Hay una forma de violencia que no necesita golpes. Una forma de expulsión que no se anuncia en el Diario Oficial ni requiere patrullas, esposas o gases lacrimógenos. Basta con mover a las personas incómodas unas cuantas calles más allá. Basta con limpiar la vista. El Mundial todavía no empieza, pero en los alrededores del Estadio Azteca ya comenzó otra competencia: la de esconder la pobreza.

En la antesala del Mundial de 2026, vecinos de colonias cercanas han denunciado operativos para retirar a personas en situación de calle, comerciantes informales y consumidores de sustancias de las inmediaciones del Azteca. No es una percepción aislada. Es parte de una estrategia urbana que se repite cada vez que una ciudad quiere mostrarse impecable ante los ojos del mundo. La lógica es brutal en su sencillez: si el visitante no ve pobreza, entonces la pobreza deja de existir.

Durante años, caminar por Avenida Azteca y los alrededores de Santa Úrsula Coapa implicaba convivir con muchas ciudades al mismo tiempo. La de quienes llegaban al estadio con ilusión, la de quienes encontraban en el comercio informal una manera de sostener a sus familias, la de las personas que dormían sobre cartones o pedían unas monedas para sobrevivir, la de quienes habitaban el abandono más absoluto mientras miles de personas pasaban junto a ellos rumbo a un espectáculo deportivo. Era incómodo. A veces inseguro. A veces profundamente triste. Pero también era real. Era el retrato de una ciudad incapaz de garantizar dignidad para todos.

Ahora, de pronto, esa realidad parece estorbar más que nunca. Las autoridades hablan de recuperación del espacio público, de movilidad, de seguridad y de mejorar la experiencia urbana para los visitantes. Y sí, nadie podría oponerse a que una zona sea más segura, más limpia o más ordenada. El problema comienza cuando la limpieza urbana se convierte en exclusión social.

Porque no estamos viendo una política integral de atención a las adicciones, salud mental, vivienda o reinserción social. Estamos viendo desplazamientos. Personas que simplemente desaparecen de una calle para aparecer en otra. Problemas que son empujados unas cuadras más lejos para que las cámaras no los graben. Como si la dignidad humana pudiera administrarse igual que un operativo de imagen publicitaria.

Especialistas en espacio público llevan años advirtiendo sobre este fenómeno: cuando llegan megaproyectos o eventos internacionales, las ciudades suelen entrar en una especie de ansiedad estética. Hay banquetas nuevas, pintura fresca, luminarias, jardineras y patrullas. Pero también hay expulsión silenciosa. Las personas pobres se convierten en un elemento incómodo del paisaje. No encajan en la postal que el gobierno quiere venderle al mundo.

Las ciudades también revelan su ética en aquello que deciden esconder, en este caso, Clara Brugada, Pablo Vázquez, y la FIFA.

Lo que es un hecho es que las personas desplazadas existen. Siguen ahí. Más lejos. Más solas. Más invisibles. En Santa Úrsula y sus alrededores conviven desde hace décadas dos realidades: la pasión futbolera y el abandono estructural. Familias enteras sobreviven alrededor de la economía informal que genera el estadio. Otras sobreviven pese a él. Lo que hoy ocurre no nació con el Mundial. La pobreza ya estaba ahí. Las adicciones ya estaban ahí. La falta de atención institucional ya estaba ahí. La diferencia es que ahora estorban más. Porque el mundo viene a mirar lo que los gobiernos no han intentado solucionar.

Y quizá eso es lo más doloroso de todo: descubrir que el Estado puede actuar con rapidez para cercar lo que le parece impresentable, cuando hay prestigio internacional en juego, pero no necesariamente cuando se trata de garantizar derechos humanos.

@MaiteAzuela

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