La corrupción rara vez comienza con un gran delito. Casi nunca nace en el momento espectacular del soborno, del desvío millonario o del escándalo público. Antes de convertirse en noticia, suele existir como una pequeña fractura interior. Una justificación mínima. Una concesión aparentemente inofensiva. La historia humana está llena de hombres que no despertaron corruptos una mañana; simplemente fueron acostumbrándose poco a poco a la idea de que el poder podía utilizarse para sí mismos.

Tal vez por eso la corrupción ha obsesionado a las civilizaciones desde hace miles de años. Los griegos no la entendían únicamente como un problema administrativo, sino como una deformación del alma. Para Platón, las ciudades terminaban corrompiéndose cuando quienes las gobernaban dejaban de dominar sus apetitos personales. El tirano aparecía precisamente cuando el deseo vencía a la razón. La decadencia política comenzaba mucho antes de manifestarse en las instituciones: empezaba dentro del individuo.

Aristóteles fue todavía más preciso. Toda forma de gobierno contiene en sí misma la posibilidad de degradarse. Las monarquías pueden convertirse en tiranías; las aristocracias, en oligarquías; incluso las democracias pueden deformarse cuando el interés colectivo es reemplazado por la obsesión de conservar el poder. Ningún sistema político está inmunizado contra la ambición humana.

Los romanos, siempre más cínicos, creían que la corrupción llegaba con el exceso. Salustio escribió que Roma comenzó a pudrirse cuando dejó de tener enemigos externos y empezó a enamorarse de la riqueza. Después de destruir Cartago, decía, apareció la avaricia. La frase resulta inquietantemente moderna. Muchas sociedades no colapsan por invasiones; se desgastan lentamente desde dentro, cuando el lujo, la impunidad y el poder terminan devorando la vida pública.

Los romanos entendieron pronto que el verdadero problema del poder no era solamente quién lo obtenía, sino qué tan capaz era un hombre de contenerse una vez que lo poseía. Por eso algunos emperadores fueron recordados menos por sus conquistas que por su capacidad de moderación. Adriano, retratado magistralmente siglos después por Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano, desconfiaba de los excesos imperiales y prefería recorrer personalmente las provincias antes que encerrarse en el lujo de Roma. En tiempos en los que tantos hombres terminaron consumidos por la ambición, encarnó parcialmente la idea de que gobernar también exigía límites. Comprendía que toda autoridad pierde sentido cuando deja de mirar de frente la realidad humana que gobierna.

Siglos después, Thomas Hobbes sostuvo que el ser humano necesita límites porque naturalmente busca dominar. Jean-Jacques Rousseau pensaba exactamente lo contrario: el hombre nace bueno y es la sociedad la que termina corrompiéndolo. Tal vez ambos tenían razón. Quizá la corrupción aparece justamente en la tensión entre nuestras ambiciones y las estructuras que deberían contenerlas.

La neurociencia moderna incluso ha encontrado algo perturbador: el poder altera la percepción moral. Investigaciones desarrolladas por especialistas de la Universidad de California han mostrado que las personas con posiciones de autoridad tienden gradualmente a disminuir su empatía y a sobrestimar la legitimidad de sus propias decisiones. El psicólogo Dacher Keltner denominó a este fenómeno “la paradoja del poder”: muchos individuos alcanzan posiciones de liderazgo gracias a virtudes como la sensibilidad o la cooperación, pero una vez que obtienen poder, esas mismas virtudes comienzan lentamente a deteriorarse. Nadie se siente villano dentro de su propia historia. El corrupto rara vez se percibe a sí mismo como corrupto. Se considera merecedor. Excepcional. Intocable.

Ahí reside una de las tragedias más profundas de la corrupción contemporánea: ya no siempre produce vergüenza. Hubo épocas en las que el corrupto al menos intentaba esconderse. Hoy, con frecuencia, exhibe. Presume riqueza, influencia o cercanía con el poder como si la impunidad fuese una forma de prestigio. La deshonestidad deja de ser un secreto y comienza a transformarse en estética.

Sin embargo, todas las civilizaciones entendieron algo esencial: la corrupción destruye mucho más que el erario. Destruye la confianza. Rompe el vínculo invisible que permite a una sociedad creer en sus instituciones, en sus leyes y, eventualmente, en sí misma. Por eso los antiguos castigaban la deshonra con tanta severidad. En Atenas existía el ostracismo; en Roma, perder la dignidad pública equivalía casi a una muerte política. Incluso Dante Alighieri colocó a los fraudulentos en las zonas más degradadas del infierno en La Divina Comedia. No era casualidad: pocas conductas erosionan tanto la convivencia humana como aquellas que convierten el poder público en beneficio privado.

Quizá la humanidad jamás consiga erradicar del todo esa vieja tentación. Cambian los partidos, los discursos, las ideologías y las promesas de regeneración moral. Pero la fragilidad humana frente al poder permanece intacta. La historia entera parece repetir la misma advertencia: ninguna sociedad está verdaderamente a salvo cuando comienza a acostumbrarse a la corrupción.

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