El fin de Romero Deschamps, ¿y de la corrupción en Pemex?

16/10/2019
16:40
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Ni el cáncer de colon que padeció ni otras enfermedades crónicas lograron sacar a Carlos Romero Deschamps del sindicato petrolero durante 26 años en los que ejerció el poder a plenitud. Fue la indiferencia del presidente Andrés Manuel López Obrador y la recomendación (forzada) de sus amigos del gabinete y políticos de Morena lo que terminó por expulsarlo de Pemex y de la vida pública. 

Carlos Romero Deschamps pasó sus últimos días como líder del sindicato de Pemex agradeciendo a sus más cercanos por todo el trabajo hecho en la última década y media y, sobre todo, por su lealtad, sin la cual no se habría podido mantener tanto tiempo al frente del sindicato. 

También se tomó tiempo para hablar, en privado, con cada uno de los políticos, abogados y empresarios a los que considera amigos y con los que hizo grandes negocios. Uno de ellos era Juan Collado, el prominente penalista caído en desgracia hace dos meses cuando salía del restaurante Morton’s de las Lomas, precisamente con Carlos Romero Deschamps. 

Acostumbrado a tratar con presidentes y políticos de alto rango, Romero Deschamps se sentía impotente en la Cuarta Transformación. Nunca fue invitado a un evento formal de Pemex y los gritos que lo alababan cada que se aparecía en uno, se ahogaron. Los ahogó el nuevo gobierno para quien el líder petrolero era un personaje incómodo, que había sido calificado como ‘corrupto’ e integrante de la ‘mafia del poder’ por parte de Andrés Manuel López Obrador. 

Aunque se protegió ante amparos en contra de él y de su familia, Romero Deschamps en realidad no teme un aprehensión: entendió que su presencia al frente del sindicato era el último terreno a conquistar por parte del Presidente para llevar a cabo la ‘transformación’ de la empresa petrolera, “el principal activo que tiene el país” (Arturo Herrera dixit). 

Y fue así que preparó hace dos meses su salida formal del sindicato petrolero. Las disidencias al interior también hicieron inviable su permanencia. Pese a todo, se reeligió a por un periodo de cinco años (2019-2024), como muestra del gran poder que aún tiene en la organización, pero sacó la bandera blanca y siguió la recomendación de sus amigos, entre ellos la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero. 

Debe ser un duro golpe para Romero Deschamps, a quien ni el Pemexgate, ni la reforma energética, ni la renegociación de las pensiones y jubilaciones de Pemex (Pemexproa) lograron restarle fuerza a su movimiento. Ninguno de estos temas fueron capaces de sacudirlo por completo. 

Al revés, es uno de los políticos y líderes sindicales que se mueve con más soltura entre los restaurantes de lujo de la Ciudad de México. Ya sea en el The Palm o la Buena Barra en Polanco, o bien la cantina Cuchilleros, a una calle de la sede del Senado de la República, el tamaulipeco de 72 años se deja ver sin recato. Aprovecha las comidas para recibir ‘invitados’; escucha propuestas y gira instrucciones a sus subalternos. Gesticula con las manos mientras habla, suelta dos o tres vituperios por cada oración y suele combinar su comida con tragos de vino tinto y whisky mezclado con agua mineral.

Antes de sentarse a la mesa, sus subordinados piden a los ‘invitados’ apagar sus teléfonos celulares y guardarlos en sus bolsillos. Y entonces sí, el líder petrolero, quien por más de 18 años ha estado al frente de los trabajadores de la empresa más grande de México, está dispuesto a hablar de negocios. 

“No soy el Diablo”, le dijo Romero Deschamps a El Sol de México a finales de enero. “No tengo miedo”, lanzó luego de que el reportero Enrique Hernández le preguntó sobre las denuncias presentadas en su contra por presuntamente participar en el robo de combustible en los ductos de Pemex. “Después van a decir que quiero matar a Jesucristo”, agregó mientras comía tranquilamente en un restaurante del centro de la Ciudad de México. 

Pero sus extravagancias, como viajar comúnmente a Las Vegas a apostar cientos o miles de dólares, los viajes en jets privados junto a su hija, quien presume bolsas Louis Vuitton de 40 mil pesos y degusta vinos Vega Sicilia de más de 10 mil pesos por botella; los Ferrari Enzo de 3 millones de dólares o el Lamborghini Aventador de su hijo José Carlos; los departamentos de 2.5 millones de dólares en Estados Unidos, los yates con nombres estrafalarios: El Indomable, el Guly y el Güero y más excentricidades simplemente no cabían en la Cuarta Transformación. 

Y llegó el fin de Romero Deschamps. El fin de un era. ¿Será el fin de la corrupción, la impunidad, el influyentismo y la opacidad en el sindicato? 
Esa es la prueba de fuego para Andrés Manuel López Obrador. 

@MarioMal

 

Mario Maldonado es periodista de formación. Se graduó de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y se ha especializado en asuntos de negocios, finanzas y economía en instituciones de México...

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