Al maestro, Dai Won Moon, in memoriam.
El Taekwondo es una disciplina que une tradición, carácter y evolución. Sus raíces se nutren de antiguas artes marciales y de múltiples influencias que con el tiempo lo han consolidado con la identidad propia que hoy lo distingue, tanto como una disciplina y como un deporte de reconocimiento mundial. En esa historia de desarrollo, el nombre del maestro Dai Won Moon ocupa un lugar central e inolvidable.
Hace unos días presenciamos y acompañamos la partida de Dai Won Moon hacia otra dimensión para continuar presente en la memoria de todos quienes incursionamos en las artes marciales. Continuará siendo siempre un gran maestro de Taekwondo.
Fue en 1970 cuando le di la bienvenida en México y lo invité a iniciar en nuestro país la práctica del arte marcial coreano bajo la técnica Moo Duk Kwan, en la que él era experto. Marcó así un momento decisivo en la historia de este deporte.
Dai Won Moon dio origen a cientos de escuelas y formó a miles de alumnos. Su enseñanza trascendió fronteras, pues proyectó la grandeza de su arte marcial hacia los Estados Unidos y gran parte del continente americano, hasta alcanzar prácticamente todos los países de Latinoamérica y el Caribe. Su legado no solo se mide en instituciones, sino en generaciones enteras marcadas por su ejemplo, disciplina y entrega.
En Lubbock, Texas, en los Estados Unidos, visitamos al profesor Dai Won Moon, donde entonces radicaba. Desde el primer momento aceptó nuestra invitación para venir a México. Era un hombre de simpatía natural y gran amabilidad. Al llegar a nuestro país, manifestó de inmediato su aprecio por México; tanto fue así que el maestro Moon hizo de esta tierra su hogar y el de su familia, dejando entre nosotros una huella profunda y permanente.
Dai Won Moon fue presentado en la Asociación Mexicana de Karate Do, que a partir de entonces adoptó el nombre de Asociación Mexicana de Taekwondo (AMTK). Su presencia despertó admiración inmediata, especialmente entre los alumnos, con quienes siempre mostró cercanía, respeto y generosidad. Ese aprecio me permite recordar la anécdota interpersonal que compartimos cuando apenas había llegado aquí.
Al día siguiente de su estancia, había que comprobar personalmente su técnica y calidad de combate, así decidí invitar a Moon a la Asociación de Karate y Taekwondo un sábado; al llegar, nos colocamos el uniforme Karategui y Dobok, respectivamente, y nos dispusimos a medir nuestras habilidades en un encuentro tan exigente como memorable.
Durante un buen rato intercambiamos técnicas de mano y pie con intensidad, precisión y firmeza. Al terminar, ambos quedamos convencidos de la calidad, destreza, fuerza y determinación del otro. No hubo necesidad de declarar vencedor alguno; lo verdaderamente importante fue que de aquel encuentro nació un respeto mutuo inquebrantable entre dos personas unidas por la pasión y el honor de las artes marciales.
Al cabo de los primeros cinco años, Moon y los alumnos de la técnica Moo Duk Kwan comenzaron a conquistar medallas en certámenes de talla mundial y, con el tiempo, también en los Juegos Olímpicos. Así de grande fue el maestro Dai Won Moon: un formador excepcional, un combatiente de alto nivel y un ser humano cuya presencia ennobleció al Taekwondo.
Entre nosotros nació una sólida amistad que hoy encuentra un cierre doloroso con su partida hacia donde todos concurriremos. Su legado permanecerá vivo en cada alumno, en cada escuela y en cada expresión de respeto hacia su memoria.

