Terminada la Copa FIFA 2026, sabíamos que vendría la discusión sobre sus consecuencias, pero difícilmente imaginábamos la crisis que enfrentarían Gianni Infantino y la FIFA ante la UEFA, federaciones y distintos sectores del futbol mundial.
La propuesta de Infantino para abrir el negocio comercial de la Copa del Mundo a inversionistas privados provocó una fuerte oposición y finalmente tuvo que ser retirada.
Más allá del proyecto, queda una pregunta de fondo: ¿Hasta dónde puede llegar el negocio, sin poner en riesgo la esencia del deporte?
Porque el deporte dejó de ser solamente competencia hace muchos años. Hoy, es una gigantesca industria, donde participan gobiernos, federaciones, medios de comunicación, plataformas digitales, patrocinadores, marcas, turismo, estadios y millones de aficionados.
Los derechos de televisión, patrocinios, boletaje, mercancía y plataformas digitales, generan cantidades extraordinarias.
Los grandes atletas también se han convertido en marcas globales y algunos equipos deportivos alcanzan valuaciones de miles de millones de dólares.
El negocio es indispensable para que el deporte siga creciendo.
Pero existe una diferencia bastante importante entre comercializar la disciplina y permitir que el negocio termine gobernándola.
La FIFA tiene una responsabilidad todavía mayor, porque no administra solamente una empresa: Dirige el futbol mundial.
Y la Copa del Mundo no es únicamente un producto comercial. Representa pasiones, nacionalismo, identidad, tradición y pertenencia para miles de millones de aficionados.
Por eso, la reacción ante la propuesta de Infantino debe analizarse más allá de lo económico.
El hoy cuestionado presidente de la FIFA tendrá que recuperar la confianza y encontrar nuevamente el equilibrio entre crecimiento económico y responsabilidad deportiva.
Porque el deporte necesita del negocio para crecer.
Pero cuando el negocio comienza a gobernar al deporte, lo que está en juego ya no es solamente dinero: Es el alma y la esencia de esa disciplina.
luis@vamosdeportes.com

