La firma del memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán para reabrir el Estrecho de Ormuz y normalizar gradualmente los envíos iraníes de crudo devolvió a los mercados energéticos una calma que no se percibía desde febrero. El Brent cayó a 72.24 dólares por barril en la última semana de junio, el West Texas Intermediate (WTI) cerró en 70.44 dólares por barril el 26 de junio, y la mezcla mexicana descendió hasta 67.63 dólares al cierre del 25 de junio, su nivel más bajo desde el 2 de marzo. Los titulares internacionales celebran el acuerdo como un logro diplomático. Para México, sin embargo, la lectura sería más compleja: la caída del crudo podría aliviar la inflación, liberar margen fiscal mediante el IEPS de los combustibles y reducir los costos para empresas y consumidores; pero, al mismo tiempo, erosionaría el valor de las exportaciones petroleras en un momento en que Pemex sigue siendo una carga financiera para el Estado. La tregua le devolvería al mercado la estabilidad que pedía y a México el respiro que necesitaba, si bien queda abierta la pregunta de cuánto tiempo durará y a qué costo fiscal.

El canal más visible del alivio es la inflación de los combustibles. En mayo de 2026, la gasolina Premium acumuló una inflación interanual de 10.86%, mientras que la Magna registró apenas 0.32%, según el INPC del Inegi. Esa divergencia revela el costo y el límite del subsidio: el gobierno ha utilizado el estímulo fiscal al IEPS para contener el precio de la Magna (la de mayor uso cotidiano), pero la Premium absorbió de lleno el impacto internacional. No es casualidad que la baja en los precios internacionales sea tan buena noticia para Hacienda como para el consumidor: dado que México importa aproximadamente 510 mil barriles diarios de gasolina, cada dólar que baja el precio internacional reduce el costo de esas importaciones y, con ello, la necesidad de subsidiarlas. En la práctica, un menor precio del crudo y, por ende, de la gasolina permite al gobierno recortar los estímulos fiscales sin encarecer el precio final al transformar una renuncia tributaria en recaudación efectiva.

El contexto internacional explica por qué la caída de precios podría no ser pasajera, y también por qué eso no es necesariamente una buena noticia para un país exportador de crudo. El memorando puede tardar en concretarse, pero las fuerzas estructurales del mercado ya apuntan hacia un sobreabastecimiento que presionará los precios a la baja con o sin un acuerdo definitivo. Siete países de la OPEP+ implementaron en junio un incremento de 188 mil barriles diarios, y otro de igual magnitud aprobado para julio. La Agencia Internacional de Energía anticipa que el mercado global podría entrar en superávit hacia el último trimestre de 2026. En suma, el mundo se prepara para un petróleo más barato y México enfrenta esa realidad con más vulnerabilidades que ventajas.

El valor total de las exportaciones petroleras en el primer trimestre de 2026 fue de 4,304 millones de dólares, un retroceso anual de 25.5% respecto al mismo período de 2025, según datos del Inegi. Sin embargo, el panorama cambió conforme el conflicto escaló y disparó los precios internacionales: las exportaciones pasaron de 1,111 millones de dólares en enero a 2,423 millones en mayo, el valor más alto del año. La “crisis” devolvió valor a las exportaciones mexicanas, si bien no volumen: el valor se duplicó en cinco meses, impulsado casi exclusivamente por el precio, no por un aumento en la producción. Con la tregua y la reducción de precios en junio, ese impulso coyuntural se diluiría, y la balanza comercial petrolera volvería a reflejar la realidad de fondo: México importa más combustibles de los que exporta en crudo.

La principal ventaja de un entorno de precios bajos es la posibilidad de reducir los estímulos fiscales al IEPS. Los cuales ya se habían ajustado: la gasolina Premium opera sin subsidio, el estímulo a la Magna bajó a 9.89% y el del diésel se situó en 20.89%. La Magna promedia 23.69 pesos por litro a nivel nacional y el diésel 27.12, precios que podrían mantenerse estables favoreciendo una mejora en la recaudación.

La tregua le daría a México un respiro que la economía necesita: inflación dentro del rango, recaudación fortalecida vía el IEPS, costos energéticos a la baja y menor presión para seguir subsidiando la operación de Pemex. Pero el riesgo no es que el petróleo siga bajando, sino que la estructura petrolera del país (exportaciones en declive, producción estancada, una empresa que registró pérdidas por 45 mil millones de pesos en un trimestre y una balanza energética crónicamente deficitaria) permanezca intacta cuando los precios vuelvan a moverse ante cualquier “locura trumpiana”. Lo que la tregua ofrece es una ventana; lo que México haga con ella definirá si representó un verdadero respiro o solo una pausa antes del siguiente conflicto.

*Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

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