Las respuestas a mi reciente columna sobre endometriosis me dejaron una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando el dolor, el cansancio, el insomnio, la ansiedad, los síntomas depresivos o los cambios hormonales acompañan a una mujer hasta su lugar de trabajo?

Con mucha frecuencia, aprende a ocultarlos.

El cuerpo no se queda en casa cuando comienza la jornada laboral. Sin embargo, durante décadas buena parte del mundo del trabajo pareciera haberse organizado alrededor de un trabajador ideal que nunca menstrúa, no se embaraza, no atraviesa el climaterio, no necesita acudir a una consulta y tampoco tiene que cuidar a nadie.

Ese trabajador no existe. Pero muchos horarios, espacios y políticas todavía reflejan esa ficción.

En junio de 2026 había 24.8 millones de mujeres ocupadas en México: aproximadamente cuatro de cada diez personas con empleo. Para muchas de ellas, sin embargo, la jornada no comienza ni termina en el lugar de trabajo.

La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 mostró que las mujeres destinan, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario no remunerado, frente a 18.2 horas de los hombres. Son 21.5 horas adicionales cada semana: más de media jornada laboral completa.

El valor económico de ese trabajo también es enorme. En 2024, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía estimó que las labores domésticas y de cuidados no remuneradas alcanzaron un valor de 8 billones de pesos, equivalente a 23.9% del producto interno bruto. Las mujeres generaron 72.6% de ese valor.

Los promedios no cuentan la historia de cada familia, pero sí revelan una desigualdad estructural: millones de mujeres sostienen simultáneamente el empleo remunerado y una parte desproporcionada de los cuidados.

Por eso, tratar a todas las personas exactamente igual no siempre produce condiciones equitativas. La equidad consiste también en reconocer cargas y barreras diferentes, y en evitar que el trabajo añada rigidez, riesgos o estigmas innecesarios.

Una mujer no deja en la entrada de la oficina la endometriosis, un embarazo, un tratamiento de fertilidad, la recuperación después del parto, los síntomas del climaterio, la ansiedad, las alteraciones del sueño o la responsabilidad de cuidar a otras personas.

Reconocerlo no significa convertir cada etapa de la vida en una enfermedad ni asumir que todas las mujeres necesitan apoyos especiales. Significa diseñar centros de trabajo para personas reales.

Escribo sobre esto no para hablar por las mujeres ni explicarles su propia experiencia, sino porque los hombres también debemos escuchar, aprender y asumir nuestra responsabilidad en transformar los espacios que compartimos.

Desde la salud ambiental existe, además, otro punto ciego: el trabajo también es un ambiente.

Importan el aire que se respira, la ventilación, el calor, el ruido, los productos de limpieza, las sustancias químicas, el acceso al agua, los sanitarios, los equipos de protección y la manera en que se organizan las tareas.

No existe un solo “ambiente laboral de las mujeres”. Una cajera que manipula cientos de tickets, una trabajadora de limpieza que utiliza productos de limpieza concentrados, una agricultora expuesta a plaguicidas, una persona que coloca uñas y que trabaja entre solventes y vapores, y una ejecutiva que pasa el día en una oficina mal ventilada y con aire de mala calidad enfrentan condiciones muy distintas.

Por eso, la prevención no puede consistir en impartir la misma conferencia en todas las empresas. Debe comenzar por conocer el lugar, las tareas y las exposiciones reales.

En 2025, la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia publicó una opinión de comité que reconoce a las exposiciones ambientales como determinantes todavía subestimados de la salud ginecológica y reproductiva. Entre ellas se encuentran la contaminación del aire, algunos metales, los plaguicidas, los compuestos industriales y las sustancias capaces de interferir con las señales hormonales.

Estas últimas, conocidas como disruptores endocrinos, pueden encontrarse en algunos envases y recubrimientos, cosméticos, fragancias, textiles, plásticos, retardantes de flama, plaguicidas y productos utilizados en el hogar o el trabajo. La exposición puede ocurrir a través del aire, los alimentos, el agua o la piel.

No todos los productos contienen las mismas sustancias ni cualquier contacto provoca una enfermedad. La evidencia varía entre compuestos y desenlaces, y padecimientos como la endometriosis, los miomas o la infertilidad tienen múltiples causas.

Pero esa complejidad no debe convertirse en una excusa para ignorar exposiciones prevenibles.

Tampoco sería razonable pedir a cada mujer que se convierta en toxicóloga para protegerse. Las empresas pueden revisar qué productos compran, qué sustancias se utilizan, cómo se ventilan los espacios, qué equipos de protección proporcionan y si existen alternativas más seguras. La prevención ambiental también es una responsabilidad organizacional.

El climaterio permite observar con especial claridad cómo se cruzan la salud, el ambiente, los cuidados y el trabajo.

En 2026, el Fondo de Población de las Naciones Unidas en México y SinReglas presentaron un estudio sobre sus efectos en la participación económica de las mujeres. En una encuesta exploratoria en línea, 67% de las 115 participantes reportó que los síntomas afectaban su trabajo o sus actividades cotidianas.

El propio informe reconoce que se trata de una encuesta exploratoria no representativa; por ello, ese porcentaje no puede extrapolarse a todas las trabajadoras mexicanas. Aun así, los testimonios documentan un problema que merece atención: entre las participantes, muchas evitaban hablar de sus síntomas en el trabajo, en un contexto marcado por la rigidez laboral, la escasa información y la falta de apoyo institucional.

La evidencia internacional apunta en la misma dirección. En un estudio publicado en 2023, investigadores de la Clínica Mayo analizaron las respuestas de 4,440 mujeres con empleo, de entre 45 y 60 años. El 13.4% reportó al menos una consecuencia laboral adversa relacionada con los síntomas de la menopausia. A partir de los días de trabajo perdidos, los investigadores estimaron una carga anual de 1,800 millones de dólares en Estados Unidos.

La cifra no puede extrapolarse directamente a México, pero ayuda a dimensionar un problema que no solo afecta la calidad de vida. También puede influir en el desempeño, los ingresos, la permanencia laboral y la pérdida de talento experimentado.

La salud mental debe formar parte de la misma conversación. La Organización Mundial de la Salud recomienda que las empresas no se limiten a enseñar estrategias individuales para manejar el estrés. También deben intervenir sobre las condiciones que lo generan, capacitar a quienes ocupan puestos directivos y construir ambientes en los que solicitar apoyo no represente un riesgo profesional.

Una plática sobre resiliencia o motivación no compensa una carga laboral imposible.

La orientación psicológica confidencial puede ser valiosa, pero no sustituye los cambios organizacionales. El peor programa corporativo de salud de las mujeres sería aquel que les añadiera otro curso, otra encuesta y una nueva obligación de cuidarse, mientras deja intactas las condiciones que deterioran su bienestar.

Las mujeres no son un nicho del mercado ni una presencia marginal en la fuerza laboral. Son trabajadoras, consumidoras, líderes y tomadoras de decisiones. Las empresas que ignoran su salud no solo perpetúan una desigualdad: están desatendiendo una parte esencial de su talento y de su mercado.

¿Qué pueden hacer las empresas? Cuatro cosas: escuchar, evaluar, actuar y medir.

Escuchar mediante diagnósticos anónimos, sin obligar a nadie a revelar información médica. Evaluar el ambiente físico, las tareas y las exposiciones. Actuar mediante capacitación, rutas confidenciales de orientación y referencia médica, servicios de salud mental, flexibilidad y ajustes razonables que no castiguen el desarrollo profesional. Y medir resultados más allá del número de asistentes a una conferencia.

También es indispensable involucrar a los hombres en las políticas de cuidados. Si la flexibilidad, los permisos y la corresponsabilidad continúan considerándose asuntos exclusivamente femeninos, las empresas refuerzan la misma desigualdad que pretenden reducir.

Las acciones pueden evaluarse mediante indicadores de bienestar, ausentismo, presentismo —estar físicamente en el trabajo sin poder desempeñarse plenamente—, permanencia del talento, percepción del ambiente laboral y cumplimiento de las medidas acordadas.

Un entorno más saludable puede contribuir a reducir ausencias y presentismo, fortalecer la retención de personal y mejorar el compromiso, la productividad y la reputación empresarial. Esos beneficios no aparecen automáticamente ni deben presentarse como un retorno garantizado. Por eso conviene comenzar con diagnósticos sólidos, intervenciones proporcionales y programas piloto que permitan aprender y corregir.

La salud y la calidad de vida de las mujeres son razones suficientes para actuar. Los posibles beneficios económicos fortalecen el argumento, pero no deberían ser la única motivación.

Una empresa no puede resolver por sí sola la endometriosis, la menopausia ni la desigualdad en los cuidados. Pero sí puede decidir si sus horarios, sus espacios, sus sustancias, sus liderazgos y sus políticas agravan estas cargas o ayudan a aliviarlas.

Proteger la salud de las mujeres en el trabajo es prevención, equidad y responsabilidad social. También es una decisión empresarial inteligente.

Doctor en Toxicología por el CINVESTAV y Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard

Consultor en Salud Ambiental y Salud Pública.

Instagram:

Comentarios