La forma de hacer la guerra, así como las definiciones de victoria o derrota, están transformándose ante nuestros ojos, y ello está cambiando el cálculo estratégico de todos los actores involucrados. Durante décadas, los conflictos armados entre estados nacionales disminuyeron considerablemente. Había, por supuesto, una enorme cantidad de conflictos internos o transnacionales en los que los estados combatían contra actores no estatales, como grupos insurgentes, criminales o terroristas armados, o en donde esos grupos combatían entre ellos. Pero las guerras entre países dejaron de presentarse con la frecuencia del pasado, o con la frecuencia con la que están reemergiendo ahora mismo. El tema es que, primero, en estas décadas la tecnología militar ha avanzado de manera estrepitosa. Pero, además, al existir conflictos armados activos de la magnitud de los que hemos visto en los últimos cuatro años, esa tecnología está evolucionando en tiempo real a velocidades impactantes. Una de las implicaciones más considerables que estamos observando tiene que ver con el poder de la asimetría en el combate. Los estados considerados débiles parecen tener cartas mucho más poderosas de lo que originalmente se estimaba, no solo a través de herramientas como los drones, sino mediante el uso de esas herramientas para producir efectos simbólicos, psicológicos, económicos y políticos que están modificando la ecuación. Los casos de Ucrania e Irán sirven para ilustrarlo.
El caso de Ucrania
1. La guerra en Ucrania ha tenido fases muy distintas. Pero lo que quedó claro desde el inicio es que, para combatir a un ejército materialmente más poderoso como el ruso, el ejército ucraniano iba a tener que echar mano de tácticas asimétricas, tal y como se observó desde los primeros días de combate, cuando las fuerzas rusas invadieron Ucrania por tres frentes.
2. A pesar de que el ejército ucraniano consiguió detener la embestida rusa sobre Kiev y obligó a Rusia a replegarse hacia el sur y el este del país, la guerra rápidamente se convirtió en un combate mucho más tradicional, basado en fuerzas terrestres, trincheras, tanques y artillería. Aunque el ejército ucraniano obtuvo varias victorias en 2022, para el tipo de combate que estábamos viendo, Rusia mantenía la superioridad numérica y la superioridad en armamento. Sí, el ejército ucraniano hizo auténticos milagros para contener los avances rusos, pero era difícil pensar que alguno de los movimientos observados fuera a modificar el cálculo de Putin en términos de su disposición a sostener una guerra tan prolongada como la que ha tenido lugar.
3. No obstante, justamente esa prolongación de la guerra ha obligado a ambos ejércitos a adaptarse y evolucionar. Concretamente, el avance que Ucrania ha exhibido desde entonces en materia de drones y de interceptores de drones es apenas una pieza de todo este panorama. Lo que Ucrania ha sabido desplegar desde hace ya bastante tiempo es una lógica de combate asimétrico que parte del reconocimiento de sus propias debilidades y fortalezas.
4. Para este tipo de combate, lo que Ucrania ha buscado explotar incluye, entre otros factores, el sentido de seguridad y estabilidad de la población rusa. Bajo la lógica de Putin, la guerra en Ucrania no es una guerra, sino una “operación militar especial” cuya característica central consiste en ser un conflicto alejado del corazón de Rusia, limitado y con un bajo potencial de afectar la vida cotidiana de la población rusa.
5. Por contraparte, desde hace ya años, Ucrania ha buscado elevar el costo para Putin de sus decisiones, golpeando ciudades rusas e infraestructura militar y energética mediante misiles cuando ello es posible, pero sobre todo mediante drones cada vez más desarrollados. Más que perseguir un objetivo material per se, lo que Kiev busca con ello es propinar golpes simbólicos a Rusia que adquieran visibilidad y, por tanto, sean ampliamente comentados en redes sociales, induciendo estados psicológicos de frustración, enojo y miedo entre distintos sectores de la población y con ello, produzcan repercusiones políticas que terminen impactando al mismo Putin.
6. Los movimientos de los últimos meses son muy elocuentes en este sentido. Ucrania está consiguiendo golpear de manera notable la infraestructura energética rusa. Esa embestida está generando costos crecientes y disrupciones operativas importantes para el sector petrolero ruso. Ucrania ha logrado afectar refinerías clave, estaciones de bombeo, terminales de exportación y centros de almacenamiento, reduciendo temporalmente cerca del 16% de la capacidad de refinación rusa y obligando incluso a imponer restricciones a las exportaciones de gasolina y queroseno para proteger el mercado interno.
7. Aun así, estos ataques no parecen estar alterando todavía el cálculo mayor de Putin, toda vez que la guerra en Irán ha disparado los precios globales del petróleo, permitiendo que Moscú compense buena parte de esas pérdidas mediante mayores ingresos por exportación de crudo.
8. Con todo, Ucrania sí está elevando significativamente los costos logísticos, operativos y financieros de Rusia —incluyendo reparaciones, seguros, subsidios internos y protección de infraestructura— y además está demostrando una creciente sofisticación en su capacidad para penetrar defensas rusas y generar cuellos de botella repetidos, aunque la enorme resiliencia estructural del sistema energético ruso, heredado en buena medida de la era soviética, todavía le permite absorber el daño (Rane, 2026).
9. Al final, esta estrategia ucraniana le está permitiendo, por ahora, resistir. Pero sus efectos más notables solo ocurrirán en la medida en que logren traducirse en impactos políticos y, por tanto, en agotar la tolerancia de Putin para seguir adelante con la guerra. Eso es lo que está por verse.
El caso de Irán
1. A pesar de que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán inició hace apenas unos meses, ya es posible hablar de la capacidad iraní para desplegar tácticas de combate asimétrico con un alto nivel de eficacia.
2. No sabemos, por supuesto, cómo terminará esa guerra. Estamos en medio de un frágil cese al fuego que podría colapsar en cualquier momento. Habrá que ver, en su caso, qué sucede con el conflicto y cuál es su desenlace. Pero lo que sí sabemos es que, al día de hoy, tras meses de feroz combate contra Irán, tras haber eliminado a su líder supremo y a buena parte de su círculo, tras haber ocasionado daños enormes a su infraestructura militar y civil, así como daños impensables a su economía —a los que se suma todavía el bloqueo de los puertos iraníes por parte de Estados Unidos— Trump sigue siendo incapaz de doblegar al régimen en Teherán e incapaz siquiera de conseguir un acuerdo que sea superior a lo que Washington ya tenía sobre la mesa en febrero, antes de iniciar su guerra. Mientras escribo estas líneas hay noticias sobre avances en las negociaciones, pero aún así, si se estudia lo que Irán había ya concedido antes de la guerra, y se compara con lo que ahora mismo se está negociando, se podrá entender que Trump consigue muy poco tras estos meses de combate y asfixia contra Teherán.
3. Esto tiene que ver con que el régimen en Teherán se autopercibe en una posición de fuerza para negociar y percibe a Trump como alguien altamente necesitado de un acuerdo que le permita salir del embrollo en el que esto se ha convertido. Así que es válido preguntarse por qué esto es así.
4. Cuando se habla de asimetría, lo primero que tiene que entenderse es que mientras más profunda es la disparidad material entre las fuerzas que combaten, más elevado es el poder simbólico y político de cada uno de los golpes que la parte débil logra propinar a la parte fuerte. Y lo segundo a considerar es que, por tanto, la guerra que libra el actor débil ocurre mucho más en el universo no material que en el material. Los daños materiales son solo instrumentos para producir otros efectos.
5. Irán ha sido eficaz, primero, en resistir —lo que de suyo ya representa un logro enorme, considerando que está siendo atacado simultáneamente por el ejército más poderoso del mundo y por el más poderoso de su región. Segundo, Irán ha sido capaz de activar una estrategia de “coerción triangular”; es decir, hacer pagar costos a actores terceros por cada uno de los ataques que recibe. Tercero, Irán ha conseguido afectar la infraestructura energética de la región lo suficiente como para impactar la producción petrolera y de gas de esa zona del mundo. Y cuarto, Irán ha conseguido interrumpir la circulación de energía lo suficiente como para ocasionar estragos ya a escala global.
6. Esto, en resumidas cuentas, coloca a Irán en una situación en la que tiene a la economía global como rehén. Ello no solo produce efectos en diversos países y continentes, sino especialmente en Estados Unidos, el país atacante, lo que se traduce en un impacto político enorme para Trump. Más de seis de cada diez estadounidenses desaprueba la guerra, pero notablemente casi el 70% de los votantes independientes —sector crucial para definir elecciones en Estados Unidos— considera que Trump tiene sus prioridades completamente al revés.
7. La paradoja consiste en la trampa construida por Irán. Mientras más escale la guerra, más escalarán sus respuestas asimétricas y su coerción triangular. Me pegan a mí y yo golpeo a todos los demás. Si Trump —a falta de un acuerdo— sigue adelante con sus amenazas y bombardea la infraestructura civil y eléctrica de Irán, Teherán atacará múltiples blancos en toda la región para provocar daños cuya reparación tomará años. Si Estados Unidos continúa escalando o incluso lanza un operativo terrestre, Irán atacará territorios todavía más alejados, o podría incluso cerrar, con ayuda de los houthies, el paso por el Mar Rojo, por donde circula cerca del 15% del comercio global.
8. El éxito de la estrategia consiste en comunicar eficazmente que cualquier decisión que tome Trump elevará el costo de la guerra a un grado tal que seguir escalando se vuelve irracional.
9. Esto no significa que Irán cuente con tiempo ilimitado o con capacidades inagotables para desplegar sus métodos de combate. Solo significa que, mientras esto siga siendo una competencia de voluntades, Teherán está mostrando que su tolerancia al desgaste es bastante mayor de lo que Trump supuso al inicio. Esto en contraste con Trump quien parece cada día tolerar menos la idea de la prolongación indefinida del conflicto.
10. Y todo ello significa también que el actor más poderoso, Estados Unidos, pierde margen de maniobra no por los drones o los misiles iraníes en sí mismos, sino por la eficacia del régimen en Teherán para comunicar determinación de sobrevivir; para comunicar sensación de riesgo a los mercados y a las empresas; para comunicarle a la población estadounidense que su presidente se equivocó al atacarle; y para comunicar a los rivales de Estados Unidos (como Rusia o China) que Irán ha encontrado la manera de responder ante el gigante.
En suma, los conflictos armados activos en la actualidad, así como la evolución tecnológica y el uso eficaz de esa tecnología por las partes menos fuertes de esos conflictos, están transformando las suposiciones básicas acerca de cómo se combate una guerra y de cómo los estados deben prepararse para ella. Aventurarse a iniciar una operación militar sin haber previsto estos factores está ocasionando que, por lo pronto, Rusia y Estados Unidos tengan que pagar costos mucho más elevados de lo que inicialmente supusieron. Hay otros casos, pero por ahora lo dejamos acá.
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