No hay terapia para gobernantes. Lo que hay es una amplia literatura sobre los espejos de virtudes, vidas paralelas y, por supuesto, memorias y consejos de viejos reyes y modernos estadistas. En ellas se comenta y discute lo que pudieron haber hecho y no hicieron, lo que debieron haber visto y no vieron, o lo que pudieron haber cambiado y obstinados como estaban por los pequeños diablillos que nos distraen en la vida cotidiana, se negaron a reparar en ello.

Cuando veo a la presidenta en su “mañanera” me parece que podría fácilmente, una vez a la semana, proyectar el ejercicio en una sala de reunión y analizar con aquellos a los que les tuviese confianza el contenido. Nada es más difícil que decirle al poderoso lo que no quiere oír. Todos cultivamos el arte de la prudencia en nuestras relaciones laborales, por eso el arte del disimulo nos lleva a oscurecer nuestras palabras, cosa abundante en el análisis y el discurso político para consumo del superior jerárquico.

Si la presidenta viese la repetición del momento en el que alguno de sus corifeos le pregunta si entre sus múltiples ocupaciones ha tenido el desvelo de ver una encuesta que la ubica en 71 puntos de aprobación y ella pretende no haberlo hecho, como si estuviese concentrada en las graves tareas del Estado y, por tanto, lejos, muy lejos de las llamadas métricas de la vanidad, vería que la escena es menos creíble que un billete de 32 pesos. Con esas puestas en escena pierde la capacidad de diálogo con la realidad y su rol es recitar como un actor su propio guion. La “mañanera” parece una obra de teatro destinada a presentar como espontáneo lo que es una clara construcción de un discurso centrado en la popularidad; el alfa y omega de la acción gubernamental. Cuando se recita un libreto, se cancela la posibilidad de un diálogo sorprendente y fecundo.

En estos días vemos cómo el guion cada vez la encorseta más. Al anunciar que va a hablar con el rey de España enfatizó en que será un encuentro breve. ¿No somos hospitalarios y corteses? Y uno de los temas serán los pueblos originarios. Recurre no al discurso de Estado, sino a su particular parlamento con sus audiencias. Tal vez más grato sea que hable con el rey sobre futbol, que es el tema del que hablamos todos. Atención: yo no digo que un Borbón no pueda escuchar, con provecho, las falencias de los Austrias; pero imagino que Felipe VI bien podría decirle: “Señora mía, mis antepasados intentaron hacer mil cosas sin éxito, como vos, señora, intentáis pacificar un México en el que miles de madres de desaparecidos vociferan desde las plazas, sin que vos seáis responsable de lo allí acontecido. No todo lo que ocurre en un país sucede por una decisión del gobierno. ¿Sois acaso responsable de tantas desapariciones que enlutan miles de hogares en esta tierra? ¿Cuántos indígenas se cuentan entre los desaparecidos? ¿Cuántos afrodescendientes?”

Finalmente, creo que, si viera la repetición de la “mañanera” y analizara su desempeño, se percataría de que es contrario al interés institucional librar batallitas como la cena con la FIFA o el boleto de la dominadora. Nada gana tampoco polemizando con periodistas. Tampoco inspira ninguna confianza que desde la jefatura del Estado se libre una confrontación directa con un empresario. Si quiere proyectar un ambiente hospitalario para la inversión, confrontar a un empresario en público provoca todo lo contrario; refleja inquina y arbitrariedad. Ningún gobernante debe, si las tiene, exhibirlas en público.

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