Los plaguicidas no se quedan en el campo, en la parcela, en el invernadero o en el jardín. Pueden viajar por el aire, contaminar el agua, permanecer en el suelo, estar en la ropa de trabajo o quedar como residuos en frutas y verduras. Muchas veces no los vemos, no los olemos y no los medimos. Pero eso no significa que no estén ahí.
Un nuevo reporte de UNICEF, Underestimated and Overlooked: The silent impact of pesticides on children, pone sobre la mesa una realidad incómoda: la exposición infantil a plaguicidas ha sido subestimada y muchas de sus consecuencias han sido pasadas por alto. No porque el problema sea pequeño, sino porque durante décadas hemos usado y normalizado estas sustancias sin poner realmente a niñas y niños en el centro de la discusión.
El reporte señala que el uso agrícola mundial de plaguicidas se ha duplicado desde 1990. En 2022 alcanzó 3.7 millones de toneladas de ingredientes activos. También estima que 490 millones de niñas, niños y adolescentes podrían estar potencialmente expuestos a plaguicidas por vivir cerca de zonas agrícolas. De ellos, 124 millones serían menores de cinco años. Además, 83.4 millones de niñas y niños que trabajan en agricultura probablemente están expuestos por aplicación directa o por realizar diferentes actividades agrícolas.
Estas cifras no deberían leerse solo como estadísticas globales. Deberían obligarnos a cuestionar cómo usamos, regulamos y normalizamos estas sustancias. No basta con que un plaguicida sea útil para proteger cultivos o controlar plagas. La pregunta de salud pública debería ser: ¿qué pasa cuando esas sustancias llegan al cuerpo de un feto, un bebé, una niña que gatea, un niño que vive cerca de un campo agrícola o un adolescente que trabaja en la cosecha?
Las niñas y niños son más vulnerables que los adultos. Por kilo de peso, niñas y niños comen más, beben más agua y respiran más aire que los adultos. Sus órganos están en desarrollo. Su cerebro, su sistema hormonal e inmune, y su aparato reproductivo atraviesan ventanas críticas de formación. Además, tienen comportamientos propios de la edad: gatean, juegan en el suelo, se llevan las manos y objetos a la boca, y dependen de los adultos para reconocer peligros.
La exposición puede iniciar desde el embarazo y algunos plaguicidas pueden atravesar la placenta. Después del nacimiento, las vías se multiplican: alimentos con residuos, agua contaminada, fumigaciones cercanas, polvo en casa, ropa de trabajo agrícola, envases mal almacenados, productos usados en jardines, escuelas, viviendas o campañas de control de vectores.
El reporte de UNICEF resume evidencia que vincula la exposición a plaguicidas con intoxicaciones agudas, alteraciones del neurodesarrollo, problemas respiratorios, alteraciones hormonales, efectos inmunológicos, defectos al nacimiento y ciertos tipos de cáncer infantil, en especial leucemia y tumores cerebrales. También menciona neuroblastoma y linfoma en algunos escenarios de exposición prenatal, residencial o agrícola. No todos los plaguicidas tienen la misma toxicidad ni todas las exposiciones tienen la misma magnitud. Pero el mensaje preventivo es claro: cuando hablamos de sustancias diseñadas para controlar organismos considerados plagas, la protección debe ser mayor durante el embarazo y la infancia.
Uno de los conceptos más poderosos del reporte es el ejemplo del iceberg. Por encima de la superficie vemos los casos más evidentes: intoxicaciones agudas, hospitalizaciones y muertes registradas. UNICEF reporta alrededor de 375 muertes infantiles al año por intoxicación con plaguicidas, pero advierte que la cifra real probablemente es mayor porque muchos países no cuentan con sistemas adecuados de registro, vigilancia o atención toxicológica.
Debajo de la superficie está lo más difícil de ver: exposiciones crónicas, repetidas, de baja dosis, mezcladas con otros contaminantes y presentes en la vida diaria. En algunos estudios de biomonitoreo, 80 a 90% de niñas y niños tenían plaguicidas detectables en su cuerpo. Y aunque no existe un conteo global preciso de cuántas niñas y niños desarrollan daños por estas exposiciones, el reporte reúne evidencia sobre retrasos cognitivos, problemas conductuales, asma, menor función pulmonar, alteraciones hormonales que pueden afectar crecimiento, tiroides, metabolismo y salud reproductiva, además de ciertos tipos de cáncer infantil. Lo cual resalta que lo invisible no es menor; simplemente no lo estamos midiendo o reportando correctamente.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a pedirle a las familias que “se cuiden más”. UNICEF plantea medidas estructurales: fortalecer normas que consideren la vulnerabilidad infantil, eliminar progresivamente los plaguicidas altamente peligrosos cuando existan alternativas más seguras, reducir el trabajo infantil agrícola, promover manejo integrado de plagas, establecer zonas libres de plaguicidas alrededor de escuelas y viviendas, mejorar el monitoreo ambiental, capacitar al personal de salud y crear o fortalecer centros para el control de intoxicaciones.
En México, además, el problema no es solo qué se aplica en el campo, sino qué se permite vender, qué se logra vigilar y qué termina comprando un productor que necesita salvar su cosecha. Se ha documentado el uso de plaguicidas altamente peligrosos que están prohibidos o no autorizados en otros países, así como un mercado ilegal de productos sin registro, adulterados, falsificados o de contrabando. Esa combinación —brechas regulatorias, fiscalización insuficiente, presión económica y falta de alternativas accesibles— puede convertir al agricultor en el último eslabón de una cadena de riesgo que empezó mucho antes: en la autorización, importación, distribución y venta de sustancias peligrosas.
También hace falta algo muy concreto: información oficial, clara y confiable para la población. En tiempos de desinformación, los vacíos de comunicación se llenan rápido con mitos, recomendaciones peligrosas o mensajes extremos. Algunas personas pueden terminar usando cloro, jabones o detergentes directamente sobre frutas y verduras; otras pueden pensar que lo mejor es dejar de comerlas. Ambas respuestas son equivocadas. Comer frutas y verduras sigue siendo fundamental para la salud. Lo que necesitamos es reducir riesgos, no generar miedo.
Por eso, una acción necesaria sería desarrollar materiales oficiales de comunicación de riesgo desde la Secretaría de Salud, en coordinación con autoridades agrícolas, ambientales y sanitarias. Infografías, carteles, volantes, videos cortos y guías para personal de salud podrían explicar, con lenguaje sencillo, cómo prevenir la exposición infantil a plaguicidas: cómo lavar frutas y verduras, por qué no usar jabón o detergente, por qué nunca reutilizar envases de plaguicidas, cómo evitar que la ropa de trabajo agrícola lleve residuos al hogar, qué hacer ante una intoxicación y cuándo buscar atención médica. La gente necesita información precisa, respaldada y útil, no mensajes alarmistas ni recomendaciones imposibles de seguir.
Pero también hay una pregunta concreta que muchas familias se hacen todos los días: ¿qué puedo hacer en mi casa, especialmente si no puedo comprar productos orgánicos?
Aquí vale la pena complementar el reporte con una recomendación práctica desde la salud ambiental. La respuesta no es dejar de comer frutas y verduras. Al contrario: siguen siendo esenciales para una dieta saludable. Pero sí podemos reducir parte de la exposición a residuos superficiales de plaguicidas con medidas sencillas.
Lavar frutas y verduras con agua corriente ayuda. Sin embargo, algunos estudios han encontrado que remojar ciertos productos en agua con bicarbonato de sodio durante 10 a 15 minutos, seguido de un buen enjuague con agua limpia, puede reducir más los residuos superficiales de los plaguicidas que el agua sola. Una forma práctica es usar una cucharadita de bicarbonato en aproximadamente dos tazas de agua, remojar los alimentos, retirarlos y después enjuagarlos bien bajo el chorro de agua.
Esto no es una solución perfecta. Algunos plaguicidas no se quedan en la superficie: la planta los absorbe y quedan dentro del alimento. Esos no se eliminan por completo con ningún lavado. La eficacia también depende del tipo de alimento, del plaguicida utilizado, del tiempo transcurrido desde la aplicación y de si el residuo está en la cáscara o dentro del producto. En algunos casos, pelar puede reducir más residuos, aunque también puede eliminar fibra y compuestos benéficos presentes en la cáscara.
También conviene decir lo que no debe hacerse: no lavar frutas y verduras con jabón, detergentes o cloro. Estos productos, No están hechos para comerse y pueden dejar residuos en los alimentos. La idea no es cambiar un residuo químico por otro. Agua limpia, remojo razonable con bicarbonato y enjuague final son medidas sencillas que pueden llevarse a cabo en el hogar.
Hay otra regla básica que no debería romperse: nunca reutilizar envases de plaguicidas para transportar agua, guardar alimentos o almacenar productos dentro de casa. Un recipiente que contuvo una sustancia para matar plagas no debe volver a usarse para nada relacionado con comida, agua o uso doméstico.
Estas recomendaciones importan porque decir “compre orgánico” no alcanza. Para muchas familias, los productos orgánicos son caros, escasos o inaccesibles. La salud ambiental no puede depender solo del poder adquisitivo. Si únicamente quienes pueden pagar alimentos orgánicos reducen su exposición, entonces el problema deja de ser una elección individual y se convierte en otra forma de desigualdad.
También hay una paradoja que merece atención. Durante años hemos recomendado comer más frutas y verduras, y esa recomendación sigue siendo correcta. Pero cada vez hay más interés científico en entender si los residuos de plaguicidas podrían atenuar parte de los beneficios esperados de esos alimentos. Algunos estudios sugieren que las frutas y verduras con menor carga de residuos se asocian con mayores beneficios en salud que aquellas con mayor carga. Esta evidencia debe interpretarse con cautela, pero abre una conversación necesaria: no basta con promover una alimentación saludable; también debemos garantizar que esa alimentación sea segura.
México no está fuera de esta discusión. Somos un país agrícola, con comunidades rurales, periurbanas y urbanas donde los plaguicidas se usan en cultivos, viviendas, jardines, escuelas, comercios y programas de control de vectores. También somos un país con profundas desigualdades, donde las familias con menos recursos suelen tener menos capacidad para elegir dónde vivir, qué alimentos comprar, cómo protegerse o a qué servicios de salud acudir.
Mientras avanzan las soluciones estructurales, las familias merecen herramientas prácticas: lavar frutas y verduras, remojarlas con bicarbonato cuando sea posible, enjuagarlas bien, pelar algunos productos cuando sea razonable, evitar jabones, detergentes o cloro, y nunca reutilizar envases de plaguicidas para agua o alimentos. Pero no confundamos una medida doméstica con una solución de fondo.
El reporte de UNICEF nos recuerda que lo invisible no es menor; simplemente está menos medido, menos registrado y menos atendido. Esa es otra deuda pendiente con nuestras niñas y niños: que ninguna niña y ningún niño cargue en su cuerpo el costo de una exposición que pudimos prevenir.
Doctor en Toxicología por el CINVESTAV y Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard
Consultor en Epidemiología Ambiental y Salud Pública.

