La celebración de 250 años de la independencia estadounidense vive una paradoja. Un puñado de hombres proclamó en Filadelfia una verdad que cambiaría al mundo: los gobiernos existen exclusivamente para servir a las personas. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos fue algo más que el acta de nacimiento de una República: fue el de la democracia moderna. La paradoja es que EU dejó de ser el faro de orientación política para convertirse, para millones, en un país temido, despreciado y odiado.
Es inevitable no advertir la contradicción. El año en que EU celebra el cuarto de milenio de su Declaración, el mundo contempla a esa misma nación sin entender dónde quedaron sepultados los valores que alguna vez fueron la imitación de naciones, incluido México. No se discute su formidable capacidad científica, tecnológica, económica y cultural. Tampoco su papel en momentos cruciales de la historia contemporánea (las dos guerras mundiales). Pero el liderazgo moral que alguna vez acompañó a la potencia estadounidense se perdió en el camino. El responsable del extravío es el actual presidente de Estados Unidos, electo por el pueblo a pesar de ser impresentable. Lo que ratifica la idea de que los electores, si se equivocan, pueden vulnerar los principios democráticos.
Hace doscientos cincuenta años nació mucho más que una nación. El 4 de julio de 1776 vio la luz una idea destinada a transformar la historia: que todos los hombres nacen con derechos inalienables y que el poder sólo es legítimo cuando emana del consentimiento de los gobernados. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos fue un parteaguas para la libertad política del mundo occidental.
Las palabras escritas por Thomas Jefferson, el delegado más joven del Congreso Continental, inspiraron constituciones, movimientos emancipadores y revoluciones. También influyeron en México. Casi un decenio antes de la independencia en 1813, habitantes de la provincia de Coahuila-Texas, convencidos del valor político de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, prepararon el Acta de Independencia de la Provincia de Texas. La declaración texana, años antes de que México se independizara de España y antes de que Texas se independizara de México, expresó el derecho de los tejanos a establecer su propio gobierno y reafirmar que la autoridad legítima dimana del pueblo. Llama la atención que las primeras palabras de la Declaración texana de 1813, son las mismas que la de la Declaración de Filadelfia: (We the people… Nosotros el Pueblo de la Provincia de Tejas).
A 250 años la gran potencia interviene militarmente en otros países, hace la guerra, ejerce presiones económicas, secuestra a un jefe de Estado como si no existiera el Derecho Internacional; ejerce una política exterior agresiva, prepotente, poco respetuosa de las reglas de convivencia que el mundo se ha dado. A pesar de su enorme poderío el prestigio internacional de Estados Unidos está extraviado porque perdió su autoridad moral.
La fortaleza de Estados Unidos había sido la congruencia de su actuación con los principios de su fundación inscritos en su Declaración de Independencia. A doscientos cincuenta años de distancia, la mejor celebración no consiste en recordar un pasado glorioso, sino en preguntar si aquellos ideales siguen guiando las decisiones del presente.
Este es el desafío de Estados Unidos en su aniversario 250: demostrar que la libertad, la igualdad ante la ley y el respeto a las demás naciones siguen siendo el fundamento de su grandeza.
Profesor de la Facultad de Derecho, UNAM

