Hay críticas que fortalecen la democracia. Hay cuestionamientos necesarios. Hay señalamientos legítimos. Quien participa en la vida pública debe estar dispuesto a rendir cuentas, defender sus ideas, explicar sus decisiones y responder por su trabajo.

Eso no sólo es válido, es indispensable.

Pero una cosa es criticar el trabajo de una mujer y otra muy distinta es intentar borrarla.

Porque eso es lo que muchas veces ocurre cuando, en lugar de llamar a una mujer por su nombre, se le reduce a un parentesco. Cuando no se habla de sus ideas, de su agenda, de su trayectoria, de sus causas o de su responsabilidad pública, sino que se le presenta únicamente como “la hija de”.

No es casual. No es inocente. No es un descuido.

Es una forma de descalificación.

A muchos hombres en la vida pública se les reconoce nombre, cargo, voz, trayectoria y decisiones propias. A muchas mujeres, en cambio, todavía se nos intenta explicar a partir de alguien más. Del padre. Del esposo. Del hermano. Del apellido. De la familia. Como si nuestra identidad pública no pudiera existir por sí misma.

Y ahí está el fondo del problema.

No se trata de negar de dónde venimos. No se trata de renunciar a nuestra historia ni a nuestra familia. Se trata de exigir algo básico: que se nos nombre por quienes somos y se nos critique por lo que hacemos.

Porque cuando a una mujer se le niega el nombre, también se le intenta negar la voz.

Cuando se le reduce a “la hija de”, se busca mandar un mensaje: que no tiene mérito propio, que no tiene criterio propio, que no tiene trabajo propio, que no tiene derecho a ocupar un espacio sin ser explicada a partir de un hombre.

Eso no es crítica política. Eso es misoginia disfrazada de análisis.

La misoginia no siempre aparece como insulto directo. A veces aparece como una etiqueta. A veces como una burla. A veces como una nota. A veces como una frase aparentemente simple que busca borrar de golpe años de trabajo, causas, decisiones y convicciones.

Y hay que decirlo con claridad: reducir a una mujer a su apellido también es una forma de violencia política.

Porque no buscan debatir. Buscan disminuir.

No revisan iniciativas. No revisan trabajo territorial. No revisan resultados. No revisan causas. No revisan propuestas. No revisan argumentos.

Prefieren reducirlo todo a una frase cómoda: “la hija de”.

Como si una mujer no pudiera tener pensamiento propio.

Como si una mujer no pudiera construir una trayectoria.

Como si una mujer no pudiera tomar decisiones.

Como si una mujer no pudiera tener una causa.

Como si una mujer no pudiera llamarse por su nombre.

Y no.

Mi nombre es María Teresa Ealy.

Soy Diputada Federal.

Soy abogada penalista.

Soy fundadora de una organización que acompaña a mujeres víctimas de violencia.

Soy una mujer con ideas, convicciones, causas y responsabilidades públicas.

Y sí, también soy hija de mi padre.

Pero no soy sólo eso.

Mi historia no se reduce a un apellido. Mi trabajo no se borra con una etiqueta. Mi voz no se invalida porque a algunos les resulte más cómodo no reconocerme como sujeto político.

Porque ese es el verdadero objetivo: no debatir lo que una mujer dice, sino cuestionar desde dónde se atreve a decirlo.

A las mujeres se nos exige demostrar el doble. Si trabajamos, se minimiza. Si respondemos, se nos acusa de exagerar. Si ponemos límites, se nos llama soberbias. Si defendemos nuestra voz, dicen que no aguantamos la crítica.

A los hombres se les reconoce carácter. A nosotras se nos castiga por tener voz.

A ellos se les concede trayectoria. A nosotras se nos busca dueño.

Esa es la doble vara.

Por eso es importante poner un límite.

Sí, critiquen. Sí, cuestionen. Sí, debatan. Sí, exijan.

Pero háganlo con argumentos.

Si van a cuestionar mi trabajo, cuestionen mi trabajo.

Si van a debatir mis ideas, debatan mis ideas.

Si van a señalar mis decisiones, señalen mis decisiones.

Si van a contrastar mi trayectoria, háganlo con hechos.

Pero no pretendan convertir mi apellido en una sentencia, ni mi parentesco en una forma de anularme.

Porque una democracia seria no necesita menos mujeres con voz. Necesita menos prejuicios en el debate público.

No pedimos inmunidad. No pedimos trato especial. No pedimos que no se nos critique.

Pedimos algo mucho más simple: que se nos nombre, que se nos escuche y que se nos mida con la misma vara.

La crítica fortalece cuando tiene argumentos. El prejuicio empobrece cuando sólo tiene etiquetas.

Y cuando el único recurso para hablar de una mujer es llamarla “la hija de”, lo que queda exhibido no es su falta de mérito. Es la falta de argumentos de quien no puede nombrarla por lo que es.

Porque yo sí tengo nombre.

Y mi nombre es María Teresa Ealy.

Diputada Federal LXVI Legislatura

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