La semana pasada no faltaron los discursos, columnas y conversaciones celebrando la derrota de Orbán en Hungría a manos de Péter Magyar y su partido, Tisza. Desde la democracia liberal se canta victoria sin muchas reservas. No olvidemos que Orbán fue el primero en declarar abiertamente que su régimen era una “democracia iliberal”. Y sí, suscita esperanza ver ganar a la oposición tras 16 años de cooptación autoritaria del poder y desmantelamiento sistemático de las instituciones de contrapeso. Pero el festejo no debe nublarnos la vista ante los hechos menos simples o menos agradables que trasluce el escenario húngaro. Antes de compararnos con Hungría y asumir que la victoria está a la vista, hay que entender qué fue lo que pasó ahí y si ese reciente éxito ofrece alguna esperanza replicable para otras democracias iliberales en ciernes, como la mexicana.
Lo que pasó en Hungría es más complejo de lo que el festejo sugiere. Lejos de lo que esperaría un demócrata liberal, no puede decirse sin reservas que el nuevo primer ministro se adhiera a los principios del liberalismo ni, mucho menos, al progresismo social. Magyar proviene del gabinete de Orbán: él y su exesposa, Judit Varga, fueron parte del círculo más íntimo del líder autoritario, al punto de que se llegó a rumorar que Varga sería su sucesora. Magyar es de las familias fundadoras de Fidesz y fue miembro de ese partido hasta 2024, cuando comenzó a distanciarse y a denunciar públicamente al gobierno: primero por haber indultado a un hombre condenado por encubrir abusos sexuales a menores, y después por los actos de corrupción del régimen y la oligarquía construida a su alrededor.
Esas denuncias, sumadas al desgaste inevitable de 16 años de gobierno autoritario y corrupto, llevaron al debilitamiento de Fidesz. Porque, vale la pena subrayarlo, la democracia siempre pone un límite temporal a los gobernantes. El desgaste de quien gobierna es algo consustancial al poder y las mínimas condiciones de competencia electoral hacen que ese hastío se traduzca en que la gente, tarde o temprano, optará por alguien más.1 Por muy iliberal que fuera la democracia húngara, seguía sometida al voto popular y la fuerza de éste nunca es totalmente controlable. Esto responde en parte la pregunta de fondo: ¿cómo se combate a un autoritario? El manual húngaro ofrece dos claves. Primera: volver a la fuerza del voto, conquistarlo territorio por territorio, pueblo por pueblo, retomando el método básico de la política tradicional electoral. Segunda: allá se conformó una alianza opositora total, apostando por el candidato con mayores probabilidades de ganar, aunque ese candidato fuera el más cercano al adversario.
Magyar comparte con su predecesor las posturas hostiles hacia la migración, la apelación a los valores tradicionales y el patriotismo populista. Su principal diferencia con Orbán es su posición favorable a la Unión Europea y, por tanto, contraria a Rusia. Y, desde luego, su discurso plantea la redemocratización de Hungría, lo cual sería verdaderamente laudable, aunque Magyar no tiene incentivos reales para hacerlo: heredó una estructura autoritaria que beneficia a quien esté en el poder, y ahora ese poder es suyo.
Orbán y Fidesz reconfiguraron el sistema a su medida con precisión quirúrgica: redujeron los escaños parlamentarios de 386 a 99, favorecieron la formación de partidos pequeños para simular pluralismo y fragmentar a la oposición real, practicaron una redistritación electoral a su favor, facilitaron el voto de húngaros en el extranjero, pero solo para ciertos grupos de edad, a sabiendas de que los jóvenes no apoyaban a Fidesz. Y cooptaron el Poder Judicial de manera que desde 2014 el Tribunal Constitucional se convirtió en una instancia para darle barniz de legalidad a las decisiones arbitrarias del régimen. A quienes seguimos la política mexicana, todo esto nos suena familiar.
Las similitudes con la cooptación oficialista en México no son coincidencia: es el manual del populismo autoritario, del que Orbán fue maestro y exportador. Pero su derrota no viene con instructivo. De las dos claves que deja el éxito de Magyar —el de la política electoral a ras de piso y la alianza total opositora—, sólo la primera aplica a México. Aquí las alianzas entre la oposición han sido un fracaso porque no ofrecen nada más que sacar a MORENA del poder. Eso no es un programa político, sino la arrogancia de quien cree que basta con calificarse como adversario e insultar al régimen para merecer el poder.
Desde este lado del Atlántico, la lección más importante del escenario húngaro no la dicta para la oposición sino, paradójicamente, para el oficialismo. Ojalá quienes hoy construyen en México una arquitectura institucional tan desfavorable a cualquier adversario recuerden que eventualmente volverán a ser oposición. Orbán creyó que había construido un sistema a prueba de derrota. Le tomó 16 años descubrir que no existe tal cosa.
Cuenta de X: @MartinVivanco

