México vive un contraste que conviene señalar con claridad. La fiesta deportiva puede generar entusiasmo legítimo, turismo y consumo temporal, pero no altera por sí sola una economía que crece poco, invierte menos de lo necesario y enfrenta presiones fiscales, laborales e inflacionarias. Distraerse de la problemática social, de inseguridad y económica es comprensible, e incluso saludable; las tres ciudades sedes con estadios llenos, “Fan Fest” multitudinarios y un entusiasmo genuino, es muestra de ello. Empero, cuando se apaguen las pantallas, seguirán ahí los problemas de fondo: bajo dinamismo productivo, incertidumbre y un gobierno poco eficiente.

Ciertamente los beneficios de un Mundial suelen concentrarse en empleo y ventas temporales, turismo, servicios, imagen internacional e infraestructura, pero rara vez modifican el PIB potencial de manera duradera. Ya se ha planteado que, en lo económico, el Mundial no sería lo que se esperaba. Según el IMEF y Moody's Analytics, el aporte al crecimiento del PIB se ajustó de un esperado 0.50 puntos a apenas 0.13-0.15 puntos, y la derrama económica cayó de 3,000 millones de dólares a entre 1,000 y 1,200 millones según la Secretaría de Turismo. El torneo dejará infraestructura urbana en muchos casos útil, pero su capacidad de transformar el desempeño económico ha sido, desde el inicio, más simbólica que material.

Una vez que México se despida del torneo, el país regresa a una realidad económica llena de retos hacia el futuro. El IGAE acumuló un avance de apenas 0.7% anual entre enero y abril, con datos del Inegi, y la manufactura sigue contraída con una caída de 1.5% anual acumulado, resultado de la reducción consistente de la inversión privada y del menor gasto en infraestructura. El mercado laboral se precariza en silencio: la informalidad alcanzó 55.2% de la población ocupada, las condiciones críticas de empleo pasaron de 36.3% a 38.7% y los trabajadores subordinados se redujeron en 281 mil personas, mientras el empleo por cuenta propia creció en 428 mil. No es una economía que esté generando empleo de calidad; es una economía que empuja a más personas hacia esquemas laborales vulnerables.

La inflación, aunque a la baja, todavía muestra inconsistencias y riesgos. Según el Inegi, en la primera quincena de junio de 2026 la inflación general se ubicó en 3.55% anual, pero la inflación subyacente se mantuvo en 4.12% anual, por encima del objetivo de Banco de México, con los servicios presionando a 4.57% anual. En la práctica, los precios que más pesan en el gasto cotidiano de los hogares siguen subiendo a un ritmo que erosiona el poder adquisitivo, justo cuando el consumo nacional apenas crece 0.2% mientras el de bienes importados avanza 13.0%. El peso apreciado abarata lo que viene de fuera, pero no ha logrado contener la presión inflacionaria interna que las familias resienten cada semana.

El deterioro fiscal es, quizá, el indicador que menos atención recibe y el que más debería preocupar. Con datos de la SHCP, el balance presupuestario acumuló un déficit de 418,749 millones de pesos entre enero y mayo, los ingresos petroleros retrocedieron 3.2% real, el ISR cayó 5.8% y la inversión física se contrajo 17.3% real. Un gobierno que gasta más en nómina y pensiones mientras recorta inversión está sacrificando el crecimiento futuro para sostener el gasto corriente del presente.

Uno de los grandes retos para el futuro próximo es la adecuada negociación del T-MEC que impulse la confianza, la inversión y el crecimiento. Al margen de si la revisión de este sea anual o no, lo importante es lograr condiciones apropiadas para mantener la actividad económica, el intercambio comercial y la confianza en la inversión. Se mantienen frentes abiertos en energía y señales ambiguas sobre reglas de origen en la industria automotriz, el trabajo sigue y el reto de lograr una posición de negociación sólida.

Todo este contexto impacta en la confianza. La Encuesta Nacional sobre Confianza del Consumidor del Inegi, confirma que la población distingue entre la fiesta y la realidad. En junio de 2026, el Indicador subió apenas 0.4 puntos mensual, hasta 43.8 puntos, pero acumuló una caída de 1.8 puntos frente al mismo mes de 2025. La brecha es reveladora: la percepción sobre la situación económica personal se ubicó en 51.2 puntos, mientras que la del país apenas alcanzó 37.5 y las posibilidades de compra de bienes duraderos se hundieron a 30.0 puntos. Los mexicanos saben que la economía no va bien, pero el Mundial funciona para desviar temporalmente su atención de los problemas de fondo.

El Mundial ha sido un remanso de alegría y distracción, lleno de energía positiva y de anhelos nacionales. Gran oportunidad ahora de encaminar esa energía al mejor desempeño económico del país. El riesgo no es que la euforia mundialista se disipe, sino que, una vez apagados los reflectores, México no aproveche el momento para realizar los cambios necesarios que generen un mejor desempeño económico: una renegociación del T-MEC con certidumbre real, una política fiscal que privilegie inversión sobre gasto corriente, y un mercado laboral que deje de empujar a millones hacia la informalidad. La vuelta a la realidad cotidiana le significa al país una gran oportunidad de ajuste, de orientación hacia el progreso y de generación de confianza. ¡Vamos México!

*Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

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