No puedo no recordar Perdidos en el espacio; un programa de televisión que muchos recordamos con felicidad cómplice como una evocación de la infancia. Se trataba de una familia ejemplar; la familia Robinson con yerno posible y un robot, sometidos a un experimento espacial, quizá más allá del Sistema Solar, del que no podían escapar para regresar a la Tierra.

Entre los personajes se hallaba el doctor Smith, que no era de la familia y detestaba al robot, hecho de metal cilíndrico con una lucecita, brazos de acordeón con pinzas a manera de manos y rueditas para desplazarse, que creía saberlo todo y advertía con sonidos mecánicos, que no voz: “¡Pe-li-gro! ¡Pe-li-gro!” Como niñera, se lo repetía, sobre todo, al hijo inocente, casi adolescente de la familia que se había ofrendado en ese experimento como ratas de laboratorio.

El doctor Smith odiaba sin disimulo al robot y a la menor oportunidad lo desconectaba de la electricidad; lo que llaman “pila” y “batería”, y le espetaba que era sólo “chatarra”.

La familia Robinson, convertida en conejillos de Indias, adoraba al robot como si de él dependiera su “salvación”. Detestaba al doctor Smith, pero sus “buenos sentimientos”, que acaso eran parte del experimento, le impedían deshacerse de él.

Muchos años después del estreno de 2001: Odisea del espacio, el film de Stanley Kubrick, un anuncio de esos telefonitos que llaman “celulares” reproducía una ciudad crepuscular, de seres humanos absortos silenciosamente en sus Tamagochis en el camión, en la calle, en ventanas, ajenos a sus circunstancias naturales. Esas maquinitas resguardan y crean su intimidad y les ayuda a no tener que saber qué es lo que quieren...

A pesar de que en El corazón aventurero demostró fascinación por ciertas máquinas, por sus mecanismos, aunque no resultaran útiles, Ernst Jünger advirtió que la veneración por ciertas invenciones tecnológicas puede derivar en sumisión. En una cena en París, en el departamento de una familia que había adquirido uno de los primeros teléfonos y se había propuesto mostrar su funcionamiento a sus invitados, para lo cual le pidió a otra familia que tenía otro de los pocos teléfonos, que telefonearan durante la cena. El teléfono sonó y la señora de la casa respondió a la llamada ante el asombro de los convocados. Jünger comprendió que el teléfono sonaba y la persona acudía...

En “Nuestras imposibilidades”, publicado en Sur en1931, Borges se refirió al odio que “ofrecen los anónimos, entre los que debemos incluir el nuevo anónimo auditivo, sin rastros: la afrentosa llamada telefónica, la emisión invulnerable de injurias”.

El dominio creciente de esos aparatitos, que hay quien considera “inteligentes”, ha propiciado una diversidad de esos anónimos todavía infinita, extorsiones, hostigamiento incesante por medio de llamadas desconocidas, fraudes, piratería, difamaciones, linchamientos, pedofilia, estupro, llamados al asesinato, robos hasta de la intimidad y de la identidad, lo que ha inducido al envío de mensajes que alertan de esos peligros. Muchos de ellos proceden de los mismos robots que los perpetran como los bancos que cobran seguros no solicitados, sin poliza que aclare qué se ha asegurado y sus condiciones.

Como se había presagiado, el futuro parece convertirse en un remedo siniestro de historias teológicas, adivinaciones filosóficas, utopías literarias, ciencias novelescas, esoterismo popular, entretenimientos televisivos, negocios criminales.

En uno de los capítulos de la errancia en el espacio de la familia Robinson, una máquina reproducía en serie al doctor Smith.

Quizá la Tierra y el ciberespacio se van llenando de robots sin dueño...

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