Existe una epidemia no registrada en las noticias de primera plana: la crisis de salud mental de las mujeres. No es invisible por falta de evidencia, sino por exceso de normalización. Deprimirse, angustiarse, agotarse… forma parte de lo que culturalmente se espera que una mujer soporte en silencio.

Los números no mienten. Según el Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones, entre enero y mayo de 2024 –su reporte más reciente– al menos 158 mil personas recibieron atención por ansiedad, en primer lugar con 51.5%, y el segundo lo ocupa la depresión, con 26%. Ambos trastornos afectan el doble a las mujeres que a los hombres, de acuerdo a la OMS.

Reducir esta brecha a la biología sería inexacto y conveniente sólo para algunas narrativas patriarcales que ven lo emocional como exageración o drama. La pregunta importante es ¿qué hay en la cotidianidad de las mujeres que las enferma mentalmente a este nivel? La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021 da una pista: 7 de cada 10 mujeres mexicanas han padecido violencia a lo largo de su vida, la cifra más alta desde que comenzó a medirse en 2006; la violencia psicológica afecta al 51.6% y la sexual, a 49.7%. La conexión con el deterioro mental está documentada.

Un estudio realizado por investigadoras del Instituto Nacional de Salud Pública demostró que las mujeres que viven violencia de pareja tienen 2.9 veces más riesgo de desarrollar depresión y el 82.5% de las mujeres que reportaron violencia física o sexual también refirió tristeza y depresión.

La desigualdad económica es un segundo eje de vulnerabilidad. En México, por cada peso que gana un hombre, la mujer recibe 65 centavos. Esta brecha se nutre de la distribución inequitativa del cuidado: ellas destinan el 66% de sus horas a labores domésticas no remuneradas, mientras que los hombres solo les dedican el 28% (ENUT 2024). El Instituto Mexicano para la Competitividad calculó que este trabajo invisibilizado vale 7.2 billones de pesos anuales, aportados en un 72% por mujeres; son horas que sostienen al país sin retribución. En Ola Violeta AC hemos analizado las implicaciones de esa carga permanente, incluido el “trabajo cognitivo”, que significa anticiparse a las necesidades de los demás, y el “trabajo emocional”, mucho más amplio pues abarca incluso tareas como pedir disculpas cuando no todo sale perfecto.

El sistema de salud responde con escasez: en 2023 había apenas 6.6 psicólogos por cada 100 mil habitantes en instituciones públicas, según informes del IMSS, y más del 80% de quienes padecen trastornos mentales no reciben atención, según la Asociación Psiquiátrica Mexicana. Los datos revelan una violencia estructural en capas: la agresión que lacera la psique, la desigualdad que anula la autonomía, la carga invisible que agota sin reconocimiento.

En el contexto del Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, que se conmemora cada 28 de mayo, pensar en la dimensión mental como un asunto de gestión individual –aprender a respirar conscientemente, cultivar la resiliencia, contar hasta diez– sin atender las determinantes sociales es insuficiente. Se convierte en otra forma de responsabilizar a las mujeres por las expectativas colocadas culturalmente sobre ellas. El cuerpo educado para aguantar todo, tarde o temprano, se quiebra.

La autora preside Ola Violeta A.C., es Doctora en Historia del Pensamiento por la UP y egresada del Programa de Liderazgo de Oxford University.

@MaElenaEsparza

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