En su último libro (Despedidas), el galardonado con el Princesa de Asturias, Julián Barnes, hace una sugerente elaboración sobre la memoria. Tiene venturosas incursiones al tema de la magdalena de Proust y los efectos lenitivos que tiene el olvido. Nuestra vida sería insoportable si tuviésemos que recordar todo lo que hemos vivido. Aquellos momentos de angustia infantil, que con los años tendemos a minimizar, son episodios que cuando regresan, como fantasmas, nos erizan la piel y nos dejan un regusto amargo, como si fuésemos otra vez esos mismos niños expuestos a un terror paralizante o a una sensación de impotencia o humillación y no los adultos ya curtidos en golpes y punzadas.

Recordar por voluntad es un ejercicio de autogratificación al ordenar al cerebro traer a tiempo presente algún episodio pretérito, lo hacemos con ánimo de solaz; actualizamos las cosas como nos conviene para mejorar nuestro estado de ánimo. Un ejemplo es la carta de AMLO a Trump. El tabasqueño recuerda un mundo que solo existe en su cabeza. En sus sueños, Trump trataba bien a México. Esa epístola es un ejemplo de ese recordar fragmentariamente el pasado para presentar su mejor cara.

Todos lo hacemos, quizás sin la soberbia del ególatra. Recordamos nuestra infancia, adolescencia, juventud, primeros amores, las correrías universitarias e incluso el nacimiento de nuestros hijos como épocas festivas que al envejecer adquieren la pátina de la nostalgia. Pero cuando el recuerdo es involuntario, resurgen asperezas y pinchazos y, aunque seamos otras personas (no los jóvenes de entonces), la experiencia es diferente. Es como volver a vivir y eso lo cambia todo.

Recordar un pasado embellecido le imprime un ritmo a nuestra vida que nos hace resilientes. Me inquieta, sin embargo, ver que ciertos patrones políticos, institucionales e informativos, tienden a fosilizarse. No son recuerdos, ni ensoñaciones, sino zombis. Son una realidad pertinaz que niega su caducidad y su terrible y abominable pertenencia a otros tiempos. Sin embargo, se pasea por las calles (o más bien las ocupa) como un contemporáneo. Es el caso del movimiento magisterial. Son trilobites que aparecen en nuestra realidad, pero tienen una aterradora antigüedad. Los episodios recientes nos hacen vivir un mundo congelado y fantasmal. Algo así como el recuerdo de un prefecto de la secundaria que, por razones extrañas, aparece cada cierto tiempo para recordarte que no has ido a la peluquería.

El funcionamiento general del movimiento magisterial, los mecanismos que lo impulsan y algunas de sus consignas, parecen mantenerse incólumes 40 años después. Hoy forman parte de la coalición gobernante, participaron activamente en promover tanto a Claudia Sheinbaum como a López Obrador y, sin embargo, han actuado de manera despiadada y desconsiderada contra su gobierno. Los maestros de Oaxaca siguen descuidando a sus estudiantes y la sociedad oaxaqueña, salvo expresiones como la de Huatulco (que les impide movilizarse en su municipio), no ha podido recuperar el interés público como eje fundamental.

Las acciones colectivas de una burocracia rapaz y voraz, que maneja un lenguaje de la resistencia y la lucha (que tanto le gusta al gobierno actual), son la muestra de lo arcaica que es la sociedad y de su incapacidad de renovarse. Los maestros y su coalición gobiernan y resisten; recaudan y se apropian de los recursos. Imaginar, casi en cualquier otro país, que 40 años después un movimiento así se mantiene igual, refleja la petrificación de los mecanismos de representación, que simplemente no se han tocado. Hay un México antiquísimo que se niega a desaparecer.

Analista. @leonardocurzio

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