia y Yemen, así como en el combate a ISIS en Irak; ocurrió con Biden a raíz de las hostilidades desatadas tras los acontecimientos de 2023 en la región (acontecimientos que, por cierto, golpearon brutalmente los niveles de aprobación y apoyo de la opinión pública estadounidense hacia Israel); y ocurre ahora con la administración Trump.
Aun así, y a pesar de todas las coyunturas, lo que debe leerse en lo profundo es que Medio Oriente ya no es la región prioritaria para Washington que antes fue. Por tanto, quienquiera que dirija la Casa Blanca buscará limitar la intervención directa de EU en esa zona del mundo, procurando reducirla en el tiempo y alcanzando acuerdos con actores regionales que permitan a Washington dejar efectivamente de priorizar esa región para concentrarse en otras.
7. Todo esto, naturalmente, distancia a Israel de Washington en términos de sus metas estratégicas. Israel busca no solo un respaldo distante de EU, sino una presencia directa. Más aún, cada vez que un presidente estadounidense pretende pactar con algún enemigo de Jerusalem, las tensiones afloran. Ocurrió con Obama y con Biden, pero también ha sucedido con Trump incluso antes del momento actual. Por ejemplo, cuando este presidente acordó un cese al fuego con los houthies en 2025 que claramente excluía a Israel del pacto. Ya desde entonces Trump enviaba señales de que sus intervenciones en la región, si bien eran consideradas necesarias por cierto sector de Washington —y ojo, no todos las apoyan; el vicepresidente Vance es un ejemplo de quienes no lo hacen— tendrían una duración limitada.
La guerra actual con Irán
1. Todo lo señalado arriba constituye el contexto que enmarca la guerra actual. Por un lado, Trump, como dijimos, forma parte de esa tendencia mayor que considera a Medio Oriente una región mucho menos prioritaria que otras. Por otro lado, para ese presidente, empoderado por la operación en Venezuela contra Maduro, se abría una oportunidad para golpear a un viejo enemigo y, de paso, enviar un mensaje de fuerza y determinación a China y Rusia, socios de Irán. Su alternativa, entonces, se dibujaba como una operación limitada, de bajo costo y altos réditos.
2. Según ha sido reportado por distintas fuentes, Netanyahu formó parte de quienes convencieron a Trump de que era posible conseguir justamente lo que deseaba: el descabezamiento del régimen iraní y el consecuente advenimiento de un gobierno mucho más colaborativo con Washington —al estilo Venezuela— en apenas unos cuantos días.
3. Esto, en principio, empataba con los intereses israelíes, pues si se lograba instalar en Teherán un gobierno que respondiese a los dictados de Washington, ello cambiaría radicalmente el mapa geopolítico de Medio Oriente.
4. Pero cuando ese objetivo no se consigue, la brecha entre Washington y Jerusalén empieza a ensancharse y a hacerse visible. Irán y sus aliados son percibidos en Israel como amenazas vitales para su seguridad nacional y, por tanto, cualquier otro factor o consideración se subordina a ese hecho. Por ello, para Netanyahu y para buena parte de la sociedad israelí, temas como los precios del petróleo, el costo de vida o la economía global, son mucho menos relevantes que la amenaza percibida de actores que envían misiles balísticos contra su población. Para Trump, en cambio, los costos financieros y económicos —y, por tanto, los costos políticos— no hacían más que crecer con el paso de los días.
5. Como resultado, Trump buscó durante varias semanas encontrar alguna ruta de salida del conflicto, a como diese lugar. La razón por la que no parecía hallarla antes, era justamente que los términos ofrecidos por Irán eran, en esencia, los mismos que hoy estamos viendo: condiciones que proyectarían a EU como la potencia perdedora en términos estratégicos. Al final, Trump no puede más con la presión y termina por aceptar esos términos con tal de cerrar ya este capítulo.
6. Netanyahu, en cambio, buscaba a toda costa que los ataques contra Irán y sus aliados no se detuvieran e incluso escalaran. Especialmente contra Hezbollah, la milicia libanesa aliada de Teherán que, tras sus enfrentamientos con Israel en 2024, ha demostrado una altísima capacidad de recuperación y sigue representando una amenaza enorme para ese país.
7. El resultado de lo anterior, como sabemos, es que Israel mantiene su ocupación en Líbano y que sus operaciones contra Hezbollah, aunque disminuidas en los últimos días, hasta ayer, no habían cesado del todo.
8. Lo que Irán ha conseguido de manera particularmente exitosa es vincular de forma prácticamente irremediable los ceses al fuego en todos los frentes, Líbano incluido. Sin embargo, como a lo largo de las últimas semanas ese cese al fuego no se había materializado, y precisamente porque ello ha puesto en riesgo el acuerdo mayor entre Trump e Irán, las fricciones entre el presidente estadounidense y Netanyahu afloraron como nunca.
9. Más a fondo, el acuerdo que Trump consigue extraer de Teherán es percibido como altamente negativo para los intereses israelíes. Netanyahu, un fuerte crítico del pacto nuclear firmado por Obama en 2015 —a tal grado que acudió al Congreso de EU para explicar a los legisladores cómo es que su presidente “se estaba equivocando”— observa ahora cómo, después de una guerra de varios meses, y tras algunas concesiones que no son demasiado distintas de las que Irán ya había efectuado en 2015, el régimen en Teherán no solo sobrevive, sino que además resulta enriquecido y empoderado.
10. Podemos esperar, por tanto, que, independientemente de un nuevo cese al fuego en Líbano como se anunció ayer, las tensiones que señalo continúen creciendo a lo largo de los meses que siguen. Israel buscará, bajo cualquier circunstancia, conservar su libertad de operación contra Hezbollah, lo que inevitablemente le llevará a continuar realizando bombardeos frecuentes en Líbano, dado que la probabilidad de que esa agrupación se desarme o desmantele es realmente baja. La cuestión es que, como ya ocurrió hace pocos días, esto podría escalar nuevamente hasta enfrentamientos directos entre Irán e Israel. Ello podría ocasionar, eventualmente, y especialmente si Israel lanza ataques similares a los de los últimos meses contra Teherán, que Irán vuelva a responder mediante medidas “triangulares”; es decir, atacando a terceros o generando nuevamente disrupciones en el Estrecho de Ormuz.
Todo dependerá de qué tanto pueda Trump seguir controlando a su aliado Israel. Un aliado que, por la combinación de factores que aquí señalo y, sobre todo, si los observamos en conjunto, se encuentra cada vez más distante de Washington. Y no solo en términos de la opinión pública estadounidense o de las fricciones que puedan existir entre líderes, sino mucho más profundamente, en el plano estructural.
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