Bastante claro queda que al Presidente eso de hacer guardia en palacio nacional no le gusta. Sus giras por todo el país y el contacto directo con la gente lo revitalizaban y en muchos sentidos lo ayudaban a mantener un equilibrio psicológico y político que incentiva su agilidad y capacidad de respuesta. El trabajo de gabinete parece no enriquecer su faceta de administrador, pues tenemos a un mandatario que parece cada vez más ocupado en minucias y pequeñas intrigas o en reafirmar sus preconcepciones en vez de leer lo que ocurre. Contrasta, por ejemplo, el tiempo que dedica a criticar contenidos mediáticos o de las redes sociales que duran lo que dura una opinión en la red, es decir nada, que a profundizar en la lectura de informes especializados de la parte técnica del Estado que deberían ser la principal fuente de la información de las mañaneras.

Digo esto porque, en las últimas semanas, parece no encontrar la calma y la perspectiva necesarias para administrar el enorme capital político que aún tiene, con la necesidad de ir encajando críticas e incorporarlas a un ejercicio de gobierno más matizado. No fue particularmente hospitalario con las propuestas que el sector privado le planteó. Incluso tuvo un desplante de reafirmación (con todo respeto, eso sí) similar al que tuvo cuando mandó cancelar el aeropuerto: “¿quien manda aquí? ”. Está claro que él manda. Él ganó gran elección, ahora él mandar nación (como diría Krahe). Pero mandar no significa tener razón en todo y mucho menos desarrollar el síndrome de “perro amarillo” que tienen los callejeros que creen que todos los quieren golpear. Concentrar recursos y funciones en lo que él considera prioritario es su privilegio consitucional pero no debería impacientarse con peticiones, reclamos o sugerencias que él no tenía contemplados. La crisis, si llegara a fallar la estrategia del gobierno, como advertía Muñoz Ledo, no va a ser solo del gobierno sino de todos.

Él ha decidido el camino que debe tener el país y no parece dispuesto a escuchar algo que lo contradiga. Esta reafirmación es, a mi juicio, indeseable porque el contexto económico y político generado por la pandemia modifica los parámetros de discusión como decía Luis Rubio. Si ya veníamos mal de la etapa previa al Covid, como lo demuestran la caída de la inversión de más del 10% al mes de febrero y la caída del consumo a -0.5%, ahora vamos en caída libre. No tranquiliza que el Presidente diga que todo es consecuencia del neoliberalismo porque no es cierto, es la reafirmación de quien está en su despacho dialogando consigo mismo. (Conversa con el hombre que siempre va con él) . Tampoco lo es que diga que si algún grande quiebra, pues que quiebre, y que no va haber rescate: Hasta ahora, a menos que él nos diga que alguien le ha pedido algo indebido, no habido una petición explícita de rescates, por lo menos no todavía. Si quiebra un grande afecta a muchos pequeños y medianos. Recuerde Mexicana, a la que el gobiernos anteriores no rescataron.

Poco tranquilizador resulta también que en vez de tejer una narrativa post Covid de recuperación económica, ampliamente consensuada con los actores económicos y sociales, esté pensando en discutir el mandato de las organizaciones internacionales de crédito como el FMI, que por cierto nos aporta una línea que junto con las reservas, nos da un margen de maniobra importante.

Tampoco creo que sea el mejor empleo del tiempo presidencial hacer una crítica espistemológica de los indicadores tradicionales, tema fascinante en un taller de Hugo Zemelman, pero improductivo en Palacio. Su afán por cambiar la relevancia del crecimento económico suena mas a pretexto que a aventura intelectual promisoria. Cuando era opositor fustigó a los gobiernos de la “oscura caverna neoliberal” con el crecimiento exiguo del 2%, elaboró tablas y sentenció que su fracaso se podía medir con el reducido crecimiento. El látigo con el que fustigó ahora le parece impropio. El domador de leones ahora quiere ser el jefe de la Sociedad Protectora de animales. Le puede dar las vueltas que quiera, incluso traer mediciones de Bután, ese país de ensueño que incorpora la felicidad a la medición de su producto, pero como dijo el jefe de su oficina Alfonso Romo sin crecimiento no hay 4T.

Analista político. @leonardocurzio

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