Hoy América Latina es terreno fértil para los discursos de la derecha más radical. Esa combinación de inestabilidad económica, inseguridad rampante y servicios estatales deficientes alimenta un descontento que, mal canalizado, se convierte en adhesión a la derecha. Lo hemos visto en Argentina, El Salvador, Brasil y, más recientemente, en Colombia. La semana pasada, Abelardo De la Espriella se posicionó —con un margen modesto— como el contendiente favorito a la presidencia en una primera vuelta. Si bien la segunda vuelta podría fácilmente llevársela el segundo lugar, Iván Cepeda; el triunfo inesperado de la ultraderecha en Colombia debería activar las señales de alerta en toda la región.
El mismo fin de semana, la derecha mexicana hizo lo propio: azuzar a sus bases con discursos derechistas que se posicionan ya sea en el filo de la ultraderecha —como los que dieron en Chihuahua Fox y Calderón, como tentando las aguas— o directamente en ella —como el nuevo discurso de la diputada española Cayetana Álvarez en la capital—. Los focos se multiplican, pero no por eso hay que perder de vista el panorama general. Es un viraje del conservadurismo tradicional a la ultraderecha regional. Un intento por combatir los populismos de izquierda con populismos de derecha rabiosos.
Colombia se inclinó por un discurso que retoma la agenda antiderechos de Bukele contra la inseguridad y el modelo libertario de adelgazamiento estatal de Milei. Con esta fórmula bien definida, De la Espriella conquistó a un 43% del electorado colombiano. Mientras este outsider radical superó por 3 puntos al candidato izquierdista Cepeda —quien obtuvo un 40% de los votos— la candidata conservadora del partido de Uribe, Paloma Valencia, no alcanzó ni el 7%. En palabras de Aaron Tauss “la derecha radical terminó «comiéndose» el voto de la derecha tradicional”.1
El mensaje de estas victorias electorales para las oposiciones de derecha tradicionales es simple: hay que explotar las pasiones, temores y aspiraciones con una rabia realmente convincente. El objetivo es radicalizar sus valores de derecha con discursos demagógicos. Es la mejor manera de conectar con la indignación legítima de la ciudadanía, eso no hay quien lo niegue. Ahí tenemos a Felipe Calderón agitándose rabiosamente contra todo aquello que él originó —la crisis de violencia y sus respectivas fisuras a la soberanía— y citando el Evangelio. Ahí están los espectaculares del PAN que dictan “patria, familia y libertad” como calca del franquismo. Patria, para levantar a la ciudadanía ante algún enemigo común; familia, porque es allí donde duele; libertad, porque en el fondo lo que quieren, es su propia libertad económica. Entiéndase libertad como la expresó Cayetana en su discurso soberanista: empezamos por la soberanía nacional y terminamos misteriosamente en lo que realmente les importa: poner las libertades negativas del mercado por encima de las libertades positivas de las personas. Se trata de sacar a los derechos de la ecuación. La política del egoísmo pintada de indignación legítima.
Este viraje a la ultraderecha presenta, nuevamente, un atajo antidemocrático ahora vestido de otras ropas. Si el discurso populista de izquierda ofrece remedios simplistas y directos a la grave crisis de desigualdad; su contraparte derechista ofrece atajos para atender los problemas de la inseguridad y la inestabilidad económica. Por un lado, se dan transferencias en efectivo, por el otro se violan derechos humanos con medidas clasistas punitivistas. Son políticas simples de comunicar porque van al grano sin pasar por el consenso democrático. Ambos son atajos, como los explica Cristina Lafont, porque recurren a la posibilidad de tomar acciones contundentes e inmediatas fuera de la complejidad del aparato democrático institucional. Así como el obradorismo elimina contrapesos y debilita instituciones para concentrar el poder, así también lo han hecho Bukele o Milei. A los populistas les estorba la democracia, no importa si son de derecha o izquierda.
Cuenta de X: @MartinVivanco
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