Durante décadas hemos pensado la salud como algo que ocurre principalmente en hospitales, consultorios, laboratorios y farmacias. Hablamos de diagnósticos, tratamientos, medicamentos, cirugías, vacunas y consultas. Todo eso es indispensable. Pero hay una parte de la salud que empieza mucho antes de que una persona llegue al sistema médico: empieza en el aire que respira, en el agua que toma, en los alimentos que consume, en los recipientes donde se prepara la comida, en el calor que soporta, en la vivienda que habita, en los químicos y productos de uso diario que forman parte de su vida cotidiana.

Esa parte se llama salud ambiental. Y México necesita ponerla en el centro de su agenda pública.

Tenemos que dejar de confundir atención médica con cuidado de la salud. Hoy, la medicina trata enfermedades; la salud pública debe evitar que muchas de ellas se produzcan. Y pocas agendas son tan preventivas como la salud ambiental.

No se trata de una preocupación abstracta ni de una moda. La salud ambiental define, desde etapas muy tempranas de la vida, riesgos que pueden acompañar a una persona durante años. Una niña o un niño no solo necesita vacunas, buena alimentación, acceso a servicios médicos, deportivos y de educación. También necesita respirar aire limpio, tomar agua segura, vivir en un entorno menos tóxico, protegerse del calor extremo y crecer en espacios donde la prevención no dependa únicamente de la información o del dinero de su familia.

El problema es que muchos de los riesgos ambientales más importantes son invisibles. No siempre tienen olor, color o sabor. No siempre causan síntomas inmediatos. El plomo puede estar en ciertos utensilios o recipientes; la contaminación del aire puede afectar el desarrollo respiratorio y cardiovascular; el calor extremo puede poner en riesgo a niñas, niños pequeños, personas embarazadas y adultos mayores; y diversos tóxicos pueden estar presentes en productos de uso diario que solemos asumir como seguros: cremas para la piel, shampoos, maquillajes, fragancias, envases, agua, polvo o alimentos. Incluso cuando están dirigidos a bebés, niñas o niños, los productos pueden ser un peligro para su salud.

Por eso la salud ambiental no puede seguir siendo un tema secundario. Debe convertirse en una columna central de la medicina preventiva.

México ha avanzado en muchas áreas de salud pública, pero todavía tiene una deuda importante: convertir la protección ambiental de la salud en una política cotidiana, medible y comprensible para la población. No basta con tener normas si no sabemos quién se está exponiendo. No basta con advertir riesgos si no existen alternativas viables. No basta con pedir a las familias que se cuiden si no se modifican las condiciones que producen la exposición. No basta con saber, hay que intervenir, pasar a la acción y atender la fuente del problema.

La salud ambiental exige una pregunta incómoda: ¿cuántas enfermedades estamos tratando tarde porque no prevenimos a tiempo las exposiciones que las favorecen?

Esa pregunta debería estar en la sobremesa familiar, en la consulta pediátrica, en las escuelas de medicina, en las secretarías de salud, en los congresos, en los medios de comunicación y en las decisiones de presupuesto. Porque el ambiente no es un escenario pasivo donde ocurre la vida. El ambiente también enferma o protege.

La salud ambiental no debe verse como un obstáculo al desarrollo, sino como uno de sus activos más importantes. Prevenir exposiciones reduce costos sanitarios, mejora la productividad, impulsa innovación, fortalece la confianza pública y eleva la calidad de vida. Para el Estado, para las empresas y para las familias, cuidar del ambiente que afecta la salud no es un lujo: es una inversión.

Una agenda nacional de salud ambiental debería empezar por las poblaciones más vulnerables: niñas, niños, personas embarazadas y comunidades que enfrentan mayor desigualdad. No todas las familias tienen la misma capacidad de elegir dónde vivir, qué agua tomar, qué utensilios usar, cómo protegerse del calor o cómo reducir la exposición a contaminantes. Por eso, la prevención ambiental no puede ser un privilegio individual; debe ser una responsabilidad pública.

México necesita, al menos, seis cambios.

Primero, medir mejor. Lo que no se mide no se ve, y lo que no se ve no se atiende. Necesitamos más vigilancia, biomonitoreo, datos locales y sistemas que permitan identificar exposiciones relevantes en niñas, niños y personas embarazadas.

Segundo, traducir la evidencia en acciones claras. La población no necesita mensajes alarmistas ni explicaciones incomprensibles. Necesita orientación práctica, honesta y culturalmente adecuada: qué riesgos importan, qué puede hacerse en casa, cuándo buscar atención y qué corresponde resolver a las autoridades.

Tercero, integrar la salud ambiental a la atención médica. Pediatras, neonatólogos, gineco-obstetras, médicos familiares, enfermeras y personal de primer nivel deberían contar con herramientas simples para identificar riesgos ambientales frecuentes. Preguntar por el ambiente también es cuidar la salud.

Cuarto, regular y prevenir con sentido de justicia. No podemos pedir cambios individuales cuando los riesgos tienen raíces estructurales. Aire limpio, agua segura, alimentos sin contaminantes, viviendas menos expuestas al calor y productos más seguros no deberían depender solo del ingreso, la escolaridad o el código postal.

Quinto, involucrar responsablemente a la industria y a la iniciativa privada. La salud ambiental no puede descansar solo en las familias ni en el gobierno. Quienes producen, distribuyen, venden, construyen o transforman también tienen responsabilidad. Cumplir la norma debe ser el piso, no el techo: una empresa responsable no espera a que el daño ocurra para empezar a prevenirlo.

Sexto, construir una alianza real entre gobierno, industria, academia, sociedad civil, medios y comunidades. La salud ambiental no se resuelve desde un solo escritorio. Requiere regulación, vigilancia, investigación, comunicación pública, sustitución de materiales peligrosos, mejores prácticas industriales y participación ciudadana. Aunque el código postal influye profundamente en el riesgo, los contaminantes no reconocen bardas, colonias ni fronteras sociales. Lo que se libera al aire, al agua o al suelo puede viajar, acumularse y regresar a la vida cotidiana de todos, incluso de quienes creen estar lejos del problema.

La salud ambiental obliga a mirar la salud de otra manera. Nos recuerda que una enfermedad no empieza necesariamente el día del diagnóstico. A veces empieza mucho antes: en una exposición acumulada, en una omisión regulatoria, en una mala comunicación de riesgo, en una ciudad que no protege del calor, en una fuente de contaminación que nunca se midió o en una infancia que creció rodeada de riesgos normalizados.

La medicina del siglo XXI no puede limitarse a tratar enfermedades cuando ya ocurrieron. Tiene que anticiparse. Tiene que mirar el entorno. Tiene que preguntarse qué estamos respirando, bebiendo, comiendo, usando y permitiendo.

La salud ambiental es la medicina preventiva del siglo XXI porque nos obliga a dejar de producir enfermedad desde el ambiente.

México necesita hablar de esto. En serio, con evidencia, sin pánico y con responsabilidad pública. Porque la salud ambiental no es un tema del futuro: es una condición para vivir mejor hoy. Esta conversación apenas empieza.

Doctor en Toxicología por el CINVESTAV-IPN y Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard

Consultor en Epidemiología Ambiental y Salud Pública.

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