Juana llegó a mí como llegan esas historias que no hacen ruido al entrar, pero terminan ocupándolo todo. Desde los primeros minutos sentí cómo el tiempo se desaceleraba, cómo algo empezaba a acomodarse en un lugar incómodo y profundamente reconocible. Hay una forma de mirar ahí, una decisión muy clara detrás de cada encuadre, que lleva la firma de Daniel Giménez Cacho: una dirección que confía, que respira, que no invade.

Su pulso es preciso, casi quirúrgico, pero nunca frío. Me sostuvo en ese territorio donde la emoción no se impone, donde cada escena parece construida desde la contención. No hay prisa, ni siquiera en los exhabruptos que calan. Hay una inteligencia emocional que permite que todo ocurra a su propio ritmo, como si la película entendiera que ciertas verdades solo aparecen cuando se les da espacio. Mientras la historia sucedía, sentí que caminaba en ella sola, enfrentando lo que estaba viendo y, sobre todo, lo que eso despertaba en mí.

Esa decisión se vuelve poderosa porque abre grietas. En ellas se cuelan la violencia que conocemos demasiado bien: el feminicidio como sombra persistente, el abuso que se disfraza de cotidianidad, la fragilidad de la palabra en un entorno donde decir puede ser peligroso. Nada de eso aparece como consigna; está en el aire, en los silencios, en los cuerpos.

En el centro, Diana Bovio sostiene a Juana con una entrega que desarma. Hay una tensión viva en su cuerpo, una manera de habitar el silencio que me hizo quedarme suspendida, atenta a cada gesto mínimo. Su mirada guarda, contiene, resiste. Me encontré siguiendo su respiración, entrando en ese ritmo interno que no necesita explicarse. Diana consigue darle a Juana un equilibrio tan realista que nunca se rompe la delgada línea entre el trauma de infancia insertado en el alma y el comportamiento funcional del día a día, sujeto al apoyo de estupefacientes para la salud mental.

La escena del spa casero se instaló en mí con una fuerza particular. Margarita Saenz, en el papel de la madre, construye una presencia compleja, llena de matices. Hay cuidado en sus manos, una cercanía que busca proteger, y al mismo tiempo una tensión que se filtra en los gestos más pequeños. Entre ambas se teje un momento íntimo que comienza con una aparente suavidad: el agua, la piel, el ritual doméstico. Poco a poco algo se desplaza, casi imperceptible, hasta volverse un peso en el pecho. Las palabras avanzan con dificultad, las miradas se cruzan y se evitan. Sentí el cuerpo reaccionar antes de poder nombrarlo, como si la escena activara una memoria que no necesita explicación. Ahí, en esa delicadeza cargada de incomodidad, se asoma todo lo que muchas veces permanece oculto: el abuso, el silencio, la dificultad de romperlo sin que algo se fracture para siempre.

La cámara se queda cerca, sin invadir, dejando que la luz revele más de lo que oculta. Hay una belleza áspera en la fotografía, una honestidad que no busca proteger al espectador. Cada encuadre parece sostener lo que duele, sin necesidad de adornarlo.

Mientras avanzaba la película, esa sensación de límite se volvía más clara. Pensé en la palabra, en su peso, en lo que implica decir en un país donde hablar puede abrir otras formas de violencia. La libertad de expresión aparecía como una presencia silenciosa, pero constante, marcando el ritmo de lo que se dice y lo que se guarda.

No pude evitar llevar todo eso a mi propia historia. A los años siguiendo temas de derechos humanos, a las voces de niñas y niños atravesados por el abuso sexual que siguen resonando mucho después de haber sido escuchadas. A las amenazas de muerte que llegan como recordatorio de que contar también tiene un costo. Todo eso encontró un eco directo en Juana, como si la película tocara fibras que ya estaban expuestas.

Cuando terminó, me quedé en la butaca, sintiendo un temblor muy concreto. Algo se había movido de lugar. No solo por la historia, sino por la manera en que está contada: con una sensibilidad que aprieta, con una claridad que no permite desviar la mirada. Salí con esa vibración todavía en el cuerpo, entendiendo que hay relatos que no se terminan cuando se apaga la pantalla, porque siguen trabajando por dentro, en silencio, durante mucho tiempo.

Nadie debe perderse la oportunidad de ver esta ópera prima de Giménez Cacho que supera cualquier expectativa.

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