La tensión diplomática sube de tono entre México y Estados Unidos. El conflicto y las declaraciones se están volviendo peligrosamente confrontativas justo en la ronda de conversaciones para sacar adelante el T-MEC versión descafeinada que estará sujeto a revisiones periódicas para no soltar la presión hacia el gobierno mexicano.

Las últimas semanas han sido muy desafortunadas para la administración de Sheinbaum donde se ha perdido la cabeza fría y se han abierto frentes simultáneos de crisis que ya son parte de su paisaje caótico.

En medio de una visible inestabilidad emocional se ha perdido la capacidad de juicio y el desorden —sin una clara visión para atajarlo con estrategia— ha provocado desorientación política. La acumulación de tensiones ha derivado en decisiones irracionales; la narrativa de proteger a los funcionarios señalados por sus vínculos con organizaciones narcoterroristas está conduciendo al régimen hacia un escenario de creciente incertidumbre y debilitamiento institucional.

Este gobierno pierde toda credibilidad al orquestar la función interminable de simulación política.

El teatro narcopolítico alrededor del affaire Rocha Moya y sus secuaces con la escenificación jurídica cada vez más cercana a la farsa ante la atenta mira telescópica estadounidense, oprime el botón que ajustará esa cuenta.

El desencuentro bilateral con sus episodios de tensión diplomática forma parte del ya clásico recetario del desastre institucional. El burdo episodio contra la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, es revelador de los tumbos y errores táctico-políticos del régimen.

Sheinbaum radicaliza el tono de sus declaraciones desafiando a un Trump que en escasos meses ha demostrado que la confrontación es su principal herramienta política, dominando la estrategia del choque y la polarización. El magnate ha hecho del conflicto geopolítico una forma de liderazgo.

El colmo de los desatinos es la obstinación de Sheinbaum y Morena a enarbolar el relato de protección a una vasta red de políticos ligados con el crimen organizado. La defensa retórica de la soberanía ya no basta. Ese argumento para frenar las acciones de cooperación que exige el gobierno de los Estados Unidos está por alcanzar su fecha de caducidad.

Las lumbreras del Palacio deberían entender que el andamiaje político y judicial estadounidense descansa en mecanismos de persecución internacional y sanciones transfronterizas.

Y si se han leído con atención las más recientes acciones de la Casa Blanca, la maquinaria institucional se prepara para ir contra los narcopolíticos mexicanos y sus redes de protección para desmontar esos pactos morenos de impunidad.

Todo calculado antes de la cita con las urnas en noviembre próximo. El efecto dominó apenas comienza.

Todo el tiradero narco moreno en un momento particularmente delicado para la relación entre ambos países ya sentados en la mesa formal del T-MEC.

En este espacio se ha reiterado que la estrategia comercial de Washington gira en torno al eje central de su concepción de seguridad nacional y hemisférica.

Y en el actual contexto político regional, la estructura geopolítica-estratégica del presidente Trump parece decidida a transformar las amenazas discursivas en acciones concretas. Algo así como la lógica del alineamiento forzado. Y en esa hoja de ruta de “nos vamos a la guerra contra los cárteles” de nada servirán las chicanadas electorales “por injerencia extranjera”.

El sistema narco-transformador está por entrar en su propia arena de supervivencia.

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