Como es natural cuando transcurre una guerra de la dimensión y con las repercusiones que ha tenido la de Medio Oriente, estamos muy concentrados en la coyuntura: en analizar qué va a declarar Trump en un momento determinado, si se va a concretar un acuerdo o si la guerra va a escalar. Considero esa una tarea fundamental, y en este espacio la seguiremos realizando. Paralelamente, sin embargo, estamos intentando formular algunas reflexiones que buscan mirar un panorama más amplio. Desde una perspectiva global, estamos observando procesos relacionados con instituciones y estructuras internacionales que vale la pena considerar. Se trata de tendencias que, por cierto, preceden a la actual guerra en Medio Oriente y que sin duda la rebasarán. De ahí la importancia de introducir estos temas en la conversación. Hoy me enfoco en la discusión sobre la continuada erosión del orden internacional basado en reglas, aunque desde una mirada más autocrítica y de autorreflexión.
1. Tenemos que partir de la base de que, más allá del tema Irán, el mundo está experimentando dos dinámicas paralelas que están marcando múltiples eventos y procesos de toma de decisiones en todo el globo.
1a. La primera es la acelerada competencia por recursos, posiciones estratégicas y cuellos de botella geopolíticos, asociados tanto con la tecnología como con el sostenimiento de una economía altamente globalizada e interdependiente. Esto no es algo nuevo, pero en la medida en que se ha acelerado la segmentación transnacional de procesos productivos y la dependencia de cadenas de suministro, hoy es más claro que nunca que quien controla las rutas de abasto y circulación, cuenta con herramientas altamente poderosas para negociar su lugar en la geopolítica global. El Estrecho de Ormuz y las repercusiones globales por su cierre, son apenas una muestra de lo que señalo.
1b. La segunda dinámica que transcurre en paralelo a la anterior tiene que ver con la erosión, desde hace muchos años, de los arreglos e instituciones que buscaban ordenar la anarquía del sistema internacional. Se trata de una dinámica que precede con mucho a Trump y que no se limita a la conducta de Estados Unidos en los últimos años. Esto no significa que ese orden fuera perfecto, ni que los estados lo respetaran en todos los casos y circunstancias. Lo que sí implica es que la frecuencia y sistematicidad con la que ese orden internacional basado en reglas ha sido retado y puesto a prueba por muy distintos países ha venido creciendo hasta un punto en el que es percibido, cada vez más, como insuficiente para garantizar la estabilidad y la seguridad de los actores del sistema.
2. La conclusión que están tomando esos actores consiste en que, en la medida en que el sistema internacional deja de ser un garante eficaz de los objetivos de seguridad nacional, su única herramienta para alcanzar esos objetivos es su poder disuasivo.
3. La disuasión se construye por distintas vías, pero en esencia descansa en tres factores centrales: (a) adquirir capacidades militares suficientes y seguirlas perfeccionando —lo que conlleva carreras armamentistas costosas e interminables, así como el abandono de tratados que limiten a determinado estado en estos rubros—; (b) demostrar a todos los posibles rivales que se cuenta con esas capacidades; y (c) convencer a esos rivales de que ese estado está determinado a emplearlas, aun considerando los costos que ello implicaría.
4. Estos factores, naturalmente, producen un entorno altamente inestable, en el que los distintos estados están cada vez más convencidos de la necesidad de proyectar su determinación y, por tanto, más dispuestos a retar no solo a ese orden internacional, sino también a poner a prueba la determinación de sus contrapartes. El resultado es un riesgo creciente de choques potenciales, más aún en el contexto de competencia global que describo.
5. Este tipo de análisis—y las conclusiones que de él se derivan—que marcó toda una época en el pasado, parece estar retornando con fuerza en muchos gobiernos y dirigencias: se trata de una lógica al más puro estilo de la realpolitik.
6. Al mismo tiempo, es común que, desde otros ámbitos, algunos análisis se enfocan en la dimensión del deber ser, en el mundo que quisiéramos que fuera. Se emiten condenas por la violación de las reglas establecidas o por la desestimación de las instituciones internacionales que deberían poder poner orden en esta anarquía. Por supuesto que se trata de críticas legítimas. El problema es que, mientras se emiten esas críticas y condenas, los estados continúan compitiendo en las carreras que describo, abandonan los acuerdos internacionales que limitaban sus acciones o, simplemente, se burlan de las instituciones internacionales y las ignoran en su toma de decisiones.
7. La cuestión central, sin embargo, es que, si en algún momento vamos a querer reparar esta erosión y reconstruir la arquitectura del orden internacional o incluso rediseñarla por completo, eventualmente vamos a tener que formular preguntas cruciales y responderlas con buen diagnóstico, análisis y recomendaciones adecuadas.
8. Para ello, tenemos que empezar por reconocer que esas instituciones multilaterales no están compuestas por marcianos, sino por sus estados miembros, es decir, por nosotros mismos. Los arreglos internacionales y el orden basado en reglas, no fueron construidos de manera exógena al sistema. Somos nosotros—todos esos estados miembros—quienes hemos ido diseñando paso a paso ese orden global y, de manera correcta o incorrecta, quienes hemos logrado que ese orden se implemente con distintos grados de eficacia.
9. Por lo tanto, la posición crítica debe partir de la humildad de comprender que, si ese orden internacional ha fallado en producir confianza como garante de la seguridad nacional, es porque—por las razones que sean—no hemos sido capaces de dotarlo de la efectividad y eficacia necesarias para generar incentivos suficientes que impulsen a los estados a actuar conforme a ese orden, así como para aplicar consecuencias capaces de disuadir a esos estados de violarlo.
10. En palabras simples, el mundo que estamos viviendo va a requerir una reflexión profunda que no solo se limite a la indignación o a la crítica por que ciertos actores desconfían de las instituciones internacionales. Y ojo: no solo las instituciones internacionales son objeto de esa desconfianza; según encuestas en muestras globales, aproximadamente tres cuartas partes de nuestras poblaciones desconfían de las instituciones en sus propios países. Por ello, las preguntas tienen que ir más a fondo, buscando los factores que subyacen a los síntomas visibles. ¿Por qué se produce esa desconfianza? ¿Cuáles son las expectativas de esas sociedades que hoy desconfían de sus instituciones y por qué esas expectativas no han sido cubiertas? O, dicho de otro modo, ¿cómo se construye eficazmente la confianza institucional y cuáles son los pasos que deberíamos implementar en el corto, mediano y largo plazo para consolidarla?
11. A nivel internacional, las preguntas son similares: ¿desde cuándo y en qué han fallado las instituciones multilaterales y el orden internacional basado en reglas para generar los incentivos necesarios que llevarían a los estados a alinearse plenamente con ese orden, así como las consecuencias suficientes para disuadir las conductas que optan por violarlo? ¿Cómo deberíamos construir mejor esa confianza de los estados en que ese orden, sustentado en reglas e instituciones multilaterales, puede fungir como un garante eficaz de la seguridad colectiva? O, en otras palabras, ¿cómo generamos la confianza de que resulta más conveniente ceñirse, por ejemplo, a tratados de desarme, que encarrilarse en costosas e interminables carreras armamentistas? Más aún, ¿cuáles son las profundas estructuras que mayormente se correlacionan con la conflictividad y cómo es que esas instituciones globales deberían contribuir mejor con estrategias de prevención, intervención y post-vención para evitar caer en las guerras que se están multiplicando en el globo?
12. Lo anterior pasa por asumir que nuestro país no está excluido de estas conversaciones, de participar en ellas de manera activa, de promover diagnósticos serios al respecto, de buscar las mejores recomendaciones y de empujar la reconstrucción de un orden internacional que, como dije, nunca fue perfecto, pero que hoy vemos cada vez más golpeado.
Porque lo que se tiene que entender es que, en la medida en que las dinámicas arriba señaladas sigan creciendo, lo que estamos viendo hoy con la guerra en Medio Oriente y sus impactos globales—y antes de ello Ucrania, el Sahel, Somalia, Gaza, Myanmar, Sudán y otros 130 conflictos armados en el globo de los que poco se habla—no hará sino repetirse con mayor frecuencia.
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