La irrupción de la inteligencia artificial (en particular, de la IA generativa, como los modelos de lenguaje) en la vida cotidiana de las y los jóvenes ha abierto discusiones que desbordan con mucho el ámbito escolar. En México, según el INEGI, el 97.6% de las personas de entre 15 y 24 años utilizó internet en 2025, y UNICEF y la OCDE sugieren, además, que lo digital ya no constituye un simple entorno de entretenimiento o información: se ha convertido en una nueva dimensión de la crianza, la socialización y la construcción emocional de las juventudes.
Lo curioso es que, pese a que estas tecnologías ya intervienen en la vida cotidiana de las y los jóvenes, las madres y los padres apenas ocupan un lugar central en el debate público: rara vez aparecen en las discusiones sobre IA, en las preocupaciones institucionales o en las investigaciones que intentan medir o prospectar sus efectos. Por tal motivo, hay que buscar información fuera de México. Para un informe de Internet Matters de 2025 se realizaron grupos focales con cerca de 2,000 madres y padres de familia en Reino Unido; el estudio concluyó que muchas familias experimentan sentimientos de desconcierto e incertidumbre al no sentirse alfabetizadas en competencias tecnológicas suficientes para acompañar integralmente a sus adolescentes. Las familias perciben que la inteligencia artificial avanza más rápido que su capacidad para comprenderla y acompañarla. Otro estudio realizado por el Center on Reinventing Public Education de la Universidad de Arizona mostró que, de 1,800 hogares, solo el 14% de madres y padres había conversado con sus hijos sobre los usos apropiados de la IA generativa.
Separar los hábitos de consumo digital de las relaciones familiares resultaría extraño para una mirada exhaustiva del fenómeno. Existe evidencia preocupante en ambos sentidos: la exposición temprana y sin límites claros a pantallas en la infancia se ha asociado con mayores niveles de irritabilidad, dificultades de autorregulación y problemas en la comunicación. Por otro lado, los niños cuyas madres y padres pasan mucho tiempo distraídos con el celular presentan niveles más altos de inseguridad y ansiedad. Insisto: el tema de la familia resulta fundamental. Las juventudes recurren a ChatGPT para tramitar dudas y malestares emocionales, siendo éste el uso más frecuente en 2025; al mismo tiempo, madres y padres comienzan a buscar en esa misma herramienta orientación sobre crianza, conflictos familiares e inquietudes cotidianas relacionadas con sus hijos.
Alessandro Baricco, en su potente ensayo de 2019, The Game, ya vislumbraba que la revolución digital estaba construyendo nuevos seres humanos: generaciones que aprenden a relacionarse con el conocimiento, la autoridad y los vínculos a través de interfaces. Para sus padres, madres y abuelos, que crecieron antes de internet, la información estaba asociada con instituciones, trayectorias y mediaciones: la escuela, los libros, la consulta a un adulto, la espera. Es como si convivieran dos especies radicalmente distintas en el mismo planeta. Dice el escritor italiano que, para unos, los otros son “bárbaros” y viceversa.
Éste es quizá el núcleo de muchas preocupaciones parentales: la sensación de “no entiendo a mi hija o hijo”. Y, claro, ¿cómo sería posible entenderse si, con el advenimiento de lo digital, aplicaciones, inteligencia artificial, teléfonos inteligentes y más, ha surgido una nueva forma de habitar la experiencia, de pasar el tiempo, de relacionarse con el conocimiento y de distribuir la atención? Pienso últimamente en la escena de comer juntos en casa como una situación atravesada por una fragmentación de la presencia producida por lo digital.
Estudios de Eira, Rasouli y Charisi (2025) muestran que la mayoría de madres y padres no sabe cómo sus hijos usan la IA generativa, pero coinciden en que sus principales preocupaciones son la pérdida de capacidades, el aislamiento social y la dependencia. Sin embargo, los datos también plantean un asunto relevante: muchas madres y padres creen que sus hijos utilizan estas herramientas únicamente con fines escolares, una percepción difícil de comprobar y que podría ocultar otros usos más cotidianos, personales o emocionales.
El asunto es complejísimo: empresas que han convertido la vida cotidiana en un laboratorio antropológico, lanzando herramientas mientras apenas comienzan a preguntarse qué efectos producirán; hijas e hijos que incorporan de manera constante objetos digitales y desplazan parte de su mundo de vida hacia esas interfaces; madres y padres confundidos sobre cómo acompañar estos cambios; y gobiernos latinoamericanos con regulaciones todavía incipientes, que apenas empiezan a reconocer que la tecnología no está modificando un ámbito aislado, sino la vida social en su conjunto.
Quizás en la academia también tenemos responsabilidad y valdría la pena comenzar a preguntarles a las madres y padres mexicanos qué piensan de todo esto: ¿saben cuándo y para qué sus hijas e hijos usan inteligencia artificial?, ¿qué les preocupa realmente?, ¿qué conversaciones están teniendo en casa?, ¿qué herramientas necesitan para acompañarlos sin caer en la vigilancia o la invalidación?, ¿qué cambios perciben en la forma en que estudian, se informan, se relacionan o piden ayuda? Antes de regular desde lejos o alarmarnos tarde, habría que escuchar a quienes viven esta transformación todos los días y, sin embargo, parecen invisibles en los debates.
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