La revisión conjunta del T-MEC, realizada el 1 de julio conforme a lo previsto en el tratado, abrió una nueva etapa para la relación comercial de América del Norte. Mientras Estados Unidos decidió no acompañar, por ahora, una extensión automática por 16 años y dejó abierta la posibilidad de revisiones anuales, México y Canadá han sostenido una visión de mayor plazo para dar certidumbre a la región. En ese contexto, la reunión bilateral México-Estados Unidos prevista para el 20 de julio adquiere especial relevancia. En ella deberán abordarse temas sensibles como aranceles, medidas unilaterales y reglas que inciden directamente en la competitividad regional. La importancia de esta discusión está en el peso económico y social del tratado. El T-MEC articula empleo, inversión, exportaciones, cadenas productivas y desarrollo regional entre tres países. En 2025, el comercio de bienes entre México y Estados Unidos superó los 872 mil millones de dólares, mientras que más de ocho de cada diez dólares exportados por México tuvieron como destino América del Norte. Detrás de esas cifras hay industrias completas, pequeñas y medianas empresas, trabajadores, proveedores locales y familias que dependen de reglas estables para producir, invertir y competir. Por eso, la revisión del T-MEC debe asumirse como un asunto de Estado, con visión estratégica, coordinación institucional y acuerdos capaces de proteger los intereses de México. Lo que está en juego es la capacidad del país para sostener su papel estratégico dentro de una de las regiones más integradas y competitivas del mundo. En ese contexto, la certeza jurídica es indispensable para atraer inversiones, consolidar proyectos productivos y mantener empleos.
México debe defender con firmeza sus intereses, particularmente frente a aranceles o medidas unilaterales que pueden afectar sectores estratégicos como el automotriz, el acero y el aluminio, alterar la planeación productiva y restar competitividad a las cadenas de valor. En una relación comercial tan interdependiente, la soberanía se afirma mediante negociación efectiva, resultados concretos y decisiones capaces de proteger el interés nacional. La integración de América del Norte funciona porque sus cadenas de valor comparten procesos, insumos, logística y mercados. Una autoparte puede cruzar varias veces la frontera antes de incorporarse a un vehículo terminado. Alterar esa dinámica con aranceles, cambios repentinos o incertidumbre regulatoria encarece procesos, retrasa inversiones y debilita la competitividad de toda la región. México puede aprovechar mejor el tratado si fortalece sus condiciones internas. Infraestructura, seguridad, energía suficiente, Estado de Derecho, aduanas eficientes y talento especializado forman parte de la misma conversación. La competitividad no se construye únicamente en la mesa de negociación internacional, sino también en las decisiones nacionales que dan confianza al entorno productivo.
El T-MEC requiere una visión de amplio espectro, con gobierno, Congreso, sectores productivos, estados, trabajadores y especialistas alineados en una misma prioridad: proteger la estabilidad de la región y las oportunidades de México. No se trata de ceder ni de confrontar por reflejo, sino de negociar bien, cumplir con responsabilidad y fortalecer aquello que nos hace competitivos. Esta etapa de revisión exige reforzar la coordinación institucional y mantener una ruta clara para proteger los beneficios del T-MEC. Cuidar el tratado significa cuidar inversión, empleos, exportaciones y oportunidades para millones de familias mexicanas. La soberanía también se expresa en la capacidad de generar confianza. Y en materia comercial, la confianza se construye con reglas claras, instituciones fuertes y una estrategia nacional que permita a México decidir su futuro con mayor libertad y fortaleza.
Presidenta de la Cámara de Diputados
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