Tengo el ligero presentimiento de que el Mundial de futbol 2026 a realizarse en EU, Canadá y México no será sólo un evento deportivo más, sino un acontecimiento político, ideológico y, quizá, hasta bélico, teniendo como marco de referencia los bombardeos que EU sigue lanzando a Irán.

Si bien, lo tradicional ha sido siempre separar el futbol de la política, el propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, con muy poca sensibilidad, mezcló ambos ámbitos al otorgar el inexistente Premio de la Paz al presidente Trump, el pasado 5 de diciembre, por sus “acciones excepcionales y extraordinarias” para promover la paz y la unidad a nivel Mundial. Me imagino como se sentirían muchos países al oír tales falacias.

No contento con eso, Infantino dijo, a solo un día de iniciar la competencia, que ésta será la justa más inclusiva, tan solo por el hecho de albergar a 48 selecciones, en lugar de las 32, pero sin referirse a la negativa de EU a recibir a los Iraníes en su territorio, tan sólo por provenir de un país enemigo. Tampoco contestó las críticas sobre éste, que será el Mundial más caro de la historia, en términos de entradas, hospedajes y transporte. Para rematar, indicó que el futbol hará olvidar los problemas de la gente por un rato y que, sin Trump, eso no hubiera sido posible.

Me parece que Infantino no sólo ha mezclado el futbol con la política, sino que ahora va trumpiando por la vida, al crear su propia realidad, sin escuchar críticas, ni conversar con los medios en más de tres años. Si bien su español es fluido, su razonamiento es puramente hueco, al privilegiar las enormes ganancias por sobre las cuestiones futbolísticas y sociales. El Mundial -en mi opinión- no dejará nada bueno para ningún país organizador, ni sus sociedades, aunque sí para las empresas participantes. Y ya vimos el primer avance hoy: los primeros comerciales a la mitad de cada tiempo.

Si la idea original era que los tres países organizaran conjuntamente este Mundial de futbol, como muestra de la amistad de los pueblos, las buenas relaciones entre los gobiernos y la nueva relación de socios comerciales, la llegada de Trump al poder, en enero de 2025, y sus locuras de gobierno, han alterado tales propósitos, si consideramos las ofensas, chantajes y amenazas que el magnate ha lanzado a sus socios, que más parecen provenir de un enemigo.

En el caso de Canadá, Trump no sólo ha practicado, intensificado y vulgarizado un acoso histórico contra ese país, al que considera que el desarrollo logrado ha sido gracias a la vecindad de EU, en virtud de que sus principales ciudades se hayan pegadas a la frontera común. Ello tiene sentido para entender la propuesta indecorosa de Trump de convertirse en el estado 51 de la Unión.

Más graves han sido las amenazas y chantajes que Trump ha realizado a México, que un día impone aranceles, otro los quita; un día amenaza con invadir, al otro reconoce los esfuerzos de la presidenta Claudia; un día cierra la frontera y al otro la militariza y al siguiente la maldice como la causa de todos sus males. Un día detiene cargas de fentanilo, al otro sus empresas farmacéuticas lo recetan a millones de enfermos; un día odia las drogas, otro se da cuenta que en cerca de 40 estados de la unión las han legalizado para uso recreativo. A pesar de todo eso, México ha mantenido una actitud digna, donde el centro de su defensa hacia el imperio ha sido la soberanía, esa señora orgullosa y altiva que se niega una y otra vez a ser ultrajada.

Sin embargo, el caso de EU me parece el más delicado de los tres, ya que el ambiente interno es más que polarizante, tirando al odio racista y el clasismo que profesan los republicanos, MAGA y Trump hacia las minorías raciales, especialmente latinos y afroamericanos. Paradójicamente, serán los latinos y, en menor medida los afroamericanos, los que abarrotarán los estadios, si consideramos que la mayoría de las once sedes son estados con alta concentración de migrantes, sin contar a los visitantes de todo el mundo, que se convertirán en migrantes temporales. Otra vez la migración siendo factor determinante en EU, pues no hay que olvidar que otra aportación de los latinos ha sido y es el futbol; por ellos existe ese deporte en ese país y, por ende, se realiza el Mundial del 2026.

Y precisamente ahí está el mayor reto de EU para el Mundial: con tantos enemigos como ha creado Trump a lo interno y por el mundo, por sus amenazas, guerras y chantajes, ¿cómo evitar el ingreso de sospechosos terroristas? Es más, ¿qué hacer con los enemigos que ya viven dentro de su territorio? ¿cómo evitar las protestas y los disturbios?

Esa será una gran prueba para Trump y sus halcones y para un gobierno que vive sus peores índices de aprobación. En gran medida -y esto no lo sabe Trump-, el Mundial de futbol será también un factor clave con miras a las elecciones intermedias de noviembre, ya que puede aumentar el descontento social que existe en la sociedad estadounidense, donde quizá el grito de batalla sea ahora “No Kings in futbol”.

Así, los tres amigos -Trump, Claudia y Mark- fingirán sonrisas, besos y abrazos en una hipotética ceremonia de inauguración, donde cada uno piensa en cómo ganar la guerra de las patadas: Trump, en caso de llegar a la final, usará soldados disfrazados de futbolistas, bien armados, para destruir a su contrario. Claudia sueña con ganar la copa por primera vez, con una selección con cabeza fría y piernas calientes, que rompan por fin la maldición del quinto partido. Mientras, Mark, vestido de rojo y escudo con la hoja de maple al centro, piensa en una probable final contra Trump y sus halcones, a fin de patearles el trasero.

Que empiece la guerra de las patadas, donde verdes, rojos y azules se darán hasta por debajo de la lengua, especialmente de la lengua de Trump.

Politólogo (UAM) y exdiplomático

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