Los hallazgos recientes de plomo en sangre en niñas y niños de los CENDI en Nuevo León deben asumirse con la seriedad que merecen. No solo por lo que representan en términos médicos, sino por lo que revelan sobre un reto mayor: la necesidad de fortalecer la capacidad institucional para prevenir, detectar y responder a riesgos ambientales que afectan directamente a la infancia.
De acuerdo con información difundida, en un tamizaje realizado en 1,239 niñas y niños de 13 planteles se encontró que 83 menores (6.7%) tenían más de 5 µg/dL de plomo en sangre —el nivel de acción para proteger a niñas, niños y a mujeres embarazadas o en periodo de lactancia establecido en la NOM-199-SSA1-2000— y 329 con algún nivel detectable de plomo. Conviene precisar que la evidencia internacional, incluyendo los criterios actuales de los CDC, establece que no existe nivel seguro de plomo en la infancia, y que el umbral de referencia para acción clínica se sitúa en 3.5 µg/dL: bajo ese parámetro, la proporción de niños que requiere seguimiento sería considerablemente mayor. Este contexto no cancela los hallazgos; los amplía y fortalece.
Los resultados no ocurren en el vacío. Los casos de mayor concentración se ubican en la zona norponiente de Monterrey y en San Nicolás, donde operan empresas como Zinc Nacional —una recicladora de polvos de acero— y otras plantas industriales con emisiones registradas de metales pesados. Investigaciones previas, entre ellas un estudio publicado por The Guardian y Quinto Elemento Lab, documentaron concentraciones de plomo en polvo 1,760 veces por encima de los límites permitidos en escuelas y hogares de esa zona. Esa información ya estaba disponible; el tamizaje en sangre en los CENDI vuelve aún más urgente investigar con rigor la magnitud y las fuentes de exposición.
Debido a lo anterior, la situación debería obligar a pensar la respuesta con mayor amplitud: el estado no debería enfrentar este reto de manera aislada. La solución tendría que construirse de manera compartida: con autoridades de salud y ambiente, con instituciones académicas, pero también con la participación de todos los actores involucrados, incluyendo el sector privado, que pueden y deben formar parte de los esfuerzos de remediación, reducción del riesgo y protección de la población.
Afortunadamente, se anunció la ampliación del estudio a 5,300 menores, junto con pruebas confirmatorias y evaluación del neurodesarrollo. Ese anuncio es importante y merece reconocerse. Ante un hallazgo de esta naturaleza, ampliar la evaluación, confirmar resultados y ofrecer seguimiento son, sin duda, los pasos correctos y necesarios.
Lo que sigue ahora es aprovechar este esfuerzo para construir una respuesta más robusta. El plomo en la infancia no es únicamente un tema ambiental; es también un asunto de salud pública, de aprendizaje, de desarrollo y de futuro. La evidencia internacional ha sido consistente en que no existe un nivel seguro de exposición al plomo en niñas y niños, y es que incluso a concentraciones bajas en sangre pueden afectar la inteligencia, la conducta, la trayectoria de vida y comprometer el futuro económico de las poblaciones expuestas y del país.
Por lo tanto, este momento puede entenderse no solo como una alerta, sino como una oportunidad para fortalecer capacidades. Confirmar los resultados, investigar las posibles fuentes de exposición, comunicar con claridad a las familias, dar seguimiento clínico y coordinar salud, ambiente, municipios y academia son pasos que pueden darle mayor solidez y mayor utilidad a la respuesta.
Conviene entender, además, que el costo del plomo va mucho más allá del terreno médico. En un artículo publicado por Figueroa y colaboradores en Environmental Research (2024), se estimó que la exposición infantil a plomo tiene un costo estructural para México equivalente a 2.76% del PIB de 2019 —aproximadamente 33,000 millones de dólares— expresado como valor presente de la pérdida de productividad laboral de por vida de los niños actualmente expuestos. En el caso de Nuevo León, el mismo estudio reportó una pérdida equivalente a 1.54% del PIB estatal; al actualizar ese porcentaje con el PIB nominal 2024 del estado, el costo estructural por cohorte se estimaría en aproximadamente 41,552 millones de pesos. Esta cifra no es un gasto anual: representa la acumulación de daño humano y económico que ocurrirá a lo largo de décadas si no se actúa hoy. Proteger a la infancia frente al plomo no solo es una obligación sanitaria y ética; también es una decisión estratégica para el desarrollo del estado y del país.
En este sentido, Nuevo León tiene, en este momento, una oportunidad y un reto sumamente importantes. Podría aprovechar este hallazgo para iniciar un programa de salud ambiental que dé respuesta estatal seria, basada en evidencia, con seguimiento clínico, evaluación ambiental y mejor coordinación entre salud, ambiente, academia, organizaciones sociales y las comunidades afectadas. En este sentido, el momento es especialmente pertinente porque, en paralelo, desde la Secretaría de Salud federal se han puesto en marcha espacios de gobernanza en salud ambiental de la infancia, en articulación con áreas clave del sector y con acompañamiento técnico de UNICEF. En ese contexto, es importante que Nuevo León avance en el diseño de una agenda más amplia de fortalecimiento institucional.
El momento también es especialmente pertinente porque el Plan Nacional de Desarrollo 2025–2030 ya reconoce como prioridad fortalecer programas específicos en salud, nutrición y desarrollo para la primera infancia, niñez y adolescencia. En ese marco, una respuesta sólida frente al plomo en sangre infantil en Nuevo León no sería un esfuerzo aislado, sino una expresión concreta de una prioridad pública nacional. Casos como éste también obligan a mirar hacia adelante: en el futuro, México tendría que avanzar de manera gradual hacia ofrecer pruebas preventivas de plomo en sangre en el embarazo y en niñas y niños, sobre todo en zonas de mayor riesgo, para detectar el problema antes de que deje secuelas. Sin perder de vista que la infancia debe seguir siendo la prioridad, tampoco habría que olvidar a otros grupos especialmente vulnerables, como las personas con diabetes o enfermedad cardiovascular, para quienes la exposición a plomo también puede tener consecuencias importantes.
No es la primera vez que este espacio documenta el problema. En julio de 2025, en esta misma columna, describimos la situación alrededor de Zinc Nacional y señalamos la urgencia de pasar de los registros ambientales a la respuesta clínica. Lo que hoy ocurre en los CENDI confirma esa lectura: el daño ambiental ya estaba; lo que faltaba era medirlo en las niñas y niños. La buena noticia es que el modelo de respuesta también existe: hay metodología documentada para pasar de la detección a la identificación de fuentes, de la fuente a la intervención, y de la intervención al seguimiento clínico estructurado. Ese trayecto —detección → fuente → intervención → seguimiento— es precisamente lo que diferencia una alerta de un programa. Nuevo León tiene la capacidad institucional, académica y financiera para realizarlo.
Si el estado logra convertir este hallazgo en una estrategia bien estructurada de detección, seguimiento del desarrollo infantil, investigación ambiental y comunicación clara con las familias, podría sentar un precedente positivo para otras entidades del país y para América Latina. Ese sería quizá el mejor resultado posible: no solo atender un problema puntual, sino transformar un hallazgo preocupante en una respuesta pública moderna, preventiva y replicable que atienda una de las deudas históricas que se tienen con nuestra infancia.
La infancia necesita precisamente eso: instituciones que detecten a tiempo, respondan con evidencia y reduzcan riesgos antes de que el daño se acumule y se vuelva irreversible. El momento exige algo muy concreto: convertir la preocupación en acción, la evidencia en política pública y la detección en protección real para la infancia. Es momento de empezar a saldar una deuda histórica con las niñas, los niños y los adolescentes de nuestro país.
Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard
Consultor en Epidemiología Ambiental y Salud Pública.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

