Existen pocas dudas de que la inteligencia artificial, desde sus formulaciones simbólicas iniciales a mediados del siglo pasado hasta los actuales modelos de lenguaje, ha tenido una influencia significativa en la configuración de la sociedad contemporánea. De acuerdo con el AI Index Report 2026 de Stanford, la adopción organizacional de la IA a nivel mundial ya alcanza el 88%; cuatro de cada cinco estudiantes la utiliza regularmente, y la inversión privada en IA en Estados Unidos llegó a 285.9 mil millones de dólares en 2025.
No hay duda de su influencia. Sin embargo, vale la pena detenerse y formular dos preguntas centrales: primero, ¿por qué se produce esta influencia?; y segundo, ¿qué consecuencias concretas, riesgos y conclusiones se derivan de ella?
La psicología social del siglo pasado, desde 1950 hasta los años ochenta, encabezada por autores como Asch, Milgram y Zimbardo, realizó una serie de experimentos orientados a comprender cómo se configura la influencia social. Sus hallazgos ofrecen conclusiones especialmente relevantes para pensar nuestro tiempo. Una primera conclusión es que la influencia social puede ser normativa e informativa. Esto quiere decir que las personas no solo modifican sus juicios para ser aceptadas por un grupo (influencia normativa), sino también porque no poseen información suficiente sobre la realidad (influencia informativa). Lo anterior deja una clave analítica fundamental para entender el lugar de la IA hoy: somos más influenciables en aquello que desconocemos o creemos desconocer.
¿Qué ocurre cuando una parte creciente de esas fuentes tradicionales de influencia normativa e informativa, como la familia, la universidad, la ciencia o la religión, pierde centralidad? Aparece una demanda de influencia sin precedentes, que es ocupada por sistemas algorítmicos que recomiendan, ordenan, jerarquizan y deciden. Los modelos de lenguaje, los sistemas de recomendación y las plataformas digitales ofrecen información y certidumbre a ciudadanos cada vez más inciertos; además, producen marcos de validación, orientan decisiones y generan nuevas formas de autoridad percibida. Por eso, la IA puede entenderse como una nueva infraestructura de influencia social.
A nivel social y político, Daniel Innerarity, en su libro Una teoría crítica de la inteligencia artificial, publicado en 2025, señala que las áreas de influencia de la IA en la democracia y en sus ciudadanos se relacionan con la construcción de nuevas formas de legitimación de la información y de las decisiones, tanto en el plano ciudadano como en el estatal. De igual manera, advierte sobre la aparición de un “tecnosolucionismo” o de una “algocracia”, entendida como la tendencia a tratar los problemas sociales como puzles técnicos resolubles mediante matemáticas, entrenamientos y datasets. Esto puede desplazar el debate político pluralista y la deliberación humana diversa hacia una comprensión meramente tecnológica de los asuntos públicos, y recalca el problema de ver a los datos como una política, una ontología o como una deidad: los datos por sí mismos no tienen hermenéutica.
A nivel psicosocial, la influencia social de la IA está cambiando la educación, el lenguaje y las percepciones que tenemos sobre cómo hablamos, cómo pensamos y cómo decidimos. Así como existe la antropomorfización, que consiste en dotar de cualidades humanas a las máquinas, recientemente se ha abordado el concepto de LLMorfización, que describe la creencia sesgada de que la cognición humana funciona de manera idéntica a un modelo de lenguaje extenso. Este fenómeno surge como una inferencia inversa: al observar que las máquinas imitan el habla humana, las personas comienzan a interpretar su propio pensamiento como un proceso de predicción de datos y patrones estadísticos. Esto
se plasma en la diseminación del discurso homogeneizante de los modelos en la vida cotidiana. Lo anterior reduce la complejidad de la experiencia humana, ignorando elementos vitales como la corporeidad, las emociones y la intención comunicativa. Quizás un indicador de esto es que las juventudes, mayores usuarias de IA, tienden a vivir experiencias comunicativas profundas con menor frecuencia, sustituyendo intercambios discursivos densos, complejos y afectivamente situados por formas de interacción más breves, mediadas y funcionales; o bien, tienden a pasar más tiempo solas, sin más intercambios que los digitales. Según datos de la American Time Use Survey de Estados Unidos, analizados por Our World in Data, las personas de 15 a 29 años pasaron alrededor de 45% más tiempo solas en 2023 que en 2010. Estos mismos datos señalan que, entre adolescentes estadounidenses, el mensaje de texto se volvió la forma dominante de comunicación cotidiana: 63% usaba mensajes de texto todos los días, frente a 39% que hacía o recibía llamadas móviles diariamente y 35% que socializaba presencialmente fuera de la escuela todos los días. En México sabemos poco de estas numeralias. Lo que sí ha documentado el INEGI es que los adolescentes de 12 a 17 años tienen un uso de internet muy alto: 95.1% en 2024, con un promedio de 4.5 horas diarias. Además, el IFT reportó en 2024 que 25.6% de las personas usuarias de internet fijo dijeron haber dejado de realizar actividades por estar conectadas a internet. La influencia ya está ahí; ahora tenemos que empezar a pensar, mitigar y resistir sus consecuencias.
https://hai.stanford.edu/ai-index/2026-ai-index-report
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