El argumento es impecable: si en la vida social se quiere resolver un problema, es necesario atender a las causas que lo originan. Enfrentarlo de forma directa, aislado, y sin comprender las razones por las que sucede, es estéril. Ha sido empleado, con insistencia, por la actual y la anterior administración federal, y propongo que, para tener eficacia en la guía de la acción política, lo crucial es no perder de vista el plural: las causas.

No hay, hasta donde me es dado entender, un hecho social relevante que se pueda explicar por un solo factor: si así se postula, o no se trata de un asunto importante (es trivial), o de ser trascendente, la unicausalidad es una proposición falsa (es mentira). En realidad, parafraseando a un viejo sabio, lo que ocurre sintetiza múltiples determinaciones.

Por eso fue tan precaria, desde un principio, la reforma educativa impulsada por Peña Nieto y asociados en el Pacto por Su México. Se fincó, discursivamente, en una simplificación insostenible: que todos los problemas en el sector eran causados por la mala preparación del magisterio, a la que siguió otra reducción como remedio: era preciso evaluarlos, de preferencia, cada semana. Dos veces se eludió el plural: en el diagnóstico y en la solución.

A la Presidenta le preocupan, en el ámbito educativo, en especial los jóvenes. Es clara su voluntad de atender al problema de incluir y retener en la escuela a los y las muchachas, entre los 15 y 18 años, como espacio para la construcción de sentido en sus vidas.

Ampliar oportunidades para el desarrollo de sus capacidades en un contexto de legalidad es su objetivo, por lo que decide atender las causas: una, es la inexistencia de suficientes lugares para estudiar, lo que implica ampliar la oferta en el nivel medio superior para que nadie se quede fuera del ejercicio de ese derecho; otra es mejorar la infraestructura de los planteles para que sean espacios dignos; la tercera consiste en revisar los planes y programas hasta conseguir un Bachillerato Nacional que ofrezca, a la vez, posibilidades de empleo inmediato o de continuar con educación superior y, la cuarta (aunque suele señalarse como la primera) impedir que, por razones económicas, alguna persona en edad de estudiar luego de terminar la secundaria deje los estudios. ¿Cómo? Con un gran programa de becas, universales, para aminorar o resolver el obstáculo del costo derivado de continuar con los estudios.

Son cuatro las causas que se procuran atacar, lo cual es positivo, pues se reconoce que son varias. Propongo que se requiere atender otra, de gran importancia y muy compleja de llevar a cabo: si la experiencia escolar no es relevante, inclusiva, atenta a la diversidad, integradora de todas las personas, sino que se torna aburrida, excluyente de los que van más despacio o se atoran, expulsora de trayectos distintos e incapaz de hacer posibles lazos de amistad, solidaridad, aprecio y reconocimiento de capacidades diferentes, no habrá impacto suficiente de más y mejores lugares, programas de estudio novedosos o becas. Si —para usar una forma de expresarlo muy plástica— alguien está, pero “no cabe” en la escuela, no habrá poder humano que impida que otras actividades, no legales, sean más atractivas. No solo, ni principalmente muchas veces, por el diferencial económico al comparar ingresos de actividades ilícitas con las becas, sino por un factor esencial en la vida: ser reconocido, estimado, tomado en cuenta y que sean valoradas sus capacidades. Es enorme el reto.

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