La digitalización de los pagos es una de las agendas más prometedoras del actual Gobierno. Sus beneficios son particularmente relevantes para México: puede impulsar la productividad, fortalecer la recaudación y mejorar la trazabilidad de las transacciones. Al mismo tiempo, dificulta la informalidad y las actividades ilícitas.

Además, la mesa está puesta para avanzar, pues nuestro país cuenta con dos condiciones estructurales propicias. Por un lado, conectividad móvil prácticamente universal, con 126 millones de conexiones, equivalentes a 97% de la población. Por el otro, una demografía favorable: la edad mediana es de 30 años: casi 70% de las y los mexicanos están en edad productiva. Se trata de una base social con alta capacidad de adopción tecnológica. Además hay avances importantes en inclusión financiera: 76.5% de los adultos tiene al menos un producto financiero.

Estas cifras que menciono, y las subsecuentes, provienen de las Encuestas Nacionales del INEGI: la de Inclusión Financiera (ENIF) 2024, la de Financiamiento de las Empresas (ENAFIN) 2024 y la de Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2024.

Pese a los avances, aún no hay un uso cotidiano de pagos digitales. La brecha es clara: aunque 63% de los adultos tiene cuenta de ahorro, solo 21% utiliza tarjetas físicas y apenas 9% realiza transferencias electrónicas. Todavía nueve de cada 10 personas realizan pagos en efectivo. En resumen, el efectivo sigue dominando y por mucho.

El usuario no tiene por qué adaptarse al sistema, sino al revés

El problema no es tecnológico, sino de adopción. México ha expandido el acceso, pero no ha logrado que los pagos digitales sean más convenientes que el efectivo. La experiencia internacional muestra que la adopción masiva depende de sistemas interoperables, instantáneos, de bajo costo para negocios y usuarios, fáciles de usar, y que estén acompañados de una agenda de políticas públicas activa por parte del Gobierno para coordinar, habilitar, impulsar y castigar cuando sea necesario.

Una de nuestras principales áreas de oportunidad radica en la falta de interoperabilidad entre soluciones tecnológicas. Hoy, el sistema de pagos digitales en México funciona como un conjunto de “islas” desconectadas. Aunque es posible transferir entre bancos, la experiencia es fragmentada. Además, no todas las aplicaciones se usan de la misma forma. Por ejemplo, el sistema CoDi no es universalmente aceptado y solamente un 46% de los comercios tiene terminal punto de venta bancarizada.

Si consideramos que muchos comercios siguen prefiriendo efectivo por costos o riesgos, el resultado es una experiencia compleja para el usuario, que debe navegar entre múltiples herramientas sin garantía de aceptación. Es decir, frecuentemente tiene que volver al efectivo. La prioridad debe ser invertir esa lógica: no que el usuario se adapte al sistema, sino que el sistema se integre para ofrecer pagos simples, instantáneos y universales.

Las transferencias sociales que otorga el Gobierno representan otra gran oportunidad. Aunque decenas de millones de personas reciben apoyos mediante cuentas, la mayoría retira el dinero en efectivo. El reto ya no es la dispersión, sino lograr que esos recursos se utilicen digitalmente.

¿Qué se necesita para avanzar hacia la digitalización?

Para cerrar esta brecha se requiere una estrategia clara que reduzca los costos de aceptación para comercios a la vez que incentive fiscalmente el uso de pagos digitales, que fortalezca la confianza ante fraudes y, finalmente, que asegure la interoperabilidad del sistema.

Reducir el uso del efectivo va más allá de un cambio tecnológico: es una transformación económica e institucional. México tiene hoy una oportunidad única: la infraestructura existe, la población está lista y los beneficios son evidentes. Lo que falta es alinear los incentivos y tomar decisiones que aceleren el cambio.

En México Evalúa ya tenemos puesto el foco en este tema. Por eso, próximamente presentaremos un estudio con propuestas concretas para avanzar hacia un sistema de pagos más inclusivo, eficiente y seguro.

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