La idea de confianza entre dos países va mucho más allá de “llevarse bien”, es un elemento estructural de la política internacional. Sin confianza, incluso los acuerdos formales pierden eficacia. Entre países como México y Estados Unidos al compartir miles de kilómetros de frontera, podría entenderse que la confianza es como la expectativa razonable de que el otro actuará de manera predecible, cooperativa y de buena fe.
Hace ya varios años que la confianza bilateral está erosionada y lastimada por una serie de hechos que han colocado a ambas naciones en disyuntivas complicadas.
El epicentro ha estado concentrado mayormente en la esfera de la seguridad; la política pública de los abrazos en el sexenio pasado no sólo empoderó a las organizaciones criminales en amplios territorios del país sino que fracturó una relación estable que ha ido deteriorándose con el paso de los meses.
La llegada nuevamente de Trump a la Casa Blanca ha desatado un torbellino de tensiones en la región y un escenario sumamente complejo que además abarca la esfera comercial. La estrategia de presión cruzada desde Washington usando los temas de seguridad para influir o condicionar aspectos claves en la relación económica no ha sido necesariamente una política formal única sino un patrón de discurso y negociación.
Desde la designación de los cárteles como organizaciones terroristas, el endurecimiento de la política migratoria y el planteamiento de operaciones unilaterales y más directas contra el narcotráfico han sido punta de lanza para ir apretando a México ya en la ruta de la revisión del T-MEC.
Washington eleva el costo de no cooperar lo suficiente, introduce incertidumbre y traslada conflictos en materia de seguridad al terreno económico. La percepción de que los tres niveles de gobierno en zonas del país están coludidos con el crimen organizado ha dejado de ser un relato de ficción para ser una violenta realidad.
Las continuas señales en el discurso trumpista están diseñadas para amagar al gobierno mexicano en momentos de alta volatilidad geopolítica. La muerte de agentes de la CIA en lo que fue un exitoso operativo en Chihuahua para desmantelar un enorme laboratorio de drogas incrustado en plena Sierra Tarahumara, ha desencadenado reacciones en ambos lados de la frontera descolocando a importantes actores. Los detalles finos no se harán públicos por los mismos protocolos de inteligencia y seguridad.
Lo cierto es que en la presente coyuntura constituye un factor crítico de fricción entre México y Estados Unidos al intensificarse la desconfianza mutua al cuestionar los mecanismos de cooperación en seguridad.
Y cuando la confianza se deteriora las consecuencias no solamente están en el plano diplomático; afectan múltiples niveles. En política, en soberanía, en percepción internacional. Todo ello se vuelve crítico en el punto más sensible en la esfera de seguridad porque la cooperación contra redes trasnacionales depende casi en su totalidad de la confianza.
Y con lo sucedido en Chihuahua se han abierto interrogantes sobre protocolos de actuación, confianza y comunicación bilateral, pero también ha puesto en entredicho la credibilidad institucional de las partes involucradas. Y esto último es pilar fundamental de la certidumbre.
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