Cada 30 de abril el espacio se llena de colores, sonrisas y mensajes sobre la inocencia de la infancia; subimos nuestras fotos de cuándo teníamos 3 años y la ternura se vuelve inevitable. Pero mientras un día celebramos, millones de niñas viven diario otra experiencia mucho festiva: aprenden a evaluarse frente a una pantalla. En vez de descubrirse con curiosidad, muchas comienzan a mirarse con juicio. En lugar de crecer libres, lo hacen comparándose.

En Ola Violeta nos parece urgente visibilizar esta arista de la infancia y por eso presentamos el reporte “Niñas y redes: espejismo de diversión”. La realidad es que hoy la autoestima infantil “se juega” también en el entorno digital.

No estamos hablando de una preocupación exagerada ni de nostalgia adulta frente a nuevas tecnologías. Hablamos de evidencia. Documentos internos de Meta generados en 2021 revelaron que una de cada tres niñas con problemas de imagen corporal afirmó que Instagram empeora su malestar. La propia empresa conocía el impacto. Sabía que para una parte de sus usuarias menores de edad la plataforma no solo entretiene: erosiona. Cuando una compañía identifica daño emocional en niñas y aun así mantiene el modelo de negocio, la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve ética.

La infancia es el momento en que se construyen los cimientos del autoconcepto: quién soy, cuánto valgo, qué merezco, cómo habito mi cuerpo. Si en esa etapa una niña recibe miles de mensajes que le enseñan que ser bonita importa más que ser valiente o a valorar cuánto pesa en lugar de cómo piensa, la herida puede durar décadas. Lo que parece banal en la pantalla puede convertirse después en ansiedad, vergüenza corporal, silencio y miedo de ocupar espacio.

Los datos del juicio aplicado sobre Meta a finales de enero de 2026 son claros. La defensa de la acusante demostró que en una sola semana de uso entre adolescentes de 13 a 15 años, 39.4% reportó comparaciones negativas que afectaron su estado de ánimo y autopercepción; 21.8% sufrió bullying o exclusión, y 13% recibió insinuaciones sexuales. No son incidentes aislados, son patrones repetidos. Son niñas entrando a plataformas diseñadas para capturar atención justo cuando su identidad todavía se está formando y cuando la aprobación externa puede sentirse como una necesidad vital. El 25 de marzo de 2026, un jurado del Tribunal Superior de Los Ángeles, Estados Unidos, declaró civilmente responsables a Meta y YouTube por daños causados a la salud mental de menores a partir del diseño adictivo de sus plataformas.

Como activista feminista me preocupa una verdad incómoda: las plataformas no inventaron la presión sobre el cuerpo femenino, pero la perfeccionaron y potenciaron. Digitalizaron viejos mandatos patriarcales y los volvieron inmediatos, portátiles y permanentes. Ahora la vigilancia estética viaja en el bolsillo. La comparación entra al dormitorio. La cosificación acompaña el recreo. Y la niña aprende demasiado pronto que su imagen puede ser tratada como asunto público.

No se trata de prohibir internet ni de sembrar pánico moral, sino de asumir responsabilidad colectiva. Necesitamos alfabetización digital desde la primaria, protocolos escolares contra violencia en línea, acompañamiento familiar informado, límites regulatorios al diseño adictivo y obligaciones reales para las plataformas. También es indispensable repetirles a nuestras niñas algo esencial: su valor no cabe en una foto, no depende de un filtro y jamás se mide en likes.

Este 30 de abril no basta con regalar juguetes. Hay que devolver condiciones para una infancia digna. Porque cuando una niña se mira con dureza en lugar de gozar sus primero años, algo de la sociedad se rompió primero. Y eso no es un juego.

@MaElenaEsparza

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