Los partidos políticos tienen ciclos de vida similares a los de los seres vivientes. Por alguna extraña razón, todos tienden a experimentar una secuencia similar y por tanto están sujetos a movimientos que pueden anticiparse. De esa manera, los cambios de élite tienden a sucederse de manera secuencial, como si de una vida humana se tratara. A la niñez sigue la juventud y a esta la edad adulta y después la vejez. El movimiento que hoy gobierna México ha envejecido prematuramente. El ánimo transformador de su niñez opositora se ha transformado en un adulto achacoso y malhumorado. Digámoslo con mayor propiedad, ha dejado de ser un movimiento con sensibilidad política en la base, capaz de transformar y mantener abiertos los canales para la reflexión y la denuncia y en cambio Morena está a punto de convertirse directamente en una oligarquía.
Lo dice bien el Historiador de Roma, Theodor Mommsen, llegado a cierto punto la República romana se había convertido en una ficción ya que un grupo controlaba los sistemas de representación y electoral, garantizándose, por tanto, el manejo de los asuntos públicos de forma patrimonialista.
No solamente consideraban los oligarcas que lo público era suyo, sino que estaban siempre movidos por los mejores intereses. Aquí tenemos una peligrosa, intersección que se ha repetido múltiples veces en la historia y es cuando el patrimonialismo se combina con esa especie de superioridad moral que, en México, los morenistas han decidido autoasignarse. Tenemos una combinación fatídica.
En lugar de que representar al pueblo, tenemos oligarcas que han decidido que nadie tiene derecho a gobernar, salvo ellos. Nadie tiene derecho hablar en contra de un gobierno que se siente superior moralmente y que políticamente considera que los instrumentos de la administración son suyos como si se tratara de una legitimidad dinástica.
Me imagino los conciliábulos en los cuales se persuaden ellos mismos sobre su enorme capacidad para transformar este país y, embelesados, hablarán de todo el enorme esfuerzo desplegado.
De esos conciliábulos habrán nacido estas nuevas ideas de reglamentar la discusión pública con mecanismos aterradores. Cuando un gobierno decide controlar la comunicación (y lo han intentado varios) las cosas terminan mal.
Un gobierno, aunque se crea santo, puro y democrático, tiene demasiado poder y, por tanto, su actuación deforma el campo en el que se mueve y genera una amenaza permanente a la libertad. Como si en un salón de clases hubiese un prefecto atento a cualquier movimiento de los estudiantes.
No hay gobierno perfecto, pero el actual debe verse en el espejo y darse cuenta de que ha perdido su juvenil fragancia y hoy es un gobierno de burócratas cada vez más cómodos en sus Suburban y en el compadreo con sus escoltas símbolo, inequívoco, de la oligarquización acelerada que el régimen experimenta.
Habrá que repetirlo mil veces: en una República nadie es superior moralmente y las reglas fundamentales deben respetarse y nunca deben modificarse desde el poder para su beneficio La libertad de expresión es la primera de las garantías en una sociedad democrática y también es el último bastión para defenderla de los intentos controladores que hoy enseñan los colmillos.
Analista. @leonardocurzio

