Hay quienes dicen que el actual escándalo de Morena no podrá ser capitalizado por la oposición, porque ésta no existe. Lo dicen algunos comentaristas con esa seguridad que da tener un micrófono enfrente y un auditorio apacible ante sí. Llevo escuchando ese discurso, con el mismo tintineo, desde el éxito apabullante de AMLO en 2018. Según esta visión, el mapa electoral de México es monolítico. No hay opción, no hay alternativa. Lo que esos comentaristas no advierten —o no quieren advertir— es que ese discurso le hace el trabajo al régimen que dicen combatir.
La primera razón es que ese discurso presenta a Morena como hegemónico: no solo sería el campeón de una batalla electoral, sino el vencedor de una guerra cultural. Su predominio político haría las veces de una inoculación en la psique colectiva del país. La conclusión lógica de estos supuestos es que la política ya no es suficiente, que la batalla no está en la urna sino en algún lugar más profundo e indefinible. Eso convierte la tarea de la oposición en una labor no sólo compleja, sino en una hazaña titánica. Porque presenta la victoria del oficialismo —que es un hecho electoral más— como un acontecimiento de otro orden: uno ante el cual la voluntad poco puede.
La segunda razón es que, al decretar la defunción de la oposición, dan por sentado el triunfo de Morena. Al repetir que la oposición no existe, refuerzan el discurso oficialista de que está “moralmente derrotada” y no tiene cabida en el espacio político. Su victoria futura se vuelve una profecía autocumplida. Porque las opiniones vertidas en televisión, columnas y redes sí generan sentido común —de forma distinta al siglo XX, pero lo siguen haciendo—. Lo paradójico, y vale la pena detenerse aquí, es que los comentaristas que más rechazan al régimen son los que con más fervor repiten su mantra. Son, sin proponérselo, sus mejores aliados discursivos. No importa que tal o cual fuerza política crezca en lo local, que en distintos congresos estatales las dinámicas las marquen los opositores, que las encuestas empiecen a cambiar, nada los hace salirse del dogma, los hechos aquí estorban, no iluminan. Es la oposición —desde la esfera pública— anulándose a sí misma por el miedo a tomar partido. Cometen un error trágico, aquello que Aristóteles llamó hamartia. Porque estos discursos, además de engrandecer y alimentar al oficialismo, minimizan ese espacio de posibilidades de la oposición que se construye en el diálogo entre la esfera pública y la política institucionalizada. Una cosa es criticar a la oposición —su falta de ideas, de liderazgos, de estructura electoral— y otra muy distinta es declararla inexistente.
La tercera razón, y acaso la más importante, es que esa narrativa trata a los mexicanos como objetos y no como sujetos. Como entes incapaces de darse cuenta de lo mal que van las cosas y de la posibilidad de cambiar de rumbo. Vamos al presente: ¿de verdad creen que el caso de Rocha Moya no va a mover a quienes votaron por Morena con la esperanza genuina de que las cosas iban a cambiar? Me van a decir que todos los partidos de la oposición están desprestigiados. Sorpresa: no solo esos partidos, sino todos los partidos, en todo el mundo. Me van a decir que no hay liderazgos. ¿De verdad en ninguna localidad del país hay un líder político capaz? No lo creo. Se les olvida lo más básico: all politics is local.
Tan hay oposición que veo a la presidenta respondiendo todas las mañanas a lo que se dice en tribuna o en medios. La veo un día y otro a la defensiva, nombrando a sus adversarios. Conviene recordar que, así como lo contrario al amor no es el odio sino la indiferencia, en política lo contrario a la intrascendencia no es el ataque, sino el silencio. Y vaya que nos aturde.
Cuenta de X: @MartinVivanco
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

