Aunque aún faltan algunos días para conocer a la selección nacional victoriosa en la 23ª. edición de la Copa Mundial de Futbol, en México la ilusión y la fiesta terminaron. Cierto, con buen sabor de boca por el desempeño de la escuadra comandada por Javier Aguirre y con la necia expectativa de que la nueva etapa con Rafa Márquez, en 2030, se supere lo alcanzado.
Las luces del jolgorio futbolístico se van apagando, en tanto que las sombras de los problemas del país recobran su peso sobre la vida de los mexicanos.
Se imponen en nuestra realidad los inciertos escenarios en la economía nacional derivados del trastocamiento de lo que hace tres décadas fue un Tratado de Libre Comercio de América del Norte, luego renegociado como T-MEC y ahora en proceso de manoseo anual impuesto por el reacomodo geopolítico y las vertiginosas transformaciones tecnológicas.
No se ve un esfuerzo nacional realista, sustentado en una concertación robusta, liberada de taras ideológicas oficiales, para movilizar las capacidades del país y reacomodar nuestras piezas en el nuevo tablero de la economía mundial.
Está claro que las pretensiones del Plan México, sustentado en una visión político-económica obsoleta y en un entramado empresarial semioligárquico, no tiene la capacidad para encarar las incertidumbres provocadas por la destrucción institucional del actual régimen.
La economía no crece, los recursos públicos se agotan y se desperdician en proyectos improductivos y fracasados. La deuda se agiganta, acercándose a límites en los que las calificadoras sacarán la tarjeta de su degradación y la coloquen en el cesto de bonos basura. Nada de esto hace reaccionar al grupo que se ha enseñoreado sobre el destino de la nación. Su prioridad es mantenerse en el poder, cebando al aparato autoritario de control político territorial. Cueste lo que cueste, porque en ello se les va la vida.
No se habían apagado los ecos del patrioterismo futbolero, el cielito lindo, el rumor de las masas callejeras —y los llantos por los fallecidos en tales tumultos— bajo el influjo del mantra “¿Y si sí?” , cuando ya teníamos de nueva cuenta, sobre el escenario nacional, los corrosivos efectos de la brutal colisión entre los gobiernos de México y EU, provocados por las cuestiones de narcotráfico, contrabando de combustible y seguridad nacional.
En esta materia estamos frente a un rompimiento de facto, no declarado como tal, pero ejecutado con retadora determinación por ambas partes. No hay precedente en la historia reciente del país de un distanciamiento diplomático como el que se está desarrollando en estos días.
Es inusitado que los gobiernos de países que comparten extensa frontera, cuyas economías están entrelazadas profundamente, con una estructura sociopoblacional de carácter binacional como no existe en ningún otro lugar del globo, intercambien diatribas y acusaciones propias de enemigos irreconciliables.
El norteamericano señala a la 4T, sin menor titubeo, abiertamente, con todas sus letras por distintas instancias, como un gobierno controlado por narcoterroristas. El mexicano niega semejantes acusaciones, protege a sus próceres y arma desde la tribuna de Palacio Nacional una trifulca de dime y te diré, absolutamente impropia y autodegradante.
Lo delicado es que esto no parece ser un episodio pasajero. Por las definiciones estratégicas de ambas partes y sus diferencias doctrinales, tiene toda la potencia para configurarse en un choque de consecuencias históricas inimaginables.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

