Durante semanas, millones de mexicanos han dejado de lado diferencias políticas, económicas, religiosas e ideológicas para ponerse la misma camiseta. Las calles se llenan de familias, los restaurantes de abrazos entre desconocidos y las plazas públicas de una emoción compartida que, aunque sea por unas horas, borra todas las divisiones.

La inauguración de la Copa del Mundo movilizó a cerca de medio millón de personas tan solo en la Ciudad de México; sin embargo, dicha cifra ha ido en aumento cada jornada, ya que en el último partido salieron 1.4 millones de personas a las calles y espacios públicos. El Estadio Ciudad de México ha recibido a más de 80 mil aficionados por juego, mientras millones siguen los encuentros desde sus hogares. Una vez más, el fútbol hizo lo que pocas cosas consiguen: recordarnos que, antes que cualquier otra etiqueta, somos mexicanos.

El fútbol dejó hace mucho de ser solo un deporte. Es una de las industrias más poderosas del planeta: mueve miles de millones de dólares, impulsa el turismo, genera empleos y coloca a los países anfitriones en el escaparate mundial. Como dice la frase que se le atribuye a Jorge Valdano: "el fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes". Hoy habría que añadir que también es una extraordinaria fábrica de riqueza, identidad y prestigio.

Entonces surge una pregunta inevitable: si somos capaces de unirnos para celebrar un gol, ¿por qué no logramos hacerlo para enfrentar los problemas que realmente condicionan nuestro futuro?

La educación de millones de niños importa mucho más que cualquier marcador. La salud de quienes esperan meses por una consulta vale más que un pase a cuartos de final. La seguridad de nuestras calles debería despertar la misma atención que un juego. Sin embargo, en esos temas pareciera que la camiseta cambia de color y volvemos a dividirnos.

El fútbol nos recuerda que ningún partido se gana si cada jugador decide correr hacia un lado distinto. La coordinación, la confianza y el objetivo común son condiciones indispensables para competir. En política debe ocurrir lo mismo. Ningún gobierno, ningún partido y ningún liderazgo resolverán por sí solos los grandes desafíos nacionales. La educación, la salud, la seguridad y el crecimiento económico requieren acuerdos de largo plazo y una visión compartida.

El Mundial terminará. Se apagarán los estadios y volveremos a la normalidad. Lo único que no cambiará serán los problemas que llevamos años arrastrando. Ojalá la unidad que hoy despierta la Selección no sea solo una anécdota futbolística. Porque la verdadera victoria sería descubrir que esa energía colectiva también puede servir para construir mejores escuelas, hospitales más dignos, calles más seguras y un país donde el orgullo nacional no dependa únicamente de once jugadores sobre una cancha, sino de millones de mexicanos convencidos de que, cuando jugamos unidos, siempre tenemos más posibilidades de ganar.

Presidenta de la Cámara de Diputados

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