Más allá de la anécdota, tenemos en el sistema educativo un problema grave. Sí, es cierto: el jueves 7 de mayo el secretario Delgado, en la tarde, anunció el cierre del ciclo escolar 28 días antes de lo planeado, feliz y rodeado por sus pares, anexos y similares de todas las entidades de la república. Dijo que era un acuerdo de todas y todos ellos. El 8 de mayo, temprano, la Presidenta dijo que no, que solo era una propuesta. El 9 de mayo, al medio día, Delgado volvió a decir (en Sonora) que se adelantaba el cierre al 5 de junio, que eso estaba firme; que lo que estaba en discusión era la fecha de inicio del curso siguiente. El 10 de mayo fue día de las madres. El 11 de mayo, a toda prisa, se volvieron a reunir los directivos de la educación del país, estatales y el federal, y luego de horas de discusión, ya cerca de las cuatro, tomaron la decisión de cancelar el cierre anticipado y dejar las cosas como estaban aprobadas. ¿Fin del asunto? No.
Al inaugurar la reunión en que se decidió que siempre no se adelantaban las vacaciones, el secretario dijo lo siguiente (cito): “Debemos ser honestos. Tras la entrega de calificaciones hay una inercia en las escuelas, en todo el sistema educativo. Después del 15 de junio se cae en un periodo que en realidad se aprovecha para la descarga administrativa hasta mediados de julio. Se mantienen las aulas abiertas, realmente sin un propósito pedagógico; solo por cumplir un conteo. Se desvirtúa la dignidad docente y se convierte la escuela en una estancia forzada. Este tiempo muerto a veces es burocracia que roba espacio a la convivencia familiar y a la salud mental de nuestra niñez…”
Vamos al fondo: la carga administrativa de los docentes, directores y otros puestos, al final del ciclo escolar, paraliza las actividades de aprendizaje durante 20 días: es el 11% del periodo de 185 establecido como mínimo en la ley. Se reduce a 165. Las aulas están abiertas de oquis, ¡para cumplir un conteo! Se cae en el papeleo a mansalva, imagino. La escuela es una “estancia forzada” porque se ha muerto el tiempo. Descanse en paz.
Pues si se trata de ser honestos, honestamente es el reconocimiento de lo irremediable de un sistema escolar atorado por trámites. Que el secretario diga que así es, significa la afirmación de la incapacidad del señor Delgado, y sus predecesores, para que durante 185 días la escuela sea un espacio de aprendizaje. No solo a través de clases, sino de actividades interesantes que apoyen la formación de “nuestra niñez y no pongan en riesgo su salud mental”.
Si por llenar muchos formatos —casi todos inútiles, me dicen algunas maestras y profesores, y agobiantes—, no hay tiempo para organizar espacios, actividades o ambientes de aprendizaje, ¿qué se sigue? Si lo que importa es la educación, reducirlos o ubicarlos en otro momento, una vez cumplidos los días acordados, que no son un conteo simple. Pero si lo que importa es que la burocracia se replete de evidencias que se van a la nube, lo que sobran son 20 días: qué molesto que las niñas y los niños estorben al elefante reumático que se alimenta de información irrelevante. Hay una enorme diferencia entre ser honesto y ser descarado. Entre reconocer urbi et orbi la incapacidad de la autoridad educativa de asegurar el aprendizaje durante el periodo establecido, o señalar que es un problema que se va a resolver de inmediato.
No se cierra antes el tiempo de aprendizaje, porque, hasta donde yo sé, no se puede cerrar lo que ya está cerrado. ¡Vaya desastre!
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