Hace pocos años la izquierda latinoamericana hablaba de la “marea roja”. Una serie de gobiernos izquierdistas estaban en los despachos presidenciales y aunque nunca tuvieron nada parecido a un proyecto común, ni siquiera una cumbre para combatir la inflación, pudieron celebrar; se sentía un ambiente dominado por una narrativa optimista. No se avanzó mucho porque, entre otras cosas, las tradicionales rivalidades entre México y Brasil se vieron exacerbadas por el protagonismo de dos viejos leones López Obrador y Lula. El brasileño no iba a compartir créditos con el tabasqueño y el tabasqueño no iba a quemar incienso en el altar del sudamericano.

Por otra parte, la izquierda latinoamericana fue incapaz de superar su vinculación con las dictaduras venezolana y cubana. Los viejos alegatos para defender a esos fantasmagóricos regímenes sofocaron las esperanzas de una nueva visión que pusiera a los derechos humanos y la libertad en el centro de su discurso hemisférico.

El avance de la derecha es, en cierta medida, consecuencia de ese estancamiento programático. Tampoco en el desempeño han brillado. Los gobiernos de izquierda, incluido el de México, fueron electos con entusiasmo, pero no consiguieron desplegar una gobernabilidad progresiva y democrática que refrescara la atmósfera. Ya instalados en el poder empezaron a recurrir a maniobras y triquiñuelas para permanecer en el cargo. Nada, pues, que conectara con su relato angelical y humanista; eran viejos coyotes disfrazados de canarios a los que sólo preocupaban el dinero y las cuotas de poder. Prometieron al hombre nuevo y nos dejaron a Adán Augusto.

A pesar de que, según su propia propaganda, todo lo que hacían era histórico, tanta grandilocuencia nunca tuvo un correlato real que desatascara los problemas estructurales y mucho menos abriera un espacio para construir algo nuevo. Su gran mérito fue redirigir el gasto y su techo son las capacidades fiscales que cada vez son menores. Tampoco tuvieron un desempeño brillante en seguridad.

Otro revulsivo para girar a la derecha es que la retórica que arrancó con la esperanza se convirtió en el guion de una plañidera. Los problemas, según ese relato, tienen siempre un origen en fuerzas ocultas y postcoloniales que ahora dejaron de ser fantasmas cortesianos y se convirtieron en realidad monda y lironda. El gobierno de Trump se ha convertido en un factor importantísimo de presión y de inspiración para aupar a candidatos de derecha al poder ante la atónita mirada de los Petro, Lula y Morena. Hoy, para vergüenza nuestra, el proyecto del escudo hemisférico a mucha gente le parece esperanzador y se ha convertido en un argumento rentable en política.

La gente cambia de partido porque espera mejores gobiernos, no explicaciones reiterativas de por qué no ocurren las cosas. Mucho ruido y pocas nueces, mucha movilización y poca prosperidad. A la gente se le acaba la paciencia porque su vida transita sin esperanza de que sus hijos puedan tener un horizonte diferente al propio. La migración, que resolvió la vida de muchas generaciones previas, ha dejado de ser una válvula de escape y la gente se ocupa en el sector informal y espera que algún programa social le permita acceder a los satisfactores mínimos. Ese planteamiento parece infecundo para generaciones que esperan una mejor vida.

No me hago ilusiones con los gobiernos de derecha. Nuestras sociedades se resisten a dar el gran paso adelante y no hay lideres que lo encabecen. Lo que tenemos es una variación democrática saludable para que los salvadores de la patria se serenen y su retórica febril se atempere. Ni más, pero ni menos.

Analista. @leonardocurzio

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